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Se tiende a aseverar que conforme más se profundiza en los temas más se abriga la percepción y la constatación de lo que poco se conocen y lo mucho que falta por entenderlos en su cabalidad. Por ejemplo, en educación, nos solemos preguntar cuánto efectivamente sabemos sobre las retroalimentaciones entre el cerebro y los aprendizajes, o sobre la constelación de factores que impactan en cómo se aprende, y en los propios resultados de los aprendizajes.

Lo que sí queda cada vez más claro es que solo a través de la conexión e integración de saberes de diferentes disciplinas nos aproximamos a una mejor comprensión de los temas. Ya no sólo se trata de argumentar y evidenciar la relevancia de los diálogos entre disciplinas bajo el entendido que las mismas siguen siendo herramientas fundamentales del pensamiento, sino de animarse a construir categorías de pensamiento, ideas e instrumentos que integren conocimientos que crucen a las disciplinas y vayan más allá de las fronteras disciplinares.

Quizás un ejemplo clarifique a lo que nos referimos. Tradicionalmente, las ciencias sociales, y en particular la sociología, tienen una profusa y rica tradición de analizar las desigualdades en la sociedad tomando en cuenta una constelación de factores culturales, sociales, económicos y territoriales, entre otros fundamentales, que afectan a personas, grupos, comunidades, hogares y familias.

Más recientemente, se observa que la desigualdad se expresa fuertemente a través de los criterios y códigos en que se basan los algoritmos para excluir, discriminar o favorecer personas y poblaciones. O que se refleja en cómo la identidad de género impacta en las trayectorias educativas. O que el potencial de aprender y de desarrollarse de cada alumna o alumno está mediado por las envolventes interrelaciones, de idas y vueltas, entre los genes, el cerebro y los múltiples condicionantes y estímulos del ambiente incluidos las brechas en capital cultural y social, y las políticas públicas implementadas. O que las desigualdades genéticas y sociales se retroalimentan, y más aún, conocer cómo interactúan entre sí es clave para reducir las desigualdades (Conley, 2025).

A la luz de lo señalado, se requiere movilizar conocimientos, entre otros, de la biología, la inteligencia artificial, las neurociencias y las ciencias humanas, para juntamente con las ciencias sociales, tratar de ahondar en comprender en profundidad la génesis, así como los procesos e impactos de la desigualdad. No solo es cuestión de obtener perspectivas más matizadas y certeras de la desigualdad, evitando la tentación de las explicaciones predominantemente sociológicas, sino de poder direccionar las políticas públicas que contrarresten la desigualdad desde saberes y evidencias que se refuercen mutuamente en áreas de sustentar acciones concretas y efectivas.

Una similar apreciación se puede realizar con relación a la comprensión de la inteligencia y sus impactos en la educación. El abordaje de la inteligencia desde un anclaje predominantemente disciplinar sería insuficiente y podría llevar a abrigar apreciaciones sesgadas y tomar decisiones equivocadas, o sin un debido fundamento, en cuanto a la visualización del alumno como persona, así como con relación a sostener sus oportunidades, procesos y resultados de aprendizajes.

La destacada filósofa francesa, Catherine Malabou, aporta una mirada punzante sobre cambios significativos en la comprensión de la inteligencia que acaecen desde el siglo XIX al presente. En su libro seminal “Metamorfosis de la inteligencia. Del coeficiente intelectual a la inteligencia artificial”, publicado en el 2021 (Presse Universitaire de France/Humensis), Malabou se refiere a tres paradigmas que permiten identificar jalones significativos en la comprensión de la inteligencia.

En primer lugar, Malabou se refiere al paradigma genético, asociado a la biología, que esencialmente se nutre de dos visiones. Por un lado, el surgimiento de la eugenesia en el siglo XIX que básicamente implica la intención de mejorar y de alcanzar la “perfección” de la raza humana, así como de supervivencia y apuntalamiento de los más aptos, en base a la consideración de los genes de las personas. Malabou se refiere a que entre 1907 y 1940, varios países europeos y de Norte América, “promulgan leyes de esterilización, voluntaria u obligada, centradas en los individuos que padecen taras consideradas hereditarias” (referencia al biólogo y filósofo Lawrence Perbal, 2011).

Por otro lado, la psicología experimental consideraba a la inteligencia como una entidad medible a través del Coeficiente Intelectual (CI). Esencialmente el CI buscaba medir la capacidad de las personas de realizar tareas concretas que serían indicativas, tal cual arguye Malabou, de “la adquisición adecuada de los razonamientos básicos, así como la puesta en orden, la comprensión, la invención, y la aptitud para la autocorrección” (referencia al psicólogo francés Alfred Binet). La medición de un atributo general de la inteligencia, que daría cuenta de las capacidades cognitivas de las personas en su conjunto, buscaba hurgar en cómo se forma el pensamiento y los elementos asociados al mismo. No obstante, lo cual, la medición ha sido mucha veces entendida y usada como indicativa de un posible gen de la inteligencia que como tal no existe.

Como asevera Malabou la obsesión hereditaria transformó a la inteligencia en una “cosa única, mensurable, localizada en la cabeza” (referencia al biólogo Stephen Jay Gould), que, en definitiva, lleva a afirmar que la inteligencia es lo que mide el test. Como aseveró el pensador universal, Edgar Morin, mencionado por Malabou, “la inteligencia no es solo lo que miden los test, es también lo que se les escapa”.

