16 de octubre de 2026 12:44 hs

Estamos viviendo una época a nivel mundial caracterizada por el declive del apoyo a la democracia y a las reglas de juego del Estado de Derecho. La mayor parte de las grandes potencias y muchos de los países de la región se encuentran dirigidos por líderes de escasos reflejos democráticos, sean de izquierda o de derecha. Por otra parte, el deterioro de la valoración ciudadana hacia la democracia se refleja de manera contundente en todos los estudios publicados recientemente.

En tal sentido, los dos informes más recientes a nivel internacional que son el Informe sobre Democracia y Desarrollo en América Latina y el Caribe del PNUD 2026 titulado “Democracias bajo presión” y el publicado por IDEA Internacional bajo el título “Estado Global de la Democracia 2026” coinciden categóricamente en mostrar que estamos pasando por una etapa particularmente crítica en lo que refiere a la valoración de la democracia por parte de la ciudadanía de nuestros países.

Por otra parte, el Latinobarómetro que se acaba de publicar en estos días bajo el sugestivo título “¿La crisis de la democracia liberal?” se suma también en la misma dirección. El grave desafío de que el sistema democrático ha perdido valoración entre los ciudadanos y aumenta peligrosamente el número de quienes, incluso, prefieren un gobierno que resuelva sus problemas, aunque sea autoritario.

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Es muy grave y peligroso lo que está ocurriendo en nuestra región y en buena parte del mundo. La importancia de la democracia como sistema de vida, traducida en el respeto a la discrepancia, el valor del pluralismo, el valor de las reglas de juego, la importancia de que todos los ciudadanos podamos expresarnos libremente, la tolerancia por el diferente y tantos otros valores de convivencia que se expresan y viven sólo en un ambiente democrático, están corriendo riesgo de ser subvaluados o, incluso, descartados.

No es la primera vez que esto ocurre en la humanidad, pero es muy cierto que desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hace unos pocos años vivimos una época de valoración de las reglas de juego democráticas como marco preponderante en la vida de nuestras sociedades humanas.

A su vez, las reglas de juego del Derecho Internacional tuvieron un muy importante desarrollo en ese período, generando espacios deliberativos y organismos colectivos que permitieron defender principios y valores que sustentaron las luchas por las libertades y la democracia.

Sin embargo, desde hace ya varios años, estos mecanismos van siendo sustituidos por la vieja y horrible lógica del predominio del más fuerte. Hoy en día, en el mundo de las relaciones internacionales estamos viendo, con enorme preocupación, como se impone la ley del más fuerte y el decaimiento de los organismos internacionales como mecanismos válidos para la solución de controversias.

Obviamente, estas tendencias surgen porque existieron errores y prácticas perversas que afectaron la credibilidad del funcionamiento democrático y de la convivencia internacional; procesos graves de burocratización, sobredimensionamiento de los ámbitos internacionales que hasta llegaron a ser fines en sí mismos, entre otros problemas que se registraron.

Pero el grave riesgo que hoy estamos viviendo es que la insatisfacción con la falta de resultados de la democracia termine trayéndonos un enorme retroceso a escala planetaria.

Los liderazgos de muchos de los principales países están caracterizados por temperamentos y posturas autocráticas, con mucha mayor frecuencia que en épocas anteriores. Y estos liderazgos han emergido porque, en la mayoría de los casos, la ciudadanía los prefirió a otros candidatos o líderes de perfil más democrático.

Es más, en muchos países las disyuntivas electorales se han convertido en decisiones polarizadas entre candidatos ubicados en los extremos. Pero, además, la lógica de la competencia ha tendido a ser polarizante. Es decir que cada candidato ha buscado sumar adhesiones tironeando a los ciudadanos hacia las posturas más radicales, vaciando el centro y las adhesiones hacia figuras o posiciones moderadas.

La competencia electoral y política en muchos países tiende a ser centrífuga, premiando con el apoyo a los candidatos más extremistas. Los ejemplos sobran, Chile, Brasil, Estados Unidos, Argentina, Colombia y podríamos seguir en una larga lista.

Estos ejemplos y muchos otros son indicativos de una transición en los últimos años a disputas en blanco y negro y polarizadas en los extremos. Nuestro país, hasta ahora, ha resistido esta tendencia y, si bien desde hace ya varios años se ha convertido en un sistema estructurado en dos bloques claramente en disputa y competencia, sin embargo, esta competencia ha tenido la virtud de mantener una lógica de predominio hacia el centro y no hacia los extremos.

En efecto, a la hora de la verdad, la disputa por el gobierno se ha estructurado en torno a cuál de los dos bloques logra alcanzar mayor apoyo entre los votantes que están ubicados en el centro del sistema político y eso lleva a que las propuestas, los discursos y las estrategias sean moderadas y tolerantes.

La contracara de esta dinámica, seguramente, es que los cambios, muchas veces necesarios y relevantes, pueden quedar pendientes o ser particularmente graduales. Pero a cambio de ello nos permiten vivir en una dinámica plural y tolerante. Sin embargo, parece claro que es el tiempo de que tengamos la capacidad de articular cambios necesarios manteniendo el talante moderado y respetuoso por los adversarios. Ese es hoy el principal desafío.

Sin embargo, cuando miramos las encuestas tanto del Latinobarómetro como del PNUD o de IDEA Internacional se registran las tendencias que señalamos más arriba.

Si nuestro sistema democrático no produce respuestas efectivas a las demandas de la ciudadanía, tarde o temprano puede ocurrir que las tendencias moderadas sean superadas por la emergencia de la polarización y que ganen terreno las propuestas extremas, debilitando definitivamente los valores democráticos.

Depende de todos nosotros encontrar los caminos para viabilizar los cambios necesarios en un clima plural y democrático.

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