Los resultados de PISA 2025 vuelven a colocar a la educación uruguaya frente al espejo. Como ocurre cada vez que se publica una evaluación internacional, aparecen dos tentaciones: anunciar una nueva catástrofe educativa o seleccionar aquellos datos que permiten tranquilizarnos. Ninguna de las dos lecturas resulta demasiado útil.
PISA no mide todo lo que importa en educación. No mide convivencia, sensibilidad, ciudadanía ni buena parte de la experiencia cultural que debe ofrecer la escuela. Pero lo que mide importa: comprender textos, razonar matemáticamente, interpretar evidencia científica y utilizar conocimientos para enfrentarse a situaciones nuevas son capacidades fundamentales para desenvolverse en el mundo contemporáneo.
Los resultados uruguayos presentan luces y sombras. Ciencias es la buena noticia: Uruguay alcanzó 444,5 puntos, mejoró nueve respecto de 2022 y obtuvo su mejor resultado histórico en esta área. En Lectura, con 423,2 puntos, se produjo un retroceso de siete puntos. Matemática, con 404,9, se mantuvo estable respecto de 2022 y continúa mostrando nuestra mayor dificultad: apenas el 42% de los estudiantes alcanza al menos el nivel 2, frente al 65% en el promedio de la OCDE.
También existe un avance que merece atención: más del 80% de los adolescentes evaluados cursa el grado correspondiente a su edad y el rezago severo —dos o más grados— se redujo al 4,5%. Hemos mejorado las trayectorias. La pregunta que debemos hacernos ahora es más exigente: ¿cómo conseguimos que estar dentro del sistema signifique aprender más y mejor?
El piso y el techo
Buena parte de nuestra discusión educativa se ha concentrado, justificadamente, en quienes quedan atrás. Debemos seguir haciéndolo. Una sociedad democrática no puede naturalizar que seis de cada diez adolescentes no alcancen el nivel 2 en Matemática o que cuatro de cada diez no lo hagan en Lectura.
Pero PISA señala otro problema del que hablamos mucho menos: Uruguay también tiene un problema de excelencia.
En Matemática, apenas el 1% de nuestros estudiantes alcanza los niveles 5 y 6, frente al 8% en la OCDE. En Ciencias, la relación es aproximadamente 2% frente a 7%. Y la distancia se vuelve extraordinaria cuando observamos algunos sistemas de Asia oriental: en Matemática, Singapur tiene 37% de estudiantes en los niveles superiores, Corea 23% y Japón 22%. No hablamos de pequeñas diferencias de rendimiento, sino de sistemas que consiguen que una proporción mucho mayor de sus jóvenes alcance aprendizajes altamente complejos.
No se trata de construir una educación para unos pocos. Precisamente al contrario. Equidad no significa igualar hacia abajo. Una educación democrática debe garantizar un piso elevado de aprendizajes para todos y, simultáneamente, permitir que cada estudiante desarrolle al máximo sus capacidades.
Necesitamos levantar el piso y elevar el techo. Y entre ambos está la enorme mayoría de nuestros alumnos. Un sistema educativo fuerte necesita una amplia franja de jóvenes capaces de comprender textos complejos, interpretar información, razonar matemáticamente, argumentar y resolver problemas. En Ciencias Uruguay muestra avances. En Matemática, la debilidad de esa franja intermedia resulta mucho más preocupante.
Volver a poner la enseñanza en el centro. La respuesta no puede ser “enseñar para PISA”. Tiene que ser enseñar mejor.
Necesitamos currículos exigentes pero posibles, seleccionar conocimientos fundamentales, dedicarles tiempo, volver sobre ellos y utilizarlos para pensar. Necesitamos también maestros y profesores con sólida formación disciplinar y didáctica y con condiciones institucionales adecuadas para enseñar.
La Lectura merece una atención especial. Vivimos rodeados de pantallas, información instantánea e inteligencia artificial. Nunca fue tan fácil obtener una respuesta y nunca fue tan importante aprender a evaluar si esa respuesta merece nuestra confianza.
La escuela debe preservar algo que ninguna tecnología debería realizar en lugar del estudiante: el trabajo intelectual. Leer sostenidamente, formular preguntas, soportar por un momento no comprender, argumentar, equivocarse, escribir, volver a intentar. En tiempos de inteligencia artificial, enseñar a pensar no pierde importancia: la adquiere aún más.
Que el origen no sea el destino
Finalmente, PISA vuelve a mostrar la relación entre las condiciones socioeconómicas y los aprendizajes. Allí está una de las cuestiones democráticas fundamentales de nuestra educación.
El problema no es que todos los estudiantes obtengan resultados diferentes. El problema aparece cuando podemos predecir demasiado bien cuánto aprenderá un niño conociendo el hogar o el contexto en el que nació.
La escuela pública encuentra allí una de sus razones fundamentales de existencia: conseguir que el origen no se convierta en destino.
Eso exige concentrar esfuerzos donde existen mayores dificultades, más tiempo pedagógico, buenos docentes, apoyos profesionales y una articulación efectiva entre educación y otras políticas públicas. Pero también exige mantener altas expectativas respecto de todos los alumnos. La pobreza no puede convertirse en una teoría pedagógica acerca de lo que un niño puede aprender.
PISA debería servirnos menos para elaborar rankings y más para formular buenas preguntas. ¿Por qué Ciencias mejora mientras Matemática continúa mostrando dificultades? ¿Cómo transformamos mejores trayectorias en mejores aprendizajes? ¿Por qué tenemos tan pocos estudiantes en los niveles superiores? ¿Cómo fortalecemos la lectura y el pensamiento en la era de la inteligencia artificial?
Uruguay no necesita convencerse de que su educación es una catástrofe. Tampoco conformarse con estar entre los países de mejores resultados de América Latina.
Necesita algo más ambicioso: garantizar un piso alto para todos, construir una amplia franja de aprendizajes sólidos y permitir que muchos más estudiantes alcancen la excelencia.
Porque una educación democrática no debería elegir entre igualdad y excelencia. Debe hacer posibles ambas.