Andrea Colombo explica lo que significa perder a una hija con una frase breve: “No te parte, te quiebra”. Después habla de volver a caminar, de encontrar herramientas para seguir y de ayudar a alguien más. Entre una cosa y la otra está Renacer: un grupo de padres y madres que han perdido hijos y se reúnen para acompañarse en una experiencia para la que nadie está preparado.

Su hija era Martina Sol Colombo Berti. Tenía 23 años y acababa de alcanzar algo que había buscado con esfuerzo: trabajar en el mantenimiento de aerogeneradores. Estudiaba Ingeniería en Energías Renovables en la UTEC de Durazno y, en diciembre de 2021, había ingresado a una empresa del sector. El 7 de enero de 2022 murió al volcar la camioneta que conducía durante su jornada laboral en el Parque Eólico Palomas, en Salto.

En una nota publicada por El Observador en febrero de aquel año, sus familiares, amigos, docentes y compañeros reconstruyeron la historia de una joven perseverante, solidaria y decidida. Martina había sido la primera mujer en Uruguay en vincularse laboralmente al mantenimiento de palas de aerogeneradores.

El deseo había tomado forma durante una visita de su clase al parque Palomas, en 2018. Allí vio a un equipo de mantenimiento integrado por cuatro hombres y una mujer y dijo que quería dedicarse a eso. Años después, cuando consiguió el trabajo, recorría Montevideo con su novio, Santiago Machado, buscando championes y guantes de su talle. El pantalón que compró le quedaba enorme: estaba diseñado para hombres.

“Cuando entró a trabajar estaba re contenta, me contaba lo que hacía y me mandaba fotos de lo que estaba haciendo. Le encantaba”, recordó Santiago en aquella nota.

A los 19 años, Martina se había ido a vivir a Durazno para estudiar. Los problemas económicos la llevaron a pasar por tres viviendas distintas. Mientras cursaba la carrera, también atravesó la enfermedad de su padre, que murió en mayo de 2021. Siguió estudiando y buscando una oportunidad en el área que había elegido.

Andrea hablaba entonces del esfuerzo de su hija y de cuánto había aprendido junto a ella: “Me deconstruí con ella, crecí con ella; posiblemente le aporté yo a ella, pero ella más a mí”.

En los recuerdos de su hermano Lucas también estaban las cosas pequeñas: ir juntos a ver a Peñarol, recibirla cuando volvía a la casa familiar del Prado, buscarla en plaza Cuba y esperarla con pizza. Martina compartía actividades con él por el gusto de estar juntos.

Unos meses después de su muerte, Andrea buscó aquel grupo del que había oído hablar antes de necesitarlo. Sabía que existía un espacio donde se encontraban padres que habían atravesado una pérdida como la suya. Comenzó a participar y siguió volviendo.

Allí encontró personas que podían reconocer su dolor desde la propia experiencia. También encontró algo que hoy quiere hacer llegar a otros: la posibilidad de seguir viviendo con esa ausencia. “Lo único que intentamos es reconciliarnos con la vida”, dice en diálogo con El Observador.

Este sábado 3 de octubre, a las 11:00, integrantes de Renacer realizarán una suelta de globos en el memorial del Prado dedicado a sus hijos. Cada globo llevará un mensaje. El encuentro será una forma de recordarlos y, también, de mostrar que existe un lugar al que pueden acercarse quienes atraviesan ese duelo. Porque, como señala Andrea, muchas veces se conoce la existencia del grupo recién cuando la pérdida toca la propia vida.

Una historia que empezó con otros padres y otra pérdida

Renacer nació el 5 de diciembre de 1988 en Río Cuarto, en la provincia argentina de Córdoba. Sus fundadores, Alicia Schneider y Gustavo Berti, habían perdido a su hijo Nicolás. Desde esa experiencia impulsaron un espacio de ayuda mutua para otros padres que enfrentaban la muerte de sus hijos.

La propuesta tiene entre sus bases la logoterapia de Viktor Frankl, centrada en la búsqueda de sentido. En las reuniones, esa orientación encuentra una expresión concreta: compartir experiencias y acompañarse para construir una forma de seguir viviendo después de la pérdida.

