El Acuerdo alcanzado en el sector de la Construcción, que incluyó la reducción gradual de la jornada laboral a razón de una hora menos de trabajo por año sin pérdida salarial, ha dado un nuevo impulso a este debate y, en particular, llevó a que el PIT-CNT incorporara este tema en su plataforma de cara a las negociaciones laborales en los diferentes sectores, promoviendo su generalización e incorporación legislativa.
Por otra parte, el Gobierno, desde el Ministerio de Trabajo ha decidido impulsar diferentes ámbitos de discusión y debate sobre la reducción de la jornada laboral con el objetivo de evaluar la posibilidad de su adopción en otros sectores de actividad.
Es indudable que este tema, referido a la reducción del tiempo de trabajo, se ha incorporado en la agenda de las relaciones laborales a escala mundial. Las razones son muy evidentes y refieren, entre otras cosas, al vertiginoso ritmo de incorporación de nuevas tecnologías en el mundo productivo que redefinen los procesos, los tiempos de producción y el grado de participación de los trabajadores en dichos procesos.
En efecto, los saltos tecnológicos, cada vez que han ocurrido, desde la primera Revolución Industrial en adelante, han generado impactos en las modalidades y características de la participación y necesidad del trabajo humano a partir de esos cambios.
Lo cierto es que, también, cada vez que ocurrió un salto tecnológico se expresaron pronósticos extremos anunciando el fin del trabajo de manera prácticamente apocalíptica. Sin embargo, hasta ahora, en cada coyuntura de cambio tecnológico se produjo una modificación de los roles laborales requeridos, quedando perimidos muchos tipos de ocupaciones, pero generándose un número muchas veces mayor de nuevos roles laborales, de forma tal de que, en los hechos, las profecías del fin del trabajo no sólo no se cumplieron, sino que el resultado fue el aumento significativo del total de puestos de trabajo.
Ello no significa que muchos trabajadores no hayan perdido sus empleos y hayan quedado por el camino sufriendo una situación de alto costo social, porque es muy cierto que la transformación del mercado de trabajo implica una desaparición de ciertos roles y la posibilidad de capacitación o reciclaje laboral de aquellos que poseían ciertas habilidades, ahora inútiles, muchas veces no ocurre de manera oportuna en el tiempo.
Ahora asistimos nuevamente a un salto tecnológico que, parece ser un cambio de mayor profundidad y vertiginosidad que los anteriores, porque la incorporación dinámica de la Inteligencia Artificial aplicada a los procesos productivos genera grandes impactos en la vida laboral y productiva del planeta.
Dentro de este contexto, parece muy razonable que se desarrollen investigaciones y reflexiones sobre la reducción de la jornada laboral y que se aborden posibilidades de incorporar estas medidas.
Ahora bien, conviene señalar las condicionantes requeridas para abordar esta propuesta en el mundo laboral.
En primer lugar, hay que señalar que reducir el número de horas de trabajo manteniendo la remuneración implica un aumento del costo laboral que debe ser absorbido de alguna forma. Es decir que alguien tiene que pagar la cuenta del incremento de los costos.
Por lo tanto, es imprescindible asumir que la reducción de la jornada laboral no puede ser una medida de carácter general, como ha pretendido el Frente Amplio que, en el período pasado presentó con la firma de todos sus Senadores un proyecto de ley que pretendía establecer un proceso de reducción horaria haciendo tabla rasa en todos los sectores de actividad.
Por el contrario, cada sector de actividad tiene sus realidades y la incorporación de ese incremento en el costo empresarial puede llevar a que ciertas actividades dejen de ser rentables.
Pero, además, otras variables, como el tamaño o la ubicación geográfica de las empresas, también importan, y en un país en el que casi el total de las empresas son de tamaño micro o pequeñas, una medida generalizada puede dejar fuera del mercado a un gran número de empresas con la correspondiente pérdida de numerosas unidades productivas y de puestos de trabajo.
Por otra parte, una economía como la nuestra que presenta problemas de competitividad, agudizaría esta situación en términos comparados con respecto a otras economías de la región y del mundo.
Por lo tanto, la ineludible conclusión es que las propuestas sobre reducción de la jornada laboral deben acordarse a nivel de cada sector de actividad o incluso a nivel de empresas, en el marco de la negociación colectiva y sobre la base del acuerdo de partes.
Pero, además, lo que ha quedado demostrado en los ejemplos que tenemos en nuestro país, como ha sido el caso del sector de la Bebida y comienza a expresarse en el caso de la construcción, es que estas decisiones deben tomarse sobre la base de que exista un auténtico aumento de la productividad.
Aumentar la productividad implica necesariamente construir indicadores precisos y medibles que permitan testear que esta efectivamente haya aumentado y acompañar de manera constante la lógica de producción de cada sector o, incluso, de cada empresa, es imprescindible para que la decisión no implique el riesgo de quedar fuera del mercado o de que la actividad se vuelva insostenible.
En síntesis, la reducción de la jornada laboral no se puede decretar por ley de manera generalizada, ni tampoco puede ser resultado de una imposición establecida sin atender la heterogeneidad de las situaciones existentes.
Finalmente, aumentar la productividad en nuestro país no es nada fácil. De hecho, el ritmo de la mejora de productividad en nuestra economía es exasperantemente bajo, por lo que avanzar en la reducción de la jornada laboral sin mejorar la productividad es literalmente “poner la carreta delante de los bueyes” y su resultado puede tener efectos nefastos en el crecimiento y desarrollo del país.