Y al final te moriste. Ya nos habíamos despedido un par de veces. En una carta te pedí que no te fueras porque no estaba preparada para vivir sin vos y me la contestaste por teléfono: “Ah hija de puta, tengo que seguir vivo solo para que vos no te angusties”.
La muerte, los abandonos, las pérdidas, siempre te rondaron. Pero no te definieron. Te traicionaron y te lastimaron mucho más de lo que se supo. Y aunque prometías no volver a confiar, terminabas entregándote sin especular y aún conociendo el final. “Este me va a terminar cagando”.
Viviste ordenado para poder desordenarlo todo. Así hiciste periodismo. Decías que para poder hacer Página 12, primero tenías que saber editar un diario como La Nación. Que hay reglas en el caos y en el descontrol. Que hay que pensar qué decir, y que ese decir necesita una estructura, un título, una cabeza, un párrafo. Detrás de tu verborragia espontánea, tu cabeza ya había pensado un principio, un desarrollo y un final.
“¿A quién le estás hablando? ¿Quiénes querés que te escuchen? ¿Por qué deberían prestarte atención? ¿Tenés algo que decir?”. Si no podíamos contestarnos eso, no teníamos para qué hacer un programa de radio, ni escribir ni una nota, ni ponernos frente a una cámara.
Te importó tu público más que la academia. Detestabas el snobismo intelectual. “¿Para qué carajo llaman a un experto si en lugar de preguntarle le quieren mostrar que saben más que él? Si no entienden lo que les están diciendo, paren y repregunten. No canchereen. La gente tampoco está entendiendo. Hablen para la gente. Como si los invitaran al living de su casa”.
Fuiste rock, risas, creyente duditativo, padre amoroso, maestro a tu pesar. Hoy sos parte de la historia, del periodismo, de la gente, de tus amigos, y hasta de los que buscan sin suerte, negarte.
Nunca entendí por qué invertiste tanto tiempo y esfuerzo en esconder tremenda ternura bajo una pátina de impostada aspereza. Si mirábamos un poco más allá del humo del cigarrillo que te envolvía, no era tan difícil adivinarte los hoyuelos. Chau Mick Jagger de Sarandí.
¿Loco? Solo un poco. Lo necesario para confundir. Racional hasta para tomar las decisiones más absurdas. Audaz como ninguno. Te tirabas a la pileta y después la llenabas de agua.