Durante los últimos años hablamos de ciudades inteligentes poniendo el foco en la tecnología: sensores, cámaras, plataformas y aplicaciones. La pregunta era qué solución incorporar para que la ciudad funcionara mejor. Hoy esa pregunta empieza a quedar vieja.

Después de una mañana moderando conversaciones sobre IA, talento e innovación en el evento Smart Cities: Las ciudades que vienen, organizado por El Observador, me quedó una idea dando vueltas: quizás la próxima revolución de las ciudades inteligentes no sea tecnológica. Es que hoy ya no alcanza con preguntarnos cuánto podemos optimizar, sino que tenemos que preguntarnos qué estamos optimizando, para quién y para qué.

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Una ciudad puede tener miles de sensores y seguir siendo difícil de habitar. Puede procesar millones de datos y aun así tomar malas decisiones. La tecnología, por sí sola, no vuelve inteligente a una ciudad. Lo que importa es qué problema resuelve y qué experiencia consigue mejorar. Esa idea apareció desde distintas perspectivas durante el encuentro. Mario Bergara, intendente de Montevideo, presentó como ejemplo la transformación del sistema de recolección de residuos de la ciudad. Habló de “una transformación estructural” que exige estudiar otras experiencias y comprender un problema urbano complejo.

En conversación con Bergara, Jorge Macri, jefe de Gobierno de Buenos Aires, puso el foco en otro activo estratégico: las personas. Al explicar la apuesta de Buenos Aires por un distrito de inteligencia artificial, sostuvo que el desafío consiste tanto en incorporar tecnología como en capacitar a los jóvenes. Y cerró con una definición que vale para toda la región: lo más importante que puede tener una ciudad es su gente y su capacidad para agregar valor.

Ambas intervenciones mostraron algo central: la innovación urbana no empieza con la herramienta. Empieza con una visión política, un problema concreto y la capacidad de sostener una transformación.

De acumular datos a tomar mejores decisiones

La IA fue la palabra que atravesó todas las conversaciones, no solo por su capacidad para procesar información, sino también por la posibilidad que ofrece a los gobiernos de anticiparse.

Durante décadas, las ciudades funcionaron bajo la lógica de hacer primero y medir después. Hoy los gemelos digitales y la simulación permiten probar escenarios, evaluar alternativas y anticipar impactos antes de intervenir sobre la ciudad real.

Pero disponer de tecnología no garantiza mejores resultados. Diego Garagorry, director ejecutivo del Instituto Vidart, señaló durante el panel que “hoy hay mucho en la inteligencia artificial de pilotos”, sin que siempre esté claro cuál es el indicador que se busca modificar o qué servicio debería mejorar. La observación es clave. Una ciudad no se transforma por acumular pruebas piloto, sino cuando logra convertirlas en políticas sostenidas y resultados verificables.

Gabriel Lambach, del Laboratorio de Simulación y Videojuegos de la Universidad ORT Uruguay, lo expresó desde otro ángulo: sin personas capacitadas para interpretar la información, los datos permanecen “en bruto”.

La verdadera transformación no está, entonces, en tener más información, sino en saber qué hacer con ella. El desafío es transformar datos en conocimiento, conocimiento en anticipación y anticipación en mejores decisiones.

Bruno Gili, director de Uruguay Innova, retomó esa discusión en el cierre del evento con una frase contundente: “Si no ponemos los datos a disposición, no hay inteligencia artificial que funcione”. Su planteo incorpora una dimensión que con frecuencia queda relegada: para que la IA pueda producir valor público, hacen falta datos accesibles y confiables, pero también instituciones capaces de compartirlos, coordinarlos y convertirlos en soluciones.

Gili definió además la aspiración de que Uruguay se convierta en un hub de IA y destacó la posibilidad de vincular esas capacidades con las necesidades concretas de sus ciudades. Esa escala puede ser una ventaja: permite articular actores, ensayar soluciones y funcionar como laboratorio para proyectos que luego puedan expandirse.

Ciudades que compiten por talento

Pero existe una pregunta anterior: ¿quién va a producir, interpretar y aplicar ese conocimiento? Yamil Santoro, CEO del Parque de Innovación de Buenos Aires, sintetizó uno de los grandes cambios que ya estamos viendo: “Las ciudades van a empezar a competir por talento”. Atraer inversiones ya no consiste solamente en conseguir que una empresa se instale en determinado territorio. También implica construir ciudades donde las personas quieran vivir, aprender, investigar, crear y desarrollar sus proyectos.

La dificultad es que debemos formar ese talento en un contexto en el que la tecnología cambia más rápido que los programas educativos. La pregunta dominante suele ser qué trabajos va a reemplazar la inteligencia artificial. Tal vez también allí estemos formulando mal el problema. El desafío no es únicamente anticipar qué tareas desaparecerán, sino preparar a las personas para profesiones que todavía no conocemos.

Y aparece una paradoja: cuanto más capaces se vuelven las máquinas para escribir, programar, traducir o sintetizar información, más valor adquieren capacidades profundamente humanas como el criterio, la curiosidad, la creatividad, la empatía y el pensamiento crítico, así lo destacó Carolina Gutierrez, Directora Ejecutiva de Tumo UY.

Tal vez el diferencial del futuro no sea cuánto sabemos, sino qué tan preparados estamos para aprender aquello que todavía no sabemos qué vamos a necesitar.

Pero también existe un riesgo. La transformación tecnológica puede crear una nueva brecha entre quienes logren adaptarse rápidamente y quienes quedan fuera. Por eso, una ciudad inteligente no puede limitarse a atraer talento de punta: debe generar capacidades más amplias para que la innovación se traduzca en oportunidades.

La pregunta relevante ya no es cuánta tecnología puede incorporar una ciudad, sino qué ciudad queremos construir con toda la tecnología que hoy tenemos disponible. Quizás allí esté el verdadero salto: pasar de ciudades que saben cada vez más sobre nosotros a ciudades que utilizan ese conocimiento para tomar mejores decisiones. La tecnología ya está; ahora, el verdadero desafío es poner los datos, la innovación y el talento para generar un impacto en la vida de las personas.

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