29 de noviembre 2024 - 9:01hs

El cortometraje documental titulado "Qotzuñi: Gente del Lago", dirigido por el argentino Gastón Zilberman y el estadounidense de raíces argentinas Michael Salama, narra en apenas 20 minutos una conmovedora historia de lucha y pérdida. Esta obra fue reconocida con el Gran Premio del Jurado en DOCNYC, el festival de documentales más influyente de Estados Unidos. Según el jurado, el filme constituye un "poderoso tributo" a la tenacidad del pueblo Uru y presenta una perspectiva crucial sobre la emergente crisis medioambiental y el cambio climático a nivel global.

El documental muestra a Rufino Choque, que presenta un rostro marcado por los embates del viento y el polvo del altiplano boliviano. Su voz es suave y su mejilla se hincha al masticar la cantidad de hojas de coca que utiliza para adaptarse a la altitud. Sus ojos se fijan en la vasta extensión de tierra plana que se despliega desde su hogar, Puñaca Tinta María, un lugar que en otro tiempo albergaba a 80 familias y que hoy solo cuenta con siete habitantes. Allí, donde antes podía admirar su reflejo en las aguas del lago Poopó, ahora solo reina el desolado silencio: restos de antiguos embarcaciones y cuerpos de aves. Su discurso es tan seco y profundo como el paisaje que lo rodea: “El lago era nuestra madre y nuestro padre, nuestro hogar. Ahora somos huérfanos”.

La comunidad Uru, a la que Rufino pertenece, vivió en armonía con el lago durante generaciones, hasta que entre 2000 y 2016, este comenzó a desvanecerse ante sus ojos. Su transformación de cazadores y pescadores a artesanos es un reflejo de su angustiante proceso de declive, el cual se encapsula en el término que ellos mismos adoptaron en quechua: Qotzuñi, que significa "Gente del Lago" en español. Si no se supiera que esta vasta extensión de agua, que se encontraba a pocos metros del pueblo, ocupaba siete veces más superficie que la ciudad de La Paz, cualquiera podría pensar que se trata de un chiste.

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El lago Poopó, el segundo más extenso de Bolivia, abarcaba una área similar a siete veces la de la ciudad de La Paz. Durante siglos, sus aguas no solo brindaron sustento, sino también una identidad distintiva a la comunidad Uru. Sin embargo, en las últimas décadas, una serie de factores devastadores dictaron su trágico destino: la sequía intensificada por el cambio climático, la polución generada por la actividad minera, y el desvío de recursos hídricos para usos agrícolas e industriales.

Qotzuñi, Gente del Lago

Zilberman, un joven de tan solo 24 años, está cursando Diseño Integral en la Universidad Torcuato Di Tella mientras trabaja como fotógrafo y cineasta desde los 14. En relación con su experiencia, comenta: “El nivel del lago fue decreciendo con los años, pero no se secó del todo. Con las temporadas de lluvia, volvía. Pero el problema fue que en los últimos años, debido a la contaminación con la minería, cuando se volvía a llenar estaba todo contaminado, ya no era una fuente de vida. Entonces, en los últimos 50 años, los urus se fueron ‘cayendo al seco’, como dicen ellos. La sequía se hizo cada vez más fuerte con el cambio climático y la diversificación de aguas para la minería y la ganadería. Se secaba, se volvía a llenar un poquito pero sin ninguna vida. Hasta que en 2016 se secó. Y no volvió a llenarse. Y hasta hoy en día sigue de esta manera, excepto en las temporadas de lluvias, cuando hay un pequeño cuerpo de agua, pero que no es ni ahí lo que estaban acostumbrados. Para que te des una idea, la autoridad máxima de la comunidad, que ahora tiene 45 años, cuando era chiquito jugaba en el lago y salía a navegar”.

En la actualidad, de las 80 familias que solían residir en Puñaca Tinta María, uno de los tres pueblos Uru a la orilla del lago, solo quedan siete individuos. El resto tuvo que abandonar su hogar, trasladándose a zonas mineras donde enfrentan duras condiciones de vida y la amarga paradoja de trabajar para las mismas industrias que causaron la destrucción de su tierra natal.