En Uruguay, el primer Grupo Renacer Montevideo se creó en 1994. Con los años, la iniciativa se extendió hacia el interior: llegó a Maldonado a mediados de los años 90 y a San José en junio de 2002.

La red también tiene presencia en localidades como Canelones, San Carlos, Minas, Nueva Helvecia, Pando, Carmelo y Rocha, con encuentros presenciales y virtuales.

Detrás de esa expansión hay una necesidad que se repite: encontrar a alguien que conozca ese dolor y pueda ofrecer compañía en el camino.

Encontrar en otro una forma de seguir

Para explicar qué ocurre en las reuniones, Andrea empieza por las condiciones en las que llega un padre después de la muerte de un hijo. Habla de devastación, de una vida quebrada y de la necesidad de que ese dolor encuentre un espacio donde pueda ser expresado y reconocido.

En un primer encuentro hay lugar para contar qué pasó, para hablar de ese hijo y de lo que su ausencia dejó. Después, con las reuniones y con el tiempo de cada persona, empieza el intercambio: alguien comparte una herramienta que le permitió seguir y otro puede encontrar en esa experiencia algo que lo ayude. Los padres hacen entre sí de “muro de contención”, explica Andrea.

Escuchar a quien atravesó una pérdida y pudo volver a encontrar un camino ofrece una referencia a quien acaba de llegar. La experiencia compartida es la base del grupo: cada uno puede recibir algo de los demás y, a su vez, aportar desde su propio recorrido.

Los tiempos son personales, así como las herramientas que cada uno encuentra y las decisiones que toma para transitar el duelo.

Para Andrea, acercarse por primera vez requiere valentía. Continuar tiene otro significado: “Seguir es un acto de amor hacia uno mismo”. Es reconocer, aún en medio del dolor, que existe una posibilidad de caminar y de encontrar una forma de vivir después de la pérdida.

Ayudar cuando parece que no queda nada para dar

En las reuniones, los padres hablan de sus hijos. Los traen a través de sus recuerdos y de lo que significan en sus vidas. Andrea describe esos encuentros como un espacio donde también aparece una disposición a acompañar a quien está al lado. Ese gesto ocupa un lugar central en su manera de entender Renacer.

“Renacer plantea un cambio cultural, porque plantea dar en el momento donde uno está más roto, cuando uno piensa que no tiene nada para dar”, sostiene.

Quien llega buscando apoyo puede, con el tiempo, convertirse en apoyo para alguien más. Una experiencia, unas palabras o una forma de afrontar lo cotidiano pueden servirle a otro padre que todavía está buscando cómo sostenerse.

Renacer es un grupo de ayuda mutua. Según explica Andrea, no tiene jefes ni maestros que conduzcan el proceso. Si participa un profesional, por ejemplo, lo hace desde su condición de padre o madre en duelo.

El espacio es gratuito, se autofinancia y está abierto a personas de distintas creencias, orientaciones sexuales o niveles económicos. Cada integrante conserva sus decisiones sobre los apoyos y tratamientos que necesita.

Andrea es cuidadosa al hablar: distingue su experiencia personal de la del conjunto. Cada persona hace su propio camino, lo que comparten es la pérdida de un hijo y la voluntad de acompañarse.

Un lugar para recordar y hacerse visibles

El memorial del Prado les dio un espacio físico donde recordar a sus hijos. Allí se realiza la suelta de globos, una actividad distinta de las reuniones habituales, en la que cada familia puede dedicar un mensaje. "El globo sube a pesar de cualquier inclemencias del tiempo, eso es un papá siguiendo en esta existencia", graficó Andrea.

La convocatoria también busca que otras personas sepan que el grupo existe. Que alguien que acaba de perder a un hijo, o que lleva tiempo intentando convivir con esa ausencia, conozca esta posibilidad de acompañamiento.

Andrea quiere que eso quede claro: en Uruguay hay un grupo humano que se reúne para ofrecer al otro herramientas con las que afrontar lo que define como la peor experiencia de la vida.

Video suelta de globos - Grupo Renacer

Ella llegó unos meses después de la muerte de su hija. Hoy, además de seguir su propio camino, quiere que esa ayuda alcance a otros padres. “Un dolor compartido es menor”, una frase con la que explica sin rodeos el sentido de las reuniones.

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