Encontrar una voz para seguir en medio del ruido siempre es un alivio. Hacerlo en esta época, cuando el ruido está más ensordecedor que nunca, todavía más. La voz de Hinde Pomeraniec, en ese sentido, ha funcionado de esta forma durante buena parte de su carrera en los medios: como una llave para entender los derroteros culturales de su país y de la región. Es una voz que despeja, aclara y, sobre todo, filtra el cada vez más inabarcable mundo literario.

Hoy, a sus 65 años, la carrera periodística de Pomeraniec incluye dos décadas en Clarín, un período al frente de la sección Cultural de Infobae, varios libros de crónicas —al menos dos de ellos sobre Rusia, uno de sus temas de cabecera— y la conducción de un programa de radio ya canónico, Vidas Prestadas, que continúa en formato podcast y donde se divierte con una de las herramientas que mejor domina: la entrevista.

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Su vida está consagrada a los libros y tiene sentido, entonces, que ese programa hecho a medida gire en torno a ellos. De hecho, así es como se describe: un podcast sobre libros y mundos posibles. Por allí desfilaron en los últimos episodios autores como Claudia Piñeiro, Julián López, Agustina Bazterrica, Leonardo Padura o Selva Almada. Si uno va para atrás, los nombres se suceden y el panorama se amplia. Las conversaciones, como dice ella, son infinitas. Su entusiasmo por el mundo literario, al parecer también.

En los últimos días, Pomeraniec cruzó el charo y llegó a Montevideo para presentar el libro Otra que yo, de la periodista uruguaya Elisa Lieber, en la Feria del Libro. Era un buen momento para poner al periodismo cultural sobre la mesa y charlar en torno a algunos temas que por estos días lo rodean. Y eso, justamente, es lo que sigue a continuación.

¿Vidas Prestadas es el programa ideal para vos?

Literalmente. Lo pensé casi como la traducción de un suplemento cultural, un suplemento de libros. Todo lo pensé con mi cabeza de gráfica, las diferentes secciones, y mucho de eso quedó.

Y te lo armaste en base a tu gusto e interés.

Sí, porque es perfecto para alguien que le gustan los libros, pero que al mismo tiempo le gusta el mundo, la ficción, las ciencias sociales, la divulgación, la literatura infantil, o sea: todo aquello que puede caber en un libro. Para mí es perfecto, porque puedo hablar de lo que quiero, puedo entrevistar a quien tengo ganas, a algunos más de una vez. Porque hay autores que no dan para una entrevista en audio. O autores que son buenísimos y que ni siquiera dan para una entrevista porque de pronto no pueden articular un discurso. Por eso hacer un programa de este tipo no quiere decir que uno tenga que necesariamente hacer todas las entrevistas y remar en dulce de leche. También tenés autores que son muchísimo mejores como analistas o divulgadores de la literatura, por decirlo así, que por su propia obra de ficción. O de pronto son brillantes hablando de sus contemporáneos o de su pasado. Vidas Prestadas es un lugar donde me manejo con mi gusto, mis ganas y mi curiosidad.

¿Cómo es tu vínculo con la lectura hoy? Porque hoy está intrínsecamente relacionada con tu trabajo pero empezó desde el placer.

No creo que pueda haber otra manera de empezar. Quiero decir, para empezar tiene que haber libros. Cuando las personas dicen “mi hijo no lee”, lo primero que tienen que preguntarse es si hay libros a su alrededor. Y es clarísimo que si una persona no ha tenido en su vida un padre, una madre, un hermano, un maestro, un gurú, alguien que en algún momento puso libros a su disposición, es muy difícil que esa persona pueda considerar a los libros como objetos de deseo.

¿Cómo fue en tu caso?

Fui lectora de muy chica. Mi viejo era muy lector. Mi mamá no, no leía. A mí madre la amé, por supuesto, y hay un montón de cosas donde puedo recordarla con mucho amor, pero no era una persona con una mirada sobre la vida, sobre la sociedad, sobre la política, y mi viejo sí era todo eso. Era médico, era de izquierda, era muy lector, era un tipo que encontrabas siempre con un libro bajo el brazo. En casa había muchas revistas, diarios y libros, pero mi padre no tenía libros de sus padres porque habían llegado de Europa del Este y eran exiliados judíos muy modestos, comerciantes, que no venían de familias aristocráticas, ni mucho menos. Pero mi viejo agarró una industria cultural en plenitud en Argentina, con muchas familias que estaban armando sus bibliotecas a partir de colecciones de kiosco, de grandes títulos de la literatura universal, de la literatura argentina. Esa fue la base de mi biblioteca.

La presencia de los diarios en tu casa adelanta el vínculo con el periodismo.

