María Becerra hace algo singular. Se desarma sobre el escenario. Se fragmenta a sí misma para contar su historia de reconstrucción. Una experiencia extracorporal, donde María no es María sino Shanina, Maite, Gladys o Jojo. Los cuatro alter egos que la artista argentina hace convivir dentro de sí, como una criatura mitológica.
Y, sobre todo, María.
La gente se ubica al rededor del escenario montado en el centro del Antel Arena. Desde esa estructura que se eleva entre el público, debajo de las pantallas centrales del recinto, la artista aparece frente a sus fans. Más cerca que nunca. Lo que sigue son los gritos, la ansiedad contenida, las ganas de volver a verla aún cuando ya la tienen en frente.
El espectáculo podría leerse como una sucesión de capítulos narrados por el psicoanalista Gabriel Rolón, quien introdujo al público en las características de estas mujeres que se desprenden de Quimera, su álbum más conceptual e íntimo hasta el momento.
Capítulo uno. Shanina. Vestida con corset rosa y violeta, una peluca lila y botas blancas, Shanina parece un personaje de animé perdido en algún lugar de Japón. Sabe de desamor, pérdidas y el dolor de un corazón roto. Ramen para dos, la canción que grabó junto a Paulo Londra, abrió la noche en Montevideo y la siguieron canciones como Cerquita de ti, Ojalá, Infinitos como el mar y Hasta que me enamoro.
Las voces del público parecen abrazarla en medio de la arena. Una madre canta con su hija y parece que todo alrededor ya no importa. La alegría incontrolable, la conexión musical de una niña y su mamá que se gritan las letras a la cara en un acto de amor.
Capítulo dos. Maite. Sobre un escritorio, escribe una carta a un hombre sin rostro. Un padre que nunca estuvo en Recuerdo que nunca existió. Maite es el personaje más vulnerable y sentimental del disco, y así lo demuestran sus canciones.
Es la porción más catártica de la noche: un grupo de amigas se balancea tomadas de la cintura en Desafiando el destino, otra canta a los gritos mirando al cielo en Entre Nosotros, dos hombres gritan las letras de Corazón vacío y una pareja se besa entre sonrisas con Agora.
La propuesta coreográfica, dirigida por la coreógrafa y bailarina Rocío Núñez y ejecutada por una docena de bailarines, se convierte prácticamente en un elemento más de una escenografía que logra transmitir los giros estéticos y climas de cada uno de los personajes.
Capítulo tres. Gladys. Las visuales trasladan al público en un barrio porteño. Comienza el momento de Gladys, la esencia del barrio, de la familia y de los afectos. La intención de volver a casa.
El escenario se transforma en piso de adoquines sobre el que se extiende una larga mesa con sillas de plástico. Y la gente empieza a llegar. Suben al escenario para ocupar un lugar, brindar y –claro– bailar. De pantalón gris con una fina línea asomando por los costados, remera blanca y un top desgarrado, Gladys convierte la arena un espacio de celebración y de alegría colectiva. Con la impronta argentina marcada en los pasos de murga y en la forma de bailar cumbia. El amor de mi vida, la canción que hizo junto a Los Ángeles Azules, será el comienzo de una celebración colectiva.
El Antel Arena de pronto se convierte en una fiesta familiar.
La artista se apoya en los momentos de interpretación para construir los universos de sus tantas personalidades. Gladys empieza una performance sobre un amorío con el quiosquero del barrio y recibe la llamada de Ariel Puchetta –fundador y líder de Ráfaga– da lugar a su versión de Mentirosa después de una divertida conversación que esconde una infidelidad.
Pero todo cambia después de una pelea doméstica. Una jaula enrejada con alambre de púas donde cuelgan tanto tangas como rosarios aparece en escena. Una celda carcelaria. Gladys está presa y todo es oscuridad. Solo el goteo de una cañería se escucha antes de la entrada de un bandoneón.
Todo se transforma entonces en una prisión y comenzó a sonar 7 vidas, la canción de María Becerra que fue parte de la banda sonora de En el barro. Gladys intenta coimear a un guardia con un billete de impresión nacional y luego se inicia una pelea de baile entre presos y guardiacárceles con una precisión sorprendente.
Capítulo cuatro. Jojo llega al escenario como la domadora de un escorpión gigante. Rodeada de fuego y vestida completamente en cuero negro, es la personificación de su lado más sensual e irreverente. Incluso inicia un desfile de invitados que personifican la diversidad sobre el escenario.
Se suceden algunas de las canciones más explícitas del repertorio: Sexo es la moda, Frutilla del pastel, Hace calor, Qué más pues.
“Esta próxima canción se la quiero dedicar a todas mis lesbianas, bisexuales, gays”, dice antes de cantar Inspiradora, mientras alguien agita una enorme bandera multicolor desde una tribuna.
Capítulo cinco. María. Al final del camino, llega la reconstrucción. La artista aparece en el escenario debajo de un velo blanco y el público puede ver, finalmente, a María. “Uruguay es una segunda casa para todos nosotros los argentinos, así que gracias por ese amor y esa calidez”, dice entonces la cantante vestida completamente de blanco. Es la primera vez en la noche que se dirige a su público después de canalizar a todos sus alter egos.
Sola en medio del escenario, en el centro de la arena con un micrófono de pie y su público canta Slow it down. Le sigue Pierdo la cabeza con el acompañamiento de sus bailarines y una nueva adición a su repertorio: Así, la canción que grabó junto a Abraham Mateo y marcó su regreso junto a Big One al estudio.
“Esta próxima canción es muy especial, al igual que todas, pero esta tiene algo particular. Se la escribí al amor de mi vida”, contó María antes de cantar Tatú en referencia a su pareja, J Rei.
Pero esa noche, decidió dedicarla a quienes cantaron todas sus canciones. “No es fácil venir a un show. Sé que muchos han hecho muchos esfuerzos para estar acá. Les quiero dedicar esta canción a ustedes, porque son el otro gran amor de mi vida. Yo me debo a ustedes y espero que haya valido la pena haber gastado su tiempo que es tan valioso en estar acá. Los amo, esta canción es para ustedes”.
Para entonces solo quedaba la despedida. Una última canción que expresa la vulnerabilidad desde la que creó este disco. Mi amor. Una carta de amor íntima y vulnerable con la que se despidió de Uruguay.
“Fue un placer pasar esta noche con ustedes”.
Se desarmó, se fraccionó y volvió a su versión más auténtica en dos horas. Todo frente a su público.