La NASA lleva a bordo de la misión Artemis II un experimento científico sin precentes: unos dispositivos del tamaño de un pendrive, fabricados con células humanas reales, que imitan cómo funcionan órganos como el corazón, el hígado o la médula ósea.
El proyecto se llama AVATAR —en inglés A Virtual Astronaut Tissue Analog Response (Respuesta análoga del tejido de un astronauta virtual)— y su objetivo es entender qué le pasa al cuerpo humano cuando viaja al espacio profundo, sin tener que arriesgar la salud de ningún astronauta para averiguarlo.
Lo que en definitiva puede hacer este pendrive es "construir una versión en miniatura de tu propio hígado", meterla en un dispositivo del tamaño de una memoria USB y enviarlo al espacio para ver cómo reacciona. Eso es, en esencia, lo que hace AVATAR. Estos dispositivos se llaman chips de órganos: están fabricados con células humanas reales y replican el comportamiento de tejidos vivos, como si fueran una maqueta funcional del cuerpo.
No son órganos artificiales ni trasplantes. Son modelos de laboratorio que permiten observar, con un nivel de detalle enorme, cómo reacciona el tejido humano ante condiciones extremas, en este caso la radiación del espacio profundo y la microgravedad, que es la falta casi total de peso que experimentan los astronautas en órbita.
Para AVATAR, la NASA eligió estudiar específicamente la médula ósea, el tejido que vive dentro de los huesos y que funciona como la fábrica de sangre del cuerpo: produce glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas. Es un tejido clave porque cualquier daño en él afecta directamente al sistema inmune, la defensa natural del organismo contra enfermedades e infecciones. Si la radiación espacial daña la médula ósea de un astronauta, su cuerpo queda más vulnerable, igual que cuando alguien recibe quimioterapia y su sistema inmune se debilita.
Lo que hace especial a este experimento es de dónde vienen las células de esos chips: de los propios cuatro astronautas de Artemis II. Eso significa que cada chip es, literalmente, una versión miniatura del tejido de cada tripulante. Así, cuando los investigadores analicen los resultados, van a poder ver cómo respondió el cuerpo de cada persona en particular, no el cuerpo humano en general.
Qué pasa con los chips cuando regresan a la Tierra
Los chips viajan junto a la tripulación durante los diez días que dura la misión alrededor de la Luna, guardados en equipos especiales que mantienen las condiciones del experimento bajo control durante todo el vuelo. No están flotando sueltos: tienen su propio sistema automatizado que los cuida a bordo de la nave Orion.
Cuando regresan, los científicos los analizan con una técnica llamada secuenciación de ARN de célula única. Es como leerle el diario íntimo a cada célula por separado. El ARN es una molécula que registra qué genes están activos en cada momento, como un historial de lo que estuvo haciendo esa célula. Con esta técnica, los investigadores pueden ver, célula por célula, qué cambió durante el viaje espacial y qué se mantuvo igual.
Para tener un punto de comparación, mientras los chips viajan al espacio, en la Tierra se mantiene un experimento idéntico en condiciones normales. Así, los científicos pueden comparar directamente qué diferencia hizo el espacio.
Los resultados apuntan en dos direcciones concretas. Para la NASA, la información es clave para preparar misiones más largas, como el viaje a Marte, que podría durar años. Con estos datos, la agencia espera poder armar botiquines médicos personalizados para cada astronauta: no un maletín genérico, sino uno diseñado según cómo el cuerpo específico de esa persona reacciona a la radiación o a la falta de gravedad.
Para la medicina en la Tierra, el impacto también podría ser significativo. Según la NASA, los chips de órganos son modelos más precisos que muchos de los usados actualmente en laboratorio, justamente porque están hechos con células humanas reales y no con células de animales. Eso los hace más útiles para probar fármacos, estudiar enfermedades y desarrollar tratamientos oncológicos, entre otros avances.
AVATAR es liderado por la NASA en colaboración con la Autoridad de Investigación y Desarrollo Biomédico Avanzado (BARDA) y el Centro Nacional para el Avance de las Ciencias Traslacionales (NCATS), que forma parte de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos.
La empresa Space Tango desarrolló el hardware que automatiza el experimento dentro de la nave, mientras que Emulate —la compañía que fabrica los chips— y los científicos del Instituto Wyss encabezan la investigación.