Cuando la espectacularidad de los eventos geopolíticos disminuye, no quiere decir que los conflictos se hayan atemperado, mucho menos solucionado. La única certeza que tenemos en estos tiempos es que los problemas siguen ahí y solo se están expresando de otras maneras.

Subyace la puja entre Estados Unidos y China por la hegemonía global, que no se resolverá en las próximas décadas.

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En ese tablero, Teherán sobrevivió a la guerra gracias al respaldo de Rusia, indirectamente de Corea del Norte y, sobre todo, al sostén económico de China.

Frente a una coyuntura cada vez más compleja, Estados Unidos se propuso un cambio bastante importante: bajar la intensidad de la guerra y centrar su estrategia en ahogar la ya golpeada economía iraní. Esto no significa que Washington haya abandonado la vía militar. De ningún modo.

Pero la nueva estrategia parece apuntar a contener el frente militar, al menos hasta las elecciones de noviembre, aunque sin renunciar a los ataques si lo considera necesario: en las últimas horas, Estados Unidos atacó tres petroleros iraníes.

Esta estrategia estadounidense -bautizada "Operación Marginado Económico"- está agravando los problemas del débil gobierno iraní y obteniendo algunos frutos que los norteamericanos creen que, con el tiempo –pero no mucho-, serán aún más favorables a sus intereses.

El deterioro interno de Irán es inocultable.

Las exportaciones de petróleo por vía marítima cayeron a niveles mínimos y el comercio exterior se redujo significativamente. La consecuente pérdida de divisas agudizó todavía más los crónicos problemas financieros del Estado.

La falta de ingresos externos agravó la espiral inflacionaria. Con el precio de los alimentos aumentando en torno al 130%, la moneda nacional (rial iraní) tocó pisos históricos, mientras la caída del consumo y la pérdida de empleos profundizaron todavía más el deterioro social.

Esta asfixia alcanzó también al abastecimiento interno de energía. Con una capacidad de refinación insuficiente y crecientes dificultades para acceder a insumos y tecnología, la producción local iraní resulta insuficiente para sostener las necesidades del consumo cotidiano.

El bloqueo naval estadounidense frustró la llegada de combustible importado y agravó un déficit que ya rondaba los 15 millones de litros diarios, obligando al régimen a recurrir a sus reservas estratégicas. La consecuencia fue inmediata: largas filas de iraníes para cargar combustible.

En ciudades como Teherán y Karaj, las esperas en las estaciones de servicio se extienden durante la madrugada, con automovilistas esperando en sus coches para conseguir apenas unos pocos litros antes de que se acabe la provisión, en medio de una creciente incertidumbre.

Incluso hay denuncias de que el combustible está siendo rebajado con otras sustancias para estirar el stock disponible ante la escasez. Se multiplican los reportes de averías en motores y de adulteración con agua o porcentajes excesivos de alcoholes como el metanol.

La industria local intenta justificar esta práctica presentándola como un ensayo técnico habitual. Sin embargo, en una sociedad desgastada por la crisis, esto se percibe como otro engaño deliberado de las autoridades ante una escasez cada vez más evidente.

Es que el gobierno iraní ya venía reduciendo los cupos de combustible subsidiado: entre marzo y julio, la asignación mensual por vehículo cayó casi un tercio. Además, las autoridades admiten que habrá nuevos recortes y una suba de precios, aunque todavía evitan precisar cuándo y cómo.

El temor no es difícil de entender. En noviembre de 2019, una suba abrupta del precio de la gasolina desató protestas en todo el país. Con una situación social hoy mucho más deteriorada, el gobierno de Irán sabe que tocar nuevamente los combustibles puede encender otra revuelta.

Pero las nuevas sanciones estadounidenses van más allá del gobierno iraní y apuntan también contra las empresas que le compren petróleo o le presten servicios financieros, económicos o tecnológicos que le permitan eludir o atemperar sus efectos.

Y por China cómo andamos

El Tesoro de Estados Unidos también apuntó a plataformas de criptomonedas y empresas pantalla vinculadas al régimen iraní que lavaban miles de millones de dólares. Con ramificaciones en Hong Kong y China, esas redes financian a la Guardia Revolucionaria y sus grupos aliados.

También aumentó el cerco sobre bancos extranjeros que procesaban operaciones multimillonarias para el régimen iraní. Es la lógica de las sanciones secundarias: castigar a quienes hagan negocios con Irán, amenazándolos con restringir su acceso al sistema financiero estadounidense.

Y esto ya es otro cantar porque afecta al país que compra cerca del 90% del petróleo que Irán exporta: China.

Scott Bessent, titular del Tesoro norteamericano, anunció estas sanciones, pero dejó abierta la negociación. Estados Unidos no busca ahora un choque frontal con Beijing.

El modus operandi diplomático de Washington es amenazar y elevar la presión para luego negociar con ventaja. El horizonte es inmediato: el 24 de septiembre está prevista en la Casa Blanca la segunda cumbre de este año entre Donald Trump y Xi Jinping.

Como es habitual antes de estos encuentros, las partes redoblan las demostraciones de fuerza para llegar a la mesa con cartas fuertes. Ceder con las sanciones antes de sentarse sería entregar una palanca de presión económica sin recibir nada a cambio.

Para China la cumbre será un ejercicio de contención de daños. Buscará frenar las sanciones secundarias sin confrontar abiertamente: su prioridad no es rescatar a Teherán, sino sostener el flujo de petróleo barato y evitar que el conflicto golpee su frente comercial con Washington.

Trump siente que recuperó centralidad y ya se anima a diseñar la posguerra: un cerco regional para contener a Irán, cerrar las secuelas del 7 de octubre y extender los Acuerdos de Abraham hacia Arabia Saudita.

La apuesta marcará el resto de su mandato y su legado.

Sin embargo, sería un error dar la partida por terminada. A la presión económica aún le resta un tramo complejo por transitar y el frente militar sigue abierto, como demostraron los ataques intercambiados en estas últimas horas entre Estados Unidos e Irán.

Arrinconado, el régimen iraní —con la Guardia Revolucionaria cada vez más al mando— reactiva los ataques contra objetivos estadounidenses en Jordania, Kuwait, Bahréin e Irak, mientras intenta mantener la presión sobre el tráfico mercante en Ormuz. Lo cual no le resulta fácil.

El régimen persa conserva capacidad de daño asimétrico y apelará a elevar el costo de la energía global para forzar a Estados Unidos a negociar en mejores condiciones para Teherán, mientras China buscará aceitar nuevos atajos para evitar que su socio estratégico colapse.

Y todos esperando la llegada de noviembre y las elecciones de medio término estadounidenses.

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