Sí, pero el periodismo es una unión entre todo eso que viene de mi padre y mi abuela materna, que estaba con el diario en la falda, con la televisión encendida en el noticiero y con la radio en el oído. Siempre muy informada. Yo escribí un par de veces sobre ella, que no pudo ir al secundario porque al morir su padre, su madre necesitaba que uno de los hijos se quedara a trabajar con ella en un bodegón que había puesto. Y es como si hubiera habido resentimiento y hambre de conocimiento en ella. Así que yo creo que el periodismo vino por ahí. Tampoco empecé tan temprano. Empecé a los casi 30.

Antes hiciste recorrido por la licenciatura en Letras y el mundo editorial, ¿no?

Sí, era curioso porque tenía compañeros que estudiaban conmigo Letras y que además hacían periodismo. Y yo pensaba que para mí ya era tarde. Empecé en el periodismo cuando me separé del padre de mi hijo mayor. Ahí empecé a colaborar y no paré más. Era un espacio que cubría todo mi hambre de conocimiento. Hoy estamos en un momento muy difícil para hacer periodismo.

Eso: ¿cómo es hacer periodismo cultural hoy en Argentina?

Yo no lo reduciría a periodismo cultural, en este caso, porque los que hacen periodismo político lo pasan todavía peor. El presidente por lo menos a mí no me insulta, para él yo no existo. No estoy en la línea de fuego. Pero sí mis colegas. El periodismo tuvo ya un embate importante durante el kirchnerismo. Había un enfrentamiento muy claro o una mirada sobre el periodismo que no podía ser crítico. En la medida de que había un periodismo crítico, empezó a ser cuestionado. Eso fue muy duro para los que trabajábamos en Clarín, por ejemplo. A todo eso, esa desconfianza, a esa cosa del periodismo ensobrado, la corrupción, ahora sumale los insultos de Milei. Insultos de un nivel de vulgaridad tremendo. Entonces, el periodismo hoy es un lugar muy incómodo, y sé que no solo en la Argentina, pero en la Argentina te lo puedo asegurar. Y hacer periodismo cultural es casi un oxímoron, porque el periodismo es un lugar incómodo y la cultura algo inexistente para este modelo de país que procuran las autoridades. Y ahí tenemos otra discusión, porque nunca han querido escuchar que la cultura sí puede dar dinero. O sea, directamente no les interesa porque pertenecen a un modelo de seres humanos que creen que lo que no les interesa a ellos, no les interesa a nadie. Y como tienen el poder, deciden que no le interesa a nadie. Yo te podría decir un montón de frases hermosas, como que el periodismo es un lugar de resistencia. Y hay un punto en que lo creo. Pero lo más evidente es que es incómodo. Y que cada vez cuesta más vivir de esto.

Tomo lo de la resistencia en el sentido de que hoy mantenerse en el periodismo realmente es un ejercicio de resistencia. Por lo que mencionás, pero también por las diferentes precariedades que se viven.

Creo que hay varias cosas que nos tenemos que preguntar. Hoy las redacciones prácticamente no existen. Y si existen, existen para pocas personas. La mayoría trabaja home office y, en ese esquema, la sección de Cultura nunca va a ser indispensable. Salvo el primer jueves de octubre (Ndr: día que se entrega el Nobel de Literatura) o alguna muerte, sino, en general, no existimos. Pero al mismo tiempo, con la llegada de la tecnología masiva con las redes, la llegada de la figura del influencer, es cada vez más difícil tener control de aquello que se publica. Empieza a desaparecer el control del rigor, de la rigurosidad con la que se trabaja, se te va de las manos porque no podés controlar cada video que aparece. Creo que la verdadera resistencia es trabajar desde el conocimiento, desde el saber, es escribir en primera persona cuando sos alguien, o por lo menos cuando sos alguien grande, que por lo menos tengas el valor de la edad. Yo como editora me encuentro todo el tiempo con que lo primero que se hace hoy es hablar en primera persona y mirá que nunca estuve contra.

¿Te parece que estamos en una época de auge de la primera persona?

Tenemos periodismo del yo. No solo literatura del yo. Y es gente que además no sabe escribir de otra manera. No sé, está difícil. O sea, si vos me preguntás hoy, periodismo cultural…

Eso: ¿qué seguís, qué te gusta leer hoy?

