Tolerancia o flexibilidad es lo que se hubiera necesitado para que hoy pudiéramos afirmar que España ha vuelto al bipartidismo, un camino que parecería más cerca que lejos dado el actual escenario y los sondeos profesionales.
Favoritos de todas las encuestas, menos una
La derecha del Partido Popular y de VOX, remedando al ex presidente argentino, Eduardo Duhalde, parece que están condenadas al éxito de entenderse.
Alberto Núñez Feijóo (PP) es el favorito en las encuestas, a excepción de las dos últimas que ha publicado el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), un ente estatal, salvando las distancias, similar al INDEC cuando éste operaba en Argentina bajo el guante de boxeo del peronista Guillermo Moreno.
En la recta final de esta campaña el CIS se ha descolgado, en contra de la totalidad de los estudios demoscópicos, con una victoria del presidente socialista Pedro Sánchez.
Únicamente el escrutinio de las urnas podría confirmar un pronóstico equivalente al arte de hacer magia.
El Partido Popular es el favorito con diferencia, pero para poder formar gobierno sin necesidad del respaldo de otros, -si no se estrellan las encuestadoras, algo muy improbable-, necesitaría más que magia, un milagro.
Si partimos del agnosticismo como dogma de fe en este proceso electoral hay que pensar que Núñez Feijóo y Santiago Abascal, el líder de VOX que se resiente cuando califican a su partido de ultraderecha, tendrán que alcanzar un pacto para lograr la mayoría necesaria: 175 escaños.
El primero ha adoptado un perfil y un programa centrista hasta el punto de que no descarta negociar con otras formaciones diferentes, incluido el PSOE de Sánchez, cuyo futuro si se da el batacazo (estrellarse de bruces en España) será efímero.
Esta declaración irritó sobremanera a Abascal, el autor de la expresión, “derechita cobarde”, acuñada en tiempos de Mariano Rajoy y de Pablo Casado que tanto daño le hizo al PP.
Desde esa centralidad de la derecha Núñez Feijóo ha sacado pecho para defender la unidad de España y anticipado la “derogación del sanchismo”. Esto es, liquidar de un plumazo las leyes más polémicas de esta administración de Pedro Sánchez.
Dicho de otra forma, sacudirse las leyes radicales de política de género (eliminaría el Ministerio de Igualdad), exigir informes médicos y amparo parental para los casos de disforia (transexualidad) en menores o borrar con la mano derecha lo escrito con la izquierda por los nacionalistas en los libros de texto y de divulgación educativa.
Además, sacar de la marginalidad al idioma castellano en aquellas comunidades autónomas donde, prácticamente, está proscrito.
Dicho esto, en términos de lenguas en los colegios el escenario allá es similar al de la Galicia que gobernó 13 años Feijóo (1009-2022) aunque el idioma vehicular, el castellano, no está mal visto en la mayor parte de esta población.
Si pensamos en la diferencia que tiene el PP con VOX en estos asuntos, lo cierto es que son residuales.
El abismo se abre más en las formas o el discurso, que en la cuestión de fondo.
Conviene recordar que el partido de Abascal no deja de ser una escisión del propio PP, que saltó como un resorte ante el proceso separatista de Cataluña y las concesiones que los sucesivos gobiernos hacían con esos grupos que insisten en convocar un referéndum, exclusivamente para los residentes en esa región, que les permita recortar el mapa de España y alzarse como una república independiente.
Si metemos el bisturí en problemas como el aborto, la cuestión migratoria y el sistema constitucional, el panorama que nos encontramos es diferente.
El PP de hoy no es un bloque compacto en asuntos sociales y la posición oficial da muestras de mayor relajación.
El relato del PP, en cuanto al aborto, suele apuntar a poner por delante la atención previa, respaldo familiar, información sanitaria e incentivos económicos para las madres.
El asunto, delicado, procura abordarlo Feijóo sobre estos aspectos o términos antes que entrar en detalles que le obliguen a manifestarse con determinación sobre si la interrupción del embarazo voluntaria es un derecho de la mujer.
No sucede lo mismo con VOX que pisa con fuerza ese territorio de rechazo al aborto en términos absolutos, también a la expresión violencia machista, -aunque condena la “violencia intrafamiliar”- y niega el aborto como un derecho.
El apoyo a manifestaciones frente a clínicas donde se practica, el profuso cuelgue de carteles o expresiones como “abortorios” o “asesinas de niños”, se pueden encontrar en sus filas sin complejos.
También en la razón de ser de las Comunidades Autónomas el partido de Abascal sueña con la disolución de las mismas, que asume inviable y una vuelta al centralismo, con matices. Una opción que al PP no se le pasa por la cabeza, pero sí recuperar competencias en lo que están de acuerdo.
¿Son insuperables entonces esas diferencias mencionadas entre las dos derechas? La respuesta es: Sí.
Las dos fuerzas se echan de forma permanente un pulso y es evidente que quieren vuelo propio.
Visto de otro modo, VOX, que previsiblemente va a sufrir un bajón importante el domingo en las urnas, sabe que unirse al PP supondría inevitablemente pasar por la puerta de la desaparición mientras que ahora puede convertirse, como lo es, en su aliado natural, aunque Feijóo quiera pensar que el milagro pueda suceder e incluso que podría elegir otro socio, algo que le resultaría muy complicado.
El Maquiavelo de una izquierda en dispersión
En la banda izquierda el proceso de amor odio tiene similitudes y diferencias.
Pedro Sánchez se desespera y pide auxilio al histórico ex presidente socialista, Felipe González, que se niega a poner la cara por él.
Es el único ex presidente de la democracia que no se ha comprometido con el candidato de su partido. Hasta le han presionado con una carta sus correligionarios para firmar y nada, no firma a favor de Pedro Sánchez.
El experimento de Gobierno del PSOE con Podemos naufragó y su alianza con los nacionalistas de izquierda (y de derecha como el vasco PNV) más EH Bildu, refugio de los terroristas de ETA condenados, orgullosos y arrepentidos (a contar con los dedos de una mano) le ha pasado una factura alta.
El todavía presidente del gobierno, aprendiz de Maquiavelo, apostó por la división en Podemos y lo consiguió, pero podría resultar peor el remedio que la enfermedad.
La pareja Pablo Iglesias/Irene Montero ha perdido y su propia gente le ha dado un portazo.
Su nombre ni siquiera está en las boletas de votación. Montero, aún ministra de Igualdad, se ha quedado fuera de las listas de la formación nueva que ahora pretende aglutinar a la izquierda Sumar, la alianza que ha formado y encabeza otra ministra, Yolanda Díaz, a la que Iglesias entregó, a dedo, el testigo del poder en Unidas Podemos, como decidieron renombrarse los podemitas en un alarde de feminismo ridículo.
Con la herida abierta, los Iglesias, Montero, Echenique (Pablo), (portavoz en el congreso, un argentino que vino de niño), se han quedado o se quedarán todos en la calle.
El derecho al pataleo lo han ejercido con la minoría que aún les defiende, pero ha sido en vano.
Los partidos satélites de las provincias se han subido al caballo de Yolanda Díaz convencidos de que llegaría a meta en el tercer puesto, aunque sea por una cabeza.
Lo mismo pensó Sánchez que no se cansa de repetir en sus intervenciones públicas y en el debate a tres bandas que hizo con ella el miércoles y con Abascal, que esta mujer que dice dormir un par de horas y se declara enamorada de planchar (sic), es su socia y aliada.
Entre los de ultraizquierda de Podemos y Sumar, (Yolanda no reniega de sus creencias en el comunismo) también la brecha se vislumbra en los modos y quizás, en alguna cuestión menor.
En meterle caña (castigar) a los empresarios con amenazas de formidables subidas de impuestos están de acuerdo. Como lo están también en su convencimiento de que una mujer transexual es una mujer y punto, lo que irrita a las feministas tradicionales y al PSOE no sanchista.
En el mencionado debate, Santiago Abascal planteó una cuestión sencilla a Díaz y a Sánchez: ¿Me pueden decir qué es una mujer para ustedes? No hubo respuesta y él... tampoco supo ofrecer una.
Que los menores pueden pasar por quirófano para cambiar de sexo o abortar sin consentimiento parental o que los hijos, "no son de los padres", como dijo Isabel Celáa, la ex ministra de Educación, ex portavoz y actual embajadora en el Vaticano del Papa Francisco, también son asuntillos en los que, más o menos, coinciden.
Llegado este punto los españoles asumen que estas elecciones son las más caras de la democracia (101 millones de euros), que unos 400.00 que pidieron el voto por correo aún no lo han conseguido y que hay que votar lo que hay y procurar hacerlo, en libertad y sin ira, como en la canción de Jarcha.