En Uruguay son pocas las discusiones políticas que se dan oficialmente saldadas. La mayoría de ellas resurgen como el Ave Fénix pasado un prudencial período de tiempo (o cuando las necesidades lo ameritan), y para una de ellas hay elementos de la reelección de Lula da Silva en Brasil que pueden ser tomados como nota para futuros debates.
Así como la posibilidad de instaurar el voto consular renace previo a cada período electoral según los cálculos de quien lo promueva, la discusión de la reelección es otro de los caballitos de batalla al que recurren los políticos en momentos de desesperación, desconcierto o exceso de fanatismo por su líder de turno.
Suele reeditarse con mayor o menor intensidad cada vez que un partido político en el poder siente que cuenta con un líder carismático y popular, o cuando, por el contrario, no ve en las opciones de renovación una figura alternativa que le dé certezas de retener el poder.
Pero volviendo a la actualidad, ¿a cuento de qué viene esto y qué podemos aprender del caso brasileño?
Todos coinciden en el batacazo inesperado de Lula. Prácticamente nadie pronosticó que el histórico líder izquierdista lograría remontar el revés electoral de la primera vuelta, de la misma forma que nadie vaticinó que el retador a la presidencia, Flávio Bolsonaro, lograría imponerse en el primer turno.
Nunca en la historia de Brasil se había dado que un candidato alcanzara la Presidencia llegando en desventaja, y nunca en sus tres presidencias anteriores Lula llegó como retador a la justa decisiva. Y es más meritorio todavía si se tiene en cuenta que el sesgo del electorado que votó a candidatos que quedaron fuera de la segunda vuelta favorecía al hijo de Jair Bolsonaro.
Además, Lula no solo revirtió una desventaja de 2,1 millones de votos, sino que abrió una brecha en su favor de 4,4 millones de voluntades en la instancia definitiva.
Cuando se analizan los números fríos, la remontada se explica por un aumento de la participación ciudadana, que se amplió en más de 3 millones de personas (casi 2 puntos porcentuales del padrón electoral), sumada a una caída del voto en blanco y anulado, que añadió otros 1,8 millones de votos a un candidato respecto a la primera ronda, según este análisis realizado por Daniel Schteingart.
Si se suman aritméticamente los sufragios de los competidores eliminados; los nuevos votantes que no estuvieron a comienzos de mes y quienes dejaron de votar en blanco o anulado, hubo en la segunda vuelta 14 millones de votos nuevos para repartir entre los dos candidatos en pugna. De allí, Lula captó casi dos tercios.
¿Qué fue lo que cambió en menos de un mes para un giro tan marcado en las preferencias electorales?
Más allá de los factores asociados a las campañas del miedo de uno y otro lado, al eventual impacto de los debates presidenciales que no habían sucedido previo a la primera vuelta —marginal, según expertos—, a los cambios en las estrategia de campaña y de redes sociales y al sinfín de factores que pueden ser materia de análisis para expertos, hay un hecho no menor a considerar: el peso del aparato estatal a favor de uno de los contendientes.
Porque si hay algo que queda claro es que la posibilidad de reelección en países donde la madurez institucional y democrática está lejos de los estándares deseables, la tentación populista con la caja del Estado a disposición es un frasco de dulce de leche abierto delante de un niño goloso.
Y si en Uruguay hablamos de carnaval electoral cuando el que compite ni siquiera es quien está al mando en el gobierno, imagine el lector lo que sucede cuando quien se juega la permanencia en el cargo es el mismo que tiene la llave del cofre de los deseos.
Para la segunda vuelta, Lula desempolvó sin sonrojarse el manual del populista clásico y abrió la bolsa de regalos pagados con dinero del contribuyente. Realizó promesas y tomó decisiones más cercanas a la desesperación de ver languidecer su poder que a la responsabilidad fiscal que exigen las finanzas de un país que arrastra un déficit fiscal cercano a 9 puntos del PIB.
Entre otras cosas, para elevar sus opciones de victoria en la segunda vuelta el líder petista incrementó en 15% el programa Bolsa Familia, la principal asistencia social de Brasil. El aumento entró en vigor días antes de la elección y alcanzó a casi 50 millones de brasileños, con un costo fiscal que rondará los US$ 1.200 millones en lo que resta del año.
Además, anunció el alivio de deudas y exenciones impositivas para pequeñas empresas, aseguró el acceso a créditos de bancos públicos a tasas bajas y refinanciaciones de créditos morosos para millones de brasileños de bajos ingresos.
El empuje populista también incluyó medidas para frenar el costo de los combustibles, con eliminación de impuestos federales a las importaciones de gasolina y subsidios sobre el diesel, además de extender exenciones fiscales para los biocombustibles.
Lula también envió al Congreso un proyecto de ley que propone transporte público gratuito los fines de semana, que según expertos podría costar hasta US$ 3.200 millones.
Como bien se explica en esta nota de Víctor Salmerón que reseña el conjunto de promesas electorales, el paquete para la victoria podría costar a los brasileños US$ 58.000 millones el próximo año, más de 2% del PIB.
Como yapa, días antes de la segunda vuelta el gobierno de Lula logró capitalizar la promulgación en el Congreso de la enmienda constitucional que pone fin al régimen de 6 días de trabajo por 1 de descanso (6x1) y su sustitución por una escala de 5x2, que implica además la reducción de la jornada semanal de 44 a 40 horas sin pérdida salarial. Esta medida fue cuestionada por líderes empresariales que advirtieron el impacto en la productividad, perjuicios para las pequeñas empresas y el riesgo de alimentar la inflación y el empleo informal.
Con el diario del lunes, el festival electoral le aseguró la supervivencia política a Lula. Cuando baje la espuma del champán y la resaca de la celebración empiece a pasar, aparecerán las facturas a pagar y ya sabemos a quién le llegará la cuenta.
Me animo a asegurar que Uruguay difícilmente reedite en 2029 el debate por la reelección, pero sí puedo vaticinar que en algún momento volverá. Lo positivo es que cuando ese día llegue, tendremos la perspectiva del tiempo sobre el caso “Lula 2026” para hacer foco no solo en la foto de la victoria épica que se robará la atención de los politólogos en el corto plazo, sino también el metraje completo de la película con sus efectos posteriores.