Me cuesta mucho encontrar… No sé, el otro día, por ejemplo, llegó a la Argentina la biografía de Charly García de Pablo Plotkin. Es un librazo, le entré por varios lugares, está editado por Leila Guerrero, salió en la editorial de la Universidad de Diego Portales de Chile. O sea, todos antecedentes buenísimos. Pero empiezan en el autor. Otro periodista que sigo es Pablo Schanton. Cualquier cosa que haga Pablo Schanton va a estar bien. Es realmente bueno. O Mariana Enriquez. No la escritora, la periodista Mariana Enriquez. Es fascinante. O Juan Becerra, por ejemplo. Es verdad que estoy hablando en algunos casos de escritores, pero no es casualidad. Me interesan porque escriben bien. Hay un cultivo de la palabra. Tamara Tenenbaum también. Tamara es buenísima en lo que encara, los temas que trae, el modo en que lo hace, la aparente ligereza con la que lo hace. Malena Rey también me gusta. Malena es muy buena observadora y con un perfil bajísimo en términos del yo, de la arrogancia.

Volviendo a tus entrevistas, ¿cuál atesorás particularmente? Porque tenés una lista larga que incluye, por ejemplo, a Susan Sontag.

Bueno, te iba a decir que en realidad la primera gran entrevista fue a ella. Yo había entrevistado a Bioy Casares ya, pero de pronto no tomé verdadera dimensión de su figura porque estaba cerca, porque era fácil de entrevistar también. Adolfito no era complicado. Borges también era fácil de entrevistar. Que después hayas hecho o no una buena entrevista es otra historia, pero en realidad hasta los pibes de secundario iban a entrevistar a Borges. Lo de Sontag fue una casualidad. Yo había ido al Amazonas a un congreso de periodismo cultural, y bajando me quedé tres días en Río de Janeiro. Me había hecho amiga de un periodista alemán, y un día, en el lobby me dice “bueno, te dejo porque voy a entrevistar a Susan Sontag”. Creo que era el año 93. Había ido a presentar la traducción al portugués de su novela El amante del volcán, y yo no tenía idea. No teníamos internet por entonces y en ese sentido el tiempo era otro. ¿Cómo iba a saber que Sontag acababa de sacar una novela y estaba allí? Y menos desde Argentina, culo del mundo. El alemán lo sabía porque vivía en Europa y porque Sontag vivía entre Estados Unidos y Europa. Yo le dije que de alguna forma me tenía que conseguir la entrevista con ella.

¿Vos trabajabas en Clarín ahí?

Yo estaba en Clarín. El alemán me la consiguió y la fui a hacer al Copacabana Palace. Ella no quería que se supiera mucho que estaba ahí, no quería revuelo. Acababa de llegar de Sarajevo. Mi inglés deja bastante que desear, pero en ese momento todavía más. Pero fue una entrevista maravillosa. Y tengo una foto con ella. En general no tengo muchas fotos con entrevistados, en ese momento tampoco era fácil tenerla. Pero el fotógrafo brasileño que habíamos contratado me sacó una foto y todavía la tengo. Mirándola podés ver mi fascinación. Hablamos de cultura, de Umberto Eco, de Sarajevo, de Clinton, y yo le podía seguir el tren porque en esa época ya hablaba de política internacional. Salió bien.

Hablando de política internacional, en los últimos años te ocupa especialmente el tema de Rusia y de la guerra de Ucrania. Entiendo que visitaste ese país en dos ocasiones y que estás escribiendo un libro sobre el tema.

Fui en el 2004, cubrí la Revolución Naranja. Y en el 2024 fui invitada por el PEN Institute. Es un libro muy difícil, porque si lo hacía en el momento, era una crónica. Hoy me parece que con las historias que tengo tiene más que ver con una especie de literatura híbrida entre no ficción, coro de voces y retratos.

Se me viene a la cabeza lo que hace Svetlana Aleksiévich, a quien también te tocó entrevistar.

Sí, ella me impresionó muchísimo, más allá del trabajo con las voces, el tratamiento del periodismo como literatura. Ella es genial. Su libro El fin del homo sovieticus es espectacular.

Hinde Pomeraniec en Kiev en 2024

Tiene sentido pensar en ese, teniendo en cuenta que es algo a lo que le has dedicado un montón de tiempo de vida, ¿no? A tratar de entender de qué se trata este país, continente, universo, que es Rusia.