Más aún, se les atribuyó a los genes ser determinantes de los éxitos personales y profesionales. La evidencia científica, referenciada por Malabou, muestra que no se ha comprobado una incidencia hereditaria unívoca en el comportamiento de las personas, y más bien, se asevera que su alcance explicativo se circunscribe a determinados contextos y situaciones.

El determinismo o destino genético constituye también una forma de justificar la naturalización de la desigualdad y su aceptación, ya que se entiende que son los genes lo que generan capacidades diferentes que asimismo se reflejan en oportunidades y desempeños desiguales en la vida.

Asimismo, una selección de los genes, descartando a las personas con “déficits”, puede llevar a una modificación progresiva de los perfiles o fenotípicos de la población, y a un aumento de la inteligencia colectiva. Cabe acotar que, hasta los setenta, se tendió a pensar que la inteligencia se transmitía por herencia.

En segundo lugar, un cambio significativo en la comprensión de la inteligencia se da partir del surgimiento del paradigma epigenético a comienzos del siglo XXI. Se cuestiona el determinismo genético en el sentido que el desarrollo del cerebro esta influenciado por el ambiente y el conjunto de los estímulos asociados al mismo incluyendo la educación. La inteligencia no hace al ser o la esencia de la persona sino a que sus atributos, que tienen un origen en los genes, se gestan, desarrollan y cambian a través de las interrelaciones con la multiplicidad de estímulos provenientes del ambiente. El desafío parecería residir en integrar los saberes de la biología, las ciencias sociales y humanas a efectos de lograr una comprensión más afinada de la inteligencia.

Como asevera Malabou, y haciendo referencia a dos personalidades educativas mundiales, John Dewey y Jean Piaget, la inteligencia implica, entre otras cosas, capacidad de adaptación y de resolver problemas, interpretar lo ambiguo o indeterminado, tejer relaciones entre elementos que aparentemente no tienen nada en común, e identificar diferencias y coincidencias mas allá de lo visible. Los atributos de la inteligencia se vinculan a la plasticidad del cerebro, esto es, las capacidades que tenemos los humanos de aprender, adaptarnos y transformarnos a lo largo de la vida.

Los atributos de la inteligencia no se expresan de manera uniforme y genérica sino guardan relación con la diversidad de perfiles de las personas y su capacidad de expresarse por diversas vías. Como argumentó el referente internacional en psicología, Howard Gardner, al cual refiere Malabou, “el gran desafío de la humanidad consiste en encontrar la manera de sacar provecho del carácter único de una especie dotada de una pluralidad de inteligencias”.

La inteligencia es relativa a cada persona, y forma parte de lo que se puede entenderse como la alfabetización personal. Su potencial de excelencia se fortalece en la medida en que la educación estimula las retroalimentaciones entre espíritu, cerebro, mente y cuerpo, así como entre las inteligencias humana y artificial. En efecto, una educación genuinamente inclusiva es aquella que habilita la expresividad de las personas, sin prejuzgamientos, y bajo la convicción que cada alumno o alumna es un ser especial (UNESCO, 2017).

En tercer lugar, podríamos estar ante el advenimiento de un paradigma que Malabou asocia con la creciente similitud entre el cerebro humano y el cerebro plástico de las máquinas. Otrora la inteligencia artificial buscaba imitar el cerebro humano en su capacidad de aprender, pero no se planteaba que esa capacidad pudiera transformarse a través de la plasticidad del cerebro como en los humanos.

Actualmente se hipotetiza que el cerebro plástico puede llegar a tener la plasticidad del cerebro humano. El coordinador del departamento de retórica de la Universidad de Berkeley (California), David Beates, mencionado por Malabou, asevera que “el cerebro plástico permite a las máquinas incorporar “los saltos creativos, imprevisibles, de la inteligencia humana”. El hecho que la plasticidad pudiera ser un atributo de los cerebros plásticos daría a explorar sobre cómo las máquinas pueden reorganizarse o “interrumpir su propia automaticidad”.

La integración de los saberes de la filosofía, la psicología, la cibernética y las neurociencias nos ayudarían a poder descifrar cómo la plasticidad de los cerebros humanos y plásticos pueden complementarse y mutuamente beneficiarse. Se trataría del desarrollo de una inteligencia híbrida, esto es, una “IA aumentada por los humanos e inteligencia humana aumentada” (Guerra Jáuregui, 2025).

En síntesis, la metamorfosis de la inteligencia acaecida entre el siglo XIX y el presente, que plantea Malabou, nos plantea una fuerte encrucijada. O bien somos presa fácil de escenarios derrotistas y/o catastróficas donde las máquinas nos superan, alimentados por los nuevos emperadores tecnológicos, que al decir de Malabou, “trasladan a los robots, las redes de neuronas o las computadoras sinápticas sus propias pulsiones hegemónicas”. O bien avanzamos en una construcción democrática a escala mundial que como viene indicando la UNESCO, nos permita orientar y regular los usos de la inteligencia artificial enmarcada en principios éticos humanísticos y de apego a los derechos humanos (UNESCO, 2021). Se trata de potenciar la inteligencia humana, en su hondura de pensamiento, diversidad de expresiones y capacidad de transformación, para que la creciente simbiosis entre los cerebros humanos y plásticos nos permita forjar futuros mejores para las nuevas generaciones.

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Inteligencia

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