Para Zilberman, el proyecto “Qotzuñi: Gente del Lago” inició como una simple búsqueda de narrativas que unieran problemáticas sociales y medioambientales. Su fascinación por las comunidades indígenas y los desafíos climáticos es una pasión antigua; desde su adolescencia, estuvo involucrado en la documentación de crisis humanitarias. Sin embargo, lo que descubrió en la región altiplánica de Bolivia superó con creces sus expectativas iniciales.

Un encuentro casual lo llevó al lago Poopó: “El año pasado emprendí un viaje a Bolivia buscando historias por mi cuenta. Había trabajado antes con comunidades indígenas en Argentina, asistiendo en crisis como las sequías en Chaco y los incendios en el sur. Entonces, un amigo me comentó que su hermano estaba haciendo su tesis sobre una comunidad indígena que vive en las orillas del lago Poopó, que ya no existía. Eso me llamó la atención al instante”. Fue en ese momento cuando se puso en contacto con Michael Salama, quien estaba cursando Historia y Ciencias Ambientales en la Universidad de Princeton, y se convertiría en su codirector en esta iniciativa.

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Zilberman llegó al altiplano con la idea de pasar solo un par de días tomando fotografías para apoyar la tesis de Salama. Sin embargo, una vez en el lugar, comenta: “Esto fue creciendo paso a paso, porque al principio era solo un videíto, algo pequeño que yo mismo iba a editar, pero una vez ahí, nos dimos cuenta de que esta historia daba para mucho más que un par de fotos. Decidimos quedarnos más de una semana, convivir con la comunidad y empezar a retratar su realidad. Terminó siendo un cortometraje documental que ahora estamos distribuyendo internacionalmente”.

El vínculo con los Uru del lago Poopó no se estableció de manera instantánea; fue el producto de un enfoque cuidadoso y considerado. “Nosotros fuimos como dos jóvenes con iniciativa, y antes de llegar tuvimos una reunión con las autoridades locales para explicar lo que queríamos hacer. Les dijimos que no podíamos traer soluciones infraestructurales de gran escala, pero que podíamos contar su historia al mundo”.

La comunidad los recibió con gran calidez: “Nos recibieron muy bien. Comimos con ellos, dormimos en sus casas y compartimos su vida cotidiana. Nos llevaron de acá para allá para que pudiéramos documentar su historia. Eso fue clave para poder retratar lo que estaban atravesando. Los Uru son un grupo que siempre ha vivido al margen, incluso en Bolivia, un país con muchas políticas hacia las comunidades indígenas, pero con recursos limitados, y estas comunidades terminan siendo las más vulnerables”.

Uno de los elementos que más sorprendió a Zilberman fue la conexión tanto simbólica como material que los Uru tienen con el lago Poopó. “Para ellos, el lago no era solo su fuente de trabajo; era su identidad”. Junto a Salama, Zilberman registró cómo la desaparición de este cuerpo de agua impactó profundamente tanto las tradiciones culturales como las formas de sustento de los Uru. “Ellos vivían en islas flotantes, pasaban semanas en sus botes, cazaban y pescaban. Ahora tienen que dedicarse a cosas que nunca habían hecho antes, como las artesanías, porque ya no tienen el sustento que el lago les daba”. Además, muchos se vieron compelidos a abandonar su hogar, buscando trabajo en las minas cercanas, donde suelen trabajar en condiciones muy precarias, en industrias que contribuyeron a la contaminación que llevó a la desecación del lago.

La extinción del lago Poopó no solo representa un daño para los Uru, sino que ilustra claramente cómo la crisis climática y la degradación del medio ambiente impactan a las comunidades más desfavorecidas. “Es muy fuerte ver a un abuelo que toda su vida navegó en el lago y a un niño que nunca conoció el agua en el mismo lugar. Esto no es algo de hace siglos; es algo que está pasando ahora, frente a nuestros ojos”.