Sí, es fascinante. Hay una discusión muy grande porque uno tiende a decir que lo que pasa con los gobiernos no pasa con los pueblos. Trata de diferenciar, decir que lo que haga Putin no lo hace en nombre de todos los rusos, lo que haga Milei no lo hace en nombre de todos los argentinos, lo que hace Netanyahu no lo hace en nombre de todos los israelíes y menos de todos los judíos. O sea, uno tiene que mantener una distinción en ese sentido, aunque cueste mucho en algunos casos. Ahora, cuando los ucranianos te dicen que los rusos no salen en grandes mayorías a disputar el poder, la respuesta es sí y no. Hay mucha gente que se juega la vida. ¿Esa gente existe? Sí. ¿Es la mayoría? No. Pero no es mayoría porque el país más grande de la tierra, que es Rusia, no es solamente Moscú y San Petersburgo, que es donde la mayoría de los periodistas tenemos nuestras fuentes. Todo el resto no es una población enorme, porque es el país más grande de la Tierra, pero con una población muy pequeña, menos de 200 millones. Y tienen la televisión incrustada en el cerebro y toda la televisión está digitada por el Kremlin. Con lo cual es muy difícil. Y en ese sentido, los ucranianos no distinguen, no pueden distinguir a la población de los gobiernos. Es muy triste porque ahí empieza la cancelación, se termina la cultura, no pueden escuchar nunca más música rusa.

Recuerdo una edición de tu newsletter de Infobae Fui Vi y Escribí titulada "cancelar es morir un poco".

Es que es un delirio. Es tristísimo. Además en el caso de los ucranianos lo que tenés que pensar es que todo el este hablaba ruso y que la mayoría de la gente del oeste más cercano a Europa, incluso en Kiev, hablaba las dos lenguas, y que a partir de la guerra decidieron que el ruso se terminó. Por otro lado, los rusos atacan mucho lo que tiene que ver con la cultura ucraniana porque es ahí donde aparece el afán de independencia. Porque los rusos se apoderaron siempre de los grandes símbolos culturales ucranianos, tomándolos como propios durante los 70 años de la Unión Soviética, pero cuando aparece el ucraniano independentista, digamos, se molestan y atacan todo lo que tiene que ver con eso. Destruyen los museos, saquean las piezas. Hay historias increíbles. Lo que me duele es que se pierde la cultura mundial, la humanidad, cuando vos cancelás obras o cancelás artistas. Yo puedo entender que hay artistas que además de ser artistas son voceros, pero no todos. Hay algunos que eligen no hablar. Hay algunos que no se animan a hablar. No todo el mundo es igual. Y no me gusta que se señale con el dedo. Me parece que es pura pérdida.

Hablando de cancelación, uno de los últimos casos que atañe a la cultura, y a la cultura argentina sobre todo, es el de Ariana Harwicz y su "desinvitación" a un festival literario europeo a partir de su apoyo al gobierno de Netanyahu. Y luego las cartas a favor y en contra de la decisión que, de un lado y del otro, encabezaron escritores de todas partes. ¿Cómo evaluás lo que se generó?

Terminó siendo un episodio, digamos, en donde pasó lo que uno iba a imaginar, que es la cosa binaria que mencionás. Gente que en principio uno pensaría que no tiene nada que ver, pero que apuesta a determinada línea de un lado, y después un rejunte de gente más respetable que otra en uno y otro lado. Yo conozco bien a Ariana, y conozco bien su obra, la considero una gran escritora. Creo que es una artista, y no lo digo de cualquier escritor. Entiendo que lo que hace con su literatura es arte. Y cuando digo que es arte, tiene que ver también con el trabajo con la lengua. En ella te das cuenta que hay una lengua, un estilo. Te puede gustar o no, interesar o no, pero es un estilo propio que va más allá de la historia que cuenta. Que por otra parte también siempre son tremendas. O sea, también hay un estilo ahí. Dicho esto sobre ella como artista o escritora, uno sabe bien lo que Ariana piensa. Uno la ha leído, porque Ariana está escribiendo y llamando a tomar conciencia sobre el nuevo antisemitismo desde hace muchos años, desde antes del 7 de octubre. Por eso, lo que estuvo realmente mal, porque es de pusilánimes lo que hicieron, es invitarla y desinvitarla. Si vos conocés a Ariana y lees su obra y leíste entrevistas, sabés que ella siempre habló del tema. Y hay algo peor, porque una de las dos personas que la invitaron firmó la carta en contra.

Vuelvo a vos para terminar: ¿sos más lectora, periodista o escritora?

Debería decir lectora, porque siempre lo que pienso es que, con los años que tengo y los años que me quedan, que son muchísimos menos que los que ya viví, la única posibilidad de que yo decidiera que no quiero seguir viviendo es si no puedo leer más. El periodismo que voy haciendo es un periodismo cada vez más reducido y más de escritorio. Sigo viajando y eso, pero seguramente voy a ir reduciendo mi margen de maniobra. Y en la escritura espero que no, pero podría ocurrir que de pronto escribir sea un esfuerzo muy grande. Así que espero morirme leyendo. O sea, leyendo o que me lean, pero escuchando la palabra de los otros y las historias que cuentan los otros. Es esa frase de Umberto Eco, que si uno no lee vive una sola vida, pero si lee, vive muchas. Son las vidas prestadas, ¿viste?

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