7 de enero 2026 - 10:43hs

El grito vuelve a escucharse entre las reposeras. El vendedor de playa ofrece permiso social para que algo se rompa, para que el orden blando del verano acepte un poco de caos. Es un canto viejo, folclórico, pero este enero suena distinto. Mientras la arena quema y la política parece en pausa, el mundo está moviendo fichas pesadas. Y nosotros, como tantas veces, seguimos discutiendo desde la posición, no desde el movimiento. Explico.

Estados Unidos acaba de ejecutar uno de sus trucos de magia favoritos. Capturó a un acusado de narcoterrorismo, lo llevó a su jurisdicción y lo presentó ante su sistema judicial. Sin invasión. Sin declaración de guerra. Sin épica militar. Todo prolijo. Todo legal. El vice asume garantizando la continuidad. Trump agita el gallinero como zorro viejo que es declarando desde la comodidad del sillón presidencial. El conejo salió del sombrero sin que nadie viera la trampa.

El contexto importa. Desde los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos opera bajo una arquitectura jurídica particular. La AUMF (Authorization for Use of Military Force) habilitó al Poder Ejecutivo a actuar contra personas y organizaciones vinculadas al terrorismo, sin límites geográficos precisos. No es una ley de guerra clásica, es algo más difuso. Un marco que permite usar fuerza, inteligencia y derecho penal fuera del territorio nacional.

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A eso se suma otra pieza clave. La extraterritorialidad penal. El Congreso estadounidense tipificó delitos que pueden ser juzgados, aunque hayan ocurrido fuera del país. Narcoterrorismo, terrorismo, financiamiento ilícito. El mensaje es claro. No importa dónde ocurra el hecho. Importa quién lo juzga.

El truco no está en la captura. Está en la interpretación.

Hay algo más profundo operando ahí, que no es truco sino casi ley física. Werner Heisenberg lo formuló hace un siglo y la interpretación de Copenhague lo volvió perturbador. Cuando se observa una cosa, otra se vuelve borrosa. Si se fija la mirada en la posición, se pierde información sobre el movimiento. Si se sigue el movimiento, la posición deja de ser nítida. No es una metáfora, es una regla.

En una obra de teatro escrita años después, la idea se explica con un esquiador. Si uno observa con precisión dónde está, ya no sabe a qué velocidad baja. Si sigue la velocidad, se pierde la exactitud del punto. Con la política internacional pasa algo parecido. Cuando se mira la forma jurídica correcta, se pierde de vista el desplazamiento real del poder. Y cuando se sigue el movimiento del poder, la forma empieza a volverse maleable, reinterpretada, estirada. La realidad política cambia según desde dónde se la mire. Y en el caso de la captura de Nicolás Maduro, tenemos "una operación de poder presentada como procedimiento judicial" o "una acción geopolítica narrada como cumplimiento de la ley".

La reacción de una sensibilidad progresista fue previsible y, en cierto sentido, honesta. Aparecieron las palabras de siempre. Soberanía. Derechos. Garantías. Derecho internacional. No como consigna partidaria, sino como reflejo cultural. Como una sensibilidad entrenada para detectar abusos visibles.

El problema es otro. Mientras se discute la posición moral correcta, el movimiento ya ocurrió. El poder no pidió permiso para pasar. Pasó mientras se debatía si debía pasar. Porque el dato central no es solo lo que hizo Estados Unidos. El dato es que las potencias internacionales están tomando nota del precedente. El mundo observa si este formato se consolida como regla, como excepción frecuente o como una zona gris permanente. Un mundo donde no hacen falta guerras declaradas si alcanza con órdenes de captura.

En ese tablero aparecen las grandes potencias. Estados Unidos, Rusia, China, la Unión Europea. Cada una tomando nota, midiendo costos, evaluando si este mecanismo puede servirles mañana. Y, casi de costado, como un eco, se cuela Argentina.

El pedido de captura internacional contra Maduro impulsado por Carlos Stornelli no explica la jugada global ni constituye todavía una política pública sistemática. Es más bien una anécdota significativa. Un gesto que ocurre en el momento justo y por eso parece más grande de lo que es. Un capítulo local de una lógica más amplia.

Aun así, ¿el gesto es relevante? ¿Argentina anticipa una sensibilidad jurídica que hasta hace poco parecía reservada a las grandes potencias? Nosotros no tenemos terrorismo como acto fundacional de política pública. No hubo torres cayendo que redefinieran la seguridad global. Nuestro punto de partida es otro. Derechos Humanos. Dictadura. Desaparecidos. Terror estatal. El Nunca Más como pacto político y moral. Todo en un contexto donde el paquete ideológico del oficialismo quiere poner en revisión el uso indiscriminado de esa bandera. Notable.

La pregunta incómoda empieza a tomar forma. Vamos hacia un escenario de policías internacionales ejecutando órdenes de captura más allá de las fronteras. Un sistema sin invasiones formales, sin ocupaciones visibles, sin declaraciones de guerra. Donald Trump no inventó esta lógica, pero quizá abrió una puerta que ya no se va a cerrar.

No es un giro ideológico. Es un giro operativo. El poder ya no necesita romper el derecho. Lo habita. Lo habilita. Usa su lenguaje, marca el ritmo, decide cuándo entra cada instrumento. El derecho universal deja de ser un ideal abstracto y se convierte en una estética del poder. Una coreografía. Todo parece justo. Todo parece legal. Todo parece inevitable.

Ahí el desconcierto progresista se vuelve profundo. Se queda sin objeto claro. ¿Dónde denunciar el imperialismo cuando no hay botas sobre el terreno? ¿Dónde gritar intervención cuando lo que hay es un expediente judicial con sellos y firmas?

La soberanía empieza a sonar más a refugio discursivo que a herramienta real. Algo que se invoca cuando el tablero ya fue movido. Una posición cómoda desde la cual mirar cómo el poder circula por otros carriles.

Mirar la política solo desde posiciones fijas produce un efecto curioso. Cuanta más atención se pone en la forma correcta, más se pierde de vista el desplazamiento real del poder. Y el poder hoy se mueve rápido, liviano, con lenguaje jurídico y timing mediático. No entra con tanques. Entra con fiscales, tratados y conferencias de prensa.

Argentina entra a este juego desde un lugar singular. No desde la paranoia vigilante, sino desde la memoria de los crímenes impunes. Eso puede ser una fortaleza o una trampa. Fortaleza si entendemos el movimiento y lo pensamos estratégicamente. Trampa si creemos que con ocupar la posición moral alcanza.

El mundo no está discutiendo principios. Está ensayando mecanismos. Y mientras tanto, en la playa, el grito vuelve a escucharse. “Lloren, chicos, lloren”. Ya no suena como broma. Tal vez no sea una invitación al berrinche, sino a algo más incómodo. A aceptar que el juego cambió. Que las reglas se reescriben mientras miramos otra cosa. Que el truco no funciona por astucia individual, sino porque la mirada colectiva queda fijada en el lugar equivocado.

Dejemos, aunque sea por un rato, de pensar solo en posiciones. Empecemos a pensar en movimientos. Porque en el mundo que viene, llorar puede aliviar. Pero entender el truco es sobrevivir.

Nicolás Bottini, Analista político, escribe La rosca y la tuerca: una columna política que no corre detrás de la noticia, sino de su sombra.

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