“Hay 50 personas adentro, las conté con los dedos de mi mano”. Las palabras de una de las vendedoras de comida ubicadas frente al Velódromo, a poco más de 30 minutos para el comienzo del último concierto de los Ratones Paranoicos en Montevideo este sábado, no eran para nada alentadoras.
El movimiento afuera era poco, no se veía mucha gente entrar, y al ingresar a la carpa de Limbo Park a 20 minutos del arranque el panorama no mejoró: poco más de 100 personas estaban ubicadas entre la VIP y la general para esperar a la banda argentina, que está en su “Última Ceremonia tour”, su gira despedida.
“Es Uruguay, ¿cuánta gente querés que haya?”, excusó un argentino mientras esperaba el show. Detrás de él comenzó a llegar una pequeña comitiva de fieles “rolingas”. Flequillo con pelo largo detrás, algunos con camperas de cuero y otros con musculosa, todos con lentes en su lugar o en el pelo. No faltó tampoco alguna bufanda a cuadros para completar el look.
Después de un atraso de media hora, y con una carpa a alrededor de un 70% de su capacidad, las luces se apagaron y apareció la banda, encabezada por un Juanse que comenzó a cantar Ceremonia en el Hall para abrir el concierto. En el medio de la canción se le desconectó la guitarra, la única falla técnica de la noche: “Siempre pasa algo, a quién no se le descompuso el auto”, dijo entre risas.
Llegaron después los clásicos Rock del pedazo y Ya morí. Aunque Juanse dijo en una entrevista con El Observador antes del show que el público uruguayo era “respetuoso” y “conoce del Rock & Roll”, después de decir en el Cosquín Rock “ahora cantan, muertos”, la gente arrancó tímida.
Concierto de los Ratones Paranoicos en el Velódromo de Montevideo
Los Ratones y su clásico Rock del Pedazo en su último concierto en Montevideo
Video: Joaquín Pisa
Juanse lo dio todo para cambiar ese frío inicial. Con su voz impoluta (algo por lo menos destacable para una carrera de más de 40 años que no se privó de ningún exceso), su habilidad como primera guitarra y sus movimientos, ya no tan eclécticos pero constantes, el cantante robó, como siempre, los flashes. No obstante, sus compañeros tuvieron sus momentos: el primero fue el del bajista Pablo Memi, marcando el ritmo en La Nave.
“Estuvimos toda la semana construyendo esta hermosa carpa. Un aplauso”, pidió con otro comentario en broma Juanse, antes de decirle a alguien del backstage “si me apagás la luz no veo, papá” y comenzar a tocar Una noche no hace mal.
Los rolingas eran los que trataban de animar un poco más la noche. Uno de ellos trató de colarse a la VIP, ubicada en la parte delantera de la carpa, mientras la banda entonaba Carolina, pero fue visto por uno de los seguridad. El hombre volvió a la general trepando la valla que separaba ambas zonas, y agradeció el no ser expulsado del lugar con un fuerte apretón de manos al guardia.
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Uno de los "rolingas" que asistió al concierto
Foto: Joaquín Pisa
Los primeros cánticos de la gente llegaron con el noveno tema del concierto, El Centauro, en el que además del “sos horri...ble” de Juanse se destacó con un solo de guitarra Pablo “Sarcófago” Cano. El otro guitarrista del grupo prácticamente nunca se movió de su lugar, a la derecha del cantante –con quien solo compartió algunas miradas cómplices– y cerca de su micrófono, mientras que Memi bailaba constantemente y se divertía bailando con Juanse.
No vinieron con estridencias: fueron y son una banda de Rock & Roll clásica. Dos guitarras, bajo y batería. Sonaron bien, fuerte. Sin sorpresas, sin músicos invitados, sin sonidos raros ni efectos especiales en la pantalla –mostraron su tradicional logo, con algunos cambios en su formato–. Apenas Juanse cambió de instrumento utilizando tres guitarras a lo largo del show. Ni más ni menos que un grupo como los de toda la vida.
“Viva la virgen”: el fin de la timidez y un final lleno de clásicos
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Juanse en el centro del escenario y los focos
Foto: Joaquín Pisa
La carpa perdió su frío de noche de mayo y el público terminó de desinhibirse. Juanse lo notó y empezó a moverse cada vez más. “Dios los bendiga a todos. Viva el Rock & Roll”, dijo abriendo sus brazos después de cantar Vicio, y antes de recibir un “Vamos los Rató” de la gente.
Dio lugar hasta para un pequeño pogo en el clasiquisimo Rock del Gato, subidón que le dio lugar al cantante hasta para bromear con la gente que estaba cerca del escenario: “Hay algunos chistes que yo no entiendo. Te dicen ‘tomátela toda’, no entiendo”, espetó para las risas del recinto.
Con la conexión entre la banda y la gente ya lograda, el final del concierto fue una sucesión de hits históricos que fueron recibidos con la efusividad propia de un toque de rock. Después de Cowboy llegó la famosa Sigue girando, que generó los primeros “caballitos” en el público. Uno de ellos era un niño pequeño que perdió la garganta en cada estribillo de la canción. A unos metros, el rolinga que había vuelto de la VIP miraba con lágrimas en los ojos a la banda pegado al fierro que separaba ambos sectores.
Siguió Boogie, que terminó con un solo de batería de Rubén “Roy” Quiroga, quien quedó solo en el escenario, acompañado algunos segundos de más por un expectante Sarcófago, que por primera vez se movió un par de metros de su zona.
Tras un aplauso general al baterista, la banda volvió al escenario con un Juanse de musculosa y con una cruz en su remera para tocar Enlace y terminar la primera parte del show con Estrella.
El “chau gracias” solo tardó pocos minutos antes de derrumbarse para dar lugar a los bises, que solo duraron dos temas. La banda cerró con el clásico de Pappo Ruta 66, y el emotivo Para Siempre, que terminó con el rolinga movedizo montado en los hombros de un desconocido, otra vez en la VIP y a centímetros de la banda.
También terminó con un aplauso de varios minutos a un cuarteto que cantó 19 canciones en poco más de una hora y media en su, al parecer, última aparición en vivo en Montevideo.
“Chau, gracias. Viva el Rock & Roll, viva la Virgen”, fueron las últimas palabras de Juanse, que resumen un poco la actualidad de la banda. Un grupo que, como en toda su historia, brindó rock en su más pura expresión, y que no perdió su estilo a pesar de dejar de vivir en esos excesos propios del género. No parece faltarles ni energía ni calidad para seguir de gira varios años más, pero bien saben que “nada dura para siempre”.
No fue, quizás, el clásico toque descontrolado de Rock & Roll al que los Ratones están acostumbrados. Fue más bien un show casi familiar, íntimo, en el que mucha gente se sacó el gusto de ver a una banda de más de 40 años de historia a pocos metros.