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La tragedia del lago Poopó no es un fenómeno aislante. De acuerdo con datos de la NASA, entre 2015 y 2023, la cantidad de agua dulce en el mundo disminuyó 1.200 kilómetros cúbicos, un dato preocupante. A nivel global, lagos y ríos se ven amenazados por una combinación de crisis climática, explotación excesiva y contaminación. Zilberman subraya que la situación de los Uru es un reflejo de lo que atraviesan numerosas comunidades indígenas, “Esto está sucediendo en todo el mundo: en el sudeste asiático, en África, en otros lagos de Sudamérica. Los Urus son un ejemplo de muchas comunidades que están sufriendo las consecuencias del cambio climático y del modelo extractivista que tenemos hoy”.

Además del logro del cortometraje, Zilberman y Salama demostraron un continuo compromiso con la comunidad Uru. “Algo muy importante es que nosotros no hicimos esta historia y nos fuimos. Seguimos en contacto con la comunidad, y a partir de los fondos recaudados por el cortometraje estamos impulsando una huerta comunitaria en Puñaca, como una forma de darles una fuente de sustentabilidad”, dijeron.

El cineasta considera que la difusión del documental representa una manera de honrar su promesa a la comunidad Uru: “Desde el principio les dijimos que queríamos llevar su historia al mundo, para que más personas sepan quiénes son y lo que están enfrentando. Y ahora que este proyecto está viajando a festivales y llegando a distintos públicos, sentimos que estamos cumpliendo con ese compromiso”.

El éxito de “Qotzuñi” en el festival DOC NYC 2023 le otorgó el estatus de “Oscar Qualifier”, lo que significa que ahora tiene la posibilidad de participar en los Premios Oscar de 2026 en la categoría de Mejor Cortometraje Documental.

Refiriéndose a este reconocimiento, Zilberman expresó: “Cuando aplicamos al festival, no imaginábamos que llegaríamos tan lejos. DOC NYC es un evento enorme, donde participan los mejores realizadores de documentales del mundo. Ya estar nominados fue una gran sorpresa, y ganar el premio fue algo surreal. Nos lo dijeron al despedirnos del festival, y recuerdo sentir una mezcla de alegría y responsabilidad. Ahora estamos preparando la candidatura para los Oscars, algo que nunca pensamos cuando empezamos este proyecto. Es un proceso muy riguroso, pero estamos emocionados. Más allá de si llegamos a la ceremonia, el simple hecho de que la historia de los Uru pueda llegar a un público más amplio ya es una victoria”.

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Antes de su exhibición en DOC NYC, "Qotzuñi" se presentó en el festival NaturVision, un evento dedicado al medio ambiente que se lleva a cabo en Ludwigsburg, Alemania, donde recibió el galardón al Mejor Cortometraje. Este premio marcó el comienzo de la trayectoria internacional del documental, que sigue siendo proyectado en festivales enfocados en temas medioambientales, derechos humanos y culturas indígenas. Zilberman destaca la relevancia de estos encuentros: “Estos espacios no solo nos permiten mostrar el cortometraje, sino que también son oportunidades para conectarnos con otras personas que trabajan en las mismas problemáticas. En Ludwigsburg, por ejemplo, tuvimos la posibilidad de hablar con expertos ambientales y activistas, lo que nos ayudó a comprender que esta historia trasciende Bolivia. Es un reflejo de lo que está pasando en muchas comunidades alrededor del mundo".

Junto al cortometraje, las imágenes capturadas por Zilberman durante la filmación de “Qotzuñi” fueron presentadas en la selección de los Sony World Photography Awards, celebrados en abril de 2023 en Londres. Al respecto, Zilberman comentó: “La fotografía es un medio muy poderoso para contar historias. La imagen de los hombres del lago caminando sobre el salar vacío habla por sí sola, y estoy agradecido de que haya sido expuesta en un evento tan importante”.

Esto permitió que en marzo de 2025, la serie de fotografías sea incluida en la exposición Vogue Panorama Latinoamericano, que se llevará a cabo en Milán.

Según el director, este cortometraje representa su primer esfuerzo personal: “Decidí agarrar la cámara y buscar una historia que valiera la pena contar. Nunca imaginé que llegaría tan lejos. Esto me impulsa a seguir trabajando en historias que puedan generar conciencia y empatía”.

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