19 de octubre de 2026 12:49 hs

El miércoles pasado a las 10 de la mañana, alguien en Wall Street compró 26 mil opciones de venta sobre las acciones de CoreWeave, con vencimiento el 18 de diciembre, por un total de 1,9 millones de dólares. Para que esa apuesta pague, la acción tiene que caer otro 42% en dos meses. Los operadores bautizaron esos contratos como "bubble puts", apuestas a la burbuja, y el nombre circuló por todas las mesas de dinero en cuestión de horas. CoreWeave es la empresa símbolo de esta era, una compañía que se endeuda para comprar chips de Nvidia y después los alquila a los laboratorios de IA, y en 10 días perdió el 34% de su valor, mientras sus bonos con vencimiento en 2032 cayeron por debajo de los 80 centavos por dólar y pasaron a rendir 15%, que es el precio que el mercado le pone a una empresa en problemas.

Esa fue apenas la punta de una semana que la prensa financiera ya bautizó como la primera gran sacudida del negocio de la IA. El Nasdaq perdió 5,5%, los semiconductores cayeron cerca del 16%, las tecnológicas chinas lideraron las caídas globales, y los fabricantes de memorias se desplomaron después de que una empresa china anunciara avances en chips más eficientes. El Fondo Monetario Internacional, reunido en Bangkok, advirtió el lunes 13 que una corrección en los mercados de IA podría apretar las condiciones financieras del mundo entero. El viernes, el Financial Times tituló que el boom de infraestructura de 10 billones de dólares en Estados Unidos "empieza a deshilacharse", con varios proyectos de centros de datos frenados o cancelados. Gartner proyecta que el 80% de las nubes especializadas en IA van a dejar de operar de manera independiente antes de 2030. Y hasta Anthropic, la empresa camino a la salida a bolsa más grande de la historia, salió a ofrecerle a Blackstone rendimientos de dos dígitos para que le financie los chips.

Escribí en julio que dos empresas se habían llevado casi la mitad de toda la plata de riesgo del planeta en seis meses, y en septiembre que la carrera por lanzar modelos cada vez más poderosos se explicaba en buena parte por el apuro de salir a la bolsa. Durante tres años el debate público giró alrededor de lo que esta tecnología puede hacer, y esta semana, de golpe, se mudó a una pregunta mucho más terrenal sobre quién está pagando todo esto y con qué plata.

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Esa pregunta incomoda porque la contestación corta es deuda. CoreWeave acumula más de 51 mil millones de dólares de pasivo. Las grandes tecnológicas financian sus centros de datos con emisiones de bonos cada vez más grandes. Nvidia les presta a sus propios clientes para que le compren chips, en un esquema que los analistas llaman financiamiento circular. Todo eso funciona mientras las tasas de interés acompañen y mientras los ingresos crezcan al ritmo que prometieron las proyecciones, y justamente esta semana la inflación estadounidense volvió a subir, las chances de una suba de tasas crecieron y el petróleo tocó los 110 dólares. Hace tres años que todo el mundo mira lo que esta industria construye, y recién ahora muchos se pusieron a mirar con qué lo está construyendo.

Vale aclarar que los que anuncian el estallido de la burbuja vienen equivocándose hace dos años. El año pasado Sam Altman admitió que había una burbuja y Michael Burry, el de la película de 2008, apostó en contra, y después las ganancias siguieron subiendo y las acciones volvieron a récords. Jensen Huang, el CEO de Nvidia, salió esta semana a decir que CoreWeave mejora cada día y que está optimista, y la acción rebotó 6% con sus palabras. Los resultados de Taiwan Semiconductor muestran que la demanda real de chips sigue firme. Fortune resumió la discusión en Wall Street con una pregunta buenísima, cuántos canarios ya matamos en la mina antes de que el gas llegara de verdad. Nadie sabe si esta es otra falsa alarma, y los que dicen saberlo son los mismos que erraron las anteriores.

Desde el Río de la Plata esta historia se lee con una ventaja rara. Las generaciones que vivieron el 2001 en Argentina y el 2002 en Uruguay, y las corridas de todos los años intermedios, entienden sin que nadie les explique qué significa un bono a 80 centavos o un rendimiento del 15%, y qué pasa cuando una empresa vive de renovar deuda y de golpe la ventanilla se cierra. Lo que en Wall Street llaman "bubble puts" acá se llama timba, y la conocemos de toda la vida. Esa familiaridad con el derrumbe nos da algo que a Silicon Valley le falta ahora mismo, la capacidad de separar la tecnología de su financiamiento. La IA funciona, los modelos existen, los pibes la usan para estudiar y las empresas para producir, y todo eso va a seguir existiendo aunque CoreWeave quiebre mañana. La manera en que se está pagando es la parte frágil, y ese tipo de fragilidad acá la aprendimos a reconocer de memoria.

Si la corrección llega, lo que cambia para nosotros son las condiciones de acceso, porque los precios suben como ya subió GPT-6 dos veces y media respecto del anterior, las versiones gratuitas se achican, la publicidad entra en los chats como anunció OpenAI hace dos semanas, y las empresas chicas de IA se funden o las compran las grandes. Como en toda burbuja, los que entraron últimos y con menos plata pierden primero, y en el mapa de esta tecnología esos somos nosotros, los que compramos el acceso en dólares, sin un solo centro de datos propio y con los modelos decididos en otra parte.

Vuelvo a las 26 mil opciones del miércoles. El 18 de diciembre vencen, y ese día vamos a saber si el que las compró era un visionario o un apostador más entre los miles que pueblan esta industria. Hasta entonces, lo único cierto es que esta semana el dinero hizo algo que no había hecho en tres años de euforia, se detuvo un segundo a preguntarse si todo esto cierra. Nosotros ya pasamos varias veces por el momento en que la cuenta no da, y sabemos que lo que se decide en ese segundo de duda suele importar bastante más que todo lo que se festejó antes.

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