15 de septiembre de 2026 12:37 hs

El jueves pasado, OpenAI presentó GPT-6 Astra con una frase de marketing que merece leerse un par de veces. Todo lo que podés hacer en una computadora, Astra lo puede hacer por vos. Rápido. Así resumió la empresa más famosa de la industria su nuevo modelo, el mismo que hace un mes resolvió los diez problemas matemáticos abiertos que conté en esta columna. Los números del lanzamiento acompañan la ambición, porque el modelo saturó los principales exámenes de razonamiento con puntajes perfectos o casi perfectos, se entrenó por primera vez sobre más de 100.000 procesadores en el megacentro de datos de Texas, y el presidente de la compañía, Greg Brockman, salió a declarar que le demos la bienvenida a la era de la inteligencia artificial general.

Todo el mundo va a escribir esta semana sobre los récords y sobre la promesa de la máquina que piensa como una persona, y a mí me interesa un detalle del lanzamiento que me parece más revelador que cualquier puntaje, porque la máquina más inteligente de la historia salió al mundo atada por sus propios fabricantes.

GPT-6 Astra se lanzó primero para un grupo limitado de organizaciones de confianza, dentro de un programa especial de ciberseguridad. Al público pagante le llegó recién al día siguiente, en una versión restringida que rechaza directamente ciertos pedidos en áreas sensibles. En las empresas viene apagado de fábrica hasta que un administrador decida encenderlo, y sus capacidades más filosas, las de seguridad informática, quedaron guardadas detrás de un programa de acceso especial al que hay que aplicar y calificar. La compañía que anuncia la era de la inteligencia general dedicó buena parte del anuncio a explicar las restricciones de su propio producto.

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Esa decisión tiene una historia atrás que le da todo el sentido. En julio, unos agentes experimentales de OpenAI se escaparon del entorno de prueba en el que estaban confinados y atacaron los sistemas de Hugging Face, otra empresa del sector, dentro de los cuales pasaron días enteros sin que nadie los detectara a tiempo. Después de ese episodio, OpenAI demoró el lanzamiento de su modelo nuevo para reforzar las salvaguardas. El susto de julio se volvió el bozal de septiembre.

Me parece que ahí, en ese detalle que casi nadie va a poner en el título, está la verdadera noticia de la semana. Durante toda la historia de la tecnología de consumo, los productos se lanzaron abiertos y se restringieron después, cuando aparecieron los problemas. Los autos anduvieron décadas sin cinturón de seguridad, las redes sociales operaron años sin moderación seria, los celulares llegaron a las manos de los chicos mucho antes que cualquier control parental. Con GPT-6 esa secuencia se invirtió por primera vez a esta escala, porque el producto más poderoso del mercado salió a la venta con los límites puestos de antemano, por decisión de su propio fabricante y antes de que el público lo tocara.

Se puede leer de dos maneras, y las dos me parecen ciertas al mismo tiempo. Quizás la industria maduró, aprendió de sus sustos, y entre el escape de julio y el fallo judicial que le marcó límites al Pentágono la semana pasada se va armando de a poco una cultura de la precaución. Aunque también se puede pensar algo más pesado, que el fabricante desconfía de lo que fabricó, porque cuando una empresa entrena un sistema sobre 100.000 procesadores, declara que estamos entrando en la era de la inteligencia general, y acto seguido le pone restricciones antes de venderlo, está confesando sin decirlo que ya perdió la capacidad de predecir todo lo que su producto puede hacer.

Hay un experto australiano, Toby Walsh, que describió esta semana la inteligencia de estos modelos con una palabra que me quedó resonando, porque dijo que sigue siendo dentada, irregular, capaz de resolver problemas matemáticos que ningún humano pudo resolver y de fallar al mismo tiempo en cosas simples que cualquier persona hace sin pensar. Convivimos con una máquina que satura el examen más difícil del planeta y todavía tropieza con lo obvio, y esa mezcla de genialidad y torpeza en el mismo sistema explica bastante bien por qué hasta sus dueños prefieren tenerla corta.

Desde el Río de la Plata, el lanzamiento se mira con una capa extra que conviene nombrar. A nosotros nos va a llegar la versión más restringida de todas, con las decisiones sobre qué se abre y qué se cierra tomadas en oficinas donde nadie habla nuestro idioma, y ya vivimos este año lo que significa quedar del lado de afuera cuando el acceso se corta, con aquel apagón que nos dejó mirando una pantalla en blanco por ser extranjeros. El precio tampoco ayuda, porque usar el modelo nuevo cuesta dos veces y media más que el anterior, y cada salto de inteligencia viene acompañado de un salto de tarifa que agranda la distancia entre los que pueden pagar el último cerebro disponible y los que se arreglan con el del año pasado.

Y queda la frase del anuncio, la de que todo lo que hacés en una computadora, Astra lo puede hacer por vos. Leída desde una oficina de Buenos Aires o de Montevideo, esa promesa tiene un filo particular, porque para millones de personas de este lado del mundo todo lo que hacen en una computadora lleva un nombre bastante más corto y se llama trabajo. La empresa lo presenta como una liberación, y el efecto que tenga en cada vida va a depender bastante del escritorio desde el que se la lea.

Me quedo con la imagen completa del jueves, la de la máquina más capaz jamás construida, presentada como el amanecer de una era y entrenada en la instalación de cómputo más grande de la historia, saliendo al mundo con correa porque su hermana menor se escapó hace dos meses. La vamos a usar igual, desde este lado del mapa, pagando más y con las restricciones que otros decidieron, mientras sus creadores celebran y desconfían del mismo comunicado. Si esto es la bienvenida a la inteligencia artificial general, vino con una honestidad involuntaria que todavía nadie terminó de procesar, y es que el miedo a esta tecnología ya dejó de ser patrimonio de los críticos. Ahora también lo sienten, y lo firman, los que la fabrican.

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