El protagonista Trump, el incorregible Irán y la chance de la tregua armada
El cese al fuego por dos semanas baja la intensidad del conflicto, pero no despeja la posibilidad de una nueva escalada. Irán necesita tiempo para reordenarse y Washington busca capitalizar políticamente el golpe ya dado.
Presidente de EEUU, Donald Trump, en una tregua de dos semanas con Irán.
La sangre no llegó al río.
Finalmente, se ha abierto un cese al fuego bilateral por dos semanas, en el cual el régimen iraní aceptaría reabrir el estrecho de Ormuz y suspender todo tipo de ataques, mientras que Estados Unidos e Israel harían lo propio.
El cataclísmico ultimátum lanzado por Donald Trump entra en el congelador por un tiempo. Para los aparatos de propaganda y la inteligencia de ambos bandos quedará la tarea de vender quién ha sido el ganador del pulso bélico y quién ha cedido más de lo que estaba dispuesto a admitir.
De todas formas, parece evidente que Irán necesitaba más la tregua que los Estados Unidos. El régimen teocrático necesitaba con urgencia una dosis de oxígeno y hacer una pausa para recomponerse de la paliza militar que ha venido sufriendo.
Esta tregua no busca solo evitar un nuevo ataque norteamericano de una escala superior a todo lo que había visto Teherán hasta ahora, sino reconstruir, de algún modo, un sistema de mandos que ha quedado severamente dañado tras la eliminación de casi toda la cúpula dirigencial.
Las quinielas de los medios y los especialistas auguraban que Estados Unidos no iniciaría una invasión a gran escala ni un intento de ocupar la capital. En un país enorme y repleto de grupos armados, los objetivos serían mucho más quirúrgicos y, en su mayoría, alcanzables desde el aire.
Por eso, los analistas se inclinaban por la posibilidad de una destrucción o toma de la isla de Kharg. No se trata de un enclave menor, ya que concentra una parte decisiva de la capacidad de almacenamiento, carga y salida del crudo iraní.
Perder esa infraestructura energética representaba un riesgo que el régimen no podía correr ni en sus peores pesadillas, ni siquiera en los sueños más envalentonados de los sectores radicalizados de la Guardia Revolucionaria que hoy conducen el país.
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class="figure"> class="figcaption">Mojtaba Jameneí, el heredero del ayatolá y nuevo líder supremo de Irán que desafía a Trump e Israel.
Irán, el incorregible de siempre
Irán es un Estado que, bajo la férrea dirección de élites extremistas, no se ha regido por el derecho internacional, aunque reclame cínicamente sus beneficios. No es un país dedicado a explotar sus potencialidades ni a mejorar la calidad de vida de su población: su ADN es la guerra religiosa.
Así, no ha dudado en involucrarse en la vida interna de otros países, bombardear ciudades sin distinguir entre población civil y objetivos militares, ni ejecutar a ciudadanos indefensos que se manifiestan contra el gobierno.
Esta conducta no es nueva: desde la toma de la embajada de EEUU —tal como mostró la película Argo— el régimen se volvió experto en la producción y exportación de violencia religiosa a través de sus servicios de inteligencia y de grupos proxy como Hezbolá, los hutíes y Hamás.
Incluso, en estos últimos días, con el ultimátum de Trump ya en cuenta regresiva, el régimen no vaciló en recurrir a escudos humanos en torno de posibles objetivos estratégicos para intentar contener la ofensiva prometida por el líder estadounidense.
Por eso, cabe preguntarse: ¿cumplirá Irán con estas dos semanas de abstinencia? ¿Liberará realmente el paso por Ormuz y dejará de hostigar a Israel? ¿Podrá el régimen controlar a sus propias facciones internas para que actúen de manera unitaria?
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“El nuevo presidente del régimen iraní, mucho menos radicalizado y mucho más inteligente que sus predecesores, ¡acaba de pedir un alto el fuego a los Estados Unidos de América!”, afirmó Trump.
Trump y el stand up del poder
Mientras Trump anunciaba el cese al fuego, algunos medios indicaban que Irán había renovado sus ataques, mientras otros acusaban a Israel de hacer lo propio. Estas dos semanas no serán tranquilas: se espera un reiterado intercambio de acusaciones por la violación de la tregua.
También habrá que profundizar en el papel de Pakistán, otro actor nuclear y protagonista del acuerdo. La mesa de los adultos va completando sus sillas. Como potencia regional que comparte una frontera caliente con Irán, aparece como el garante de que Teherán cumplirá su parte.
A su vez, fue Pakistán —un país islámico— quien transmitió a Irán que las amenazas de la Casa Blanca de arrasar sus recursos energéticos eran más que creíbles. Todo esto bajo la atenta y preocupada mirada de la India, su eterno archirrival, incómoda ante este renovado protagonismo.
Habrá que seguir de cerca qué espesor real tienen esos “10 puntos” exhibidos como base del entendimiento entre las partes: cuánto de ese decálogo es verdadero y cuánto no pasa de ser propaganda iraní o promesas estadounidenses destinadas a no cumplirse.
La pregunta de fondo sigue intacta: ¿este acuerdo marcará el final de la guerra o será apenas un intervalo antes de una nueva escalada?
Irán sabe que esta es su última esperanza para evitar ser devuelto a una “Edad Media energética”.
Para los funcionarios iraníes serán dos semanas en las que podrán reunirse y trabajar a plena luz del día sin calcular que un misil interrumpirá trágicamente sus jornadas.
Escenificar la derrota iraní
Para Estados Unidos, en cambio, la situación era más sencilla, al menos en términos operativos: en los ataques previos ya había destruido gran parte de la capacidad militar convencional de Irán. Consumado ese objetivo con tanta rapidez, Washington necesitaba “escenificar” de algún otro modo la derrota iraní.
Esa imagen podía llegar con una negociación, una rendición o un quiebre interno del poder.
Hasta el momento del ultimátum, Trump no había conseguido ninguna de esas opciones. Además, los esporádicos ataques iraníes eran aprovechados para proyectar relatos épicos sobre su resiliencia.
Fiel a su estilo de titiritero global, Trump sigue en el centro de la escena.
Día tras día, es el protagonista indiscutido de la política mundial. Al imponer el ultimátum en horario de máxima audiencia, generó una expectativa generalizada que lo posiciona como el gran decisor.
Estas dos semanas de tregua —si se cumplen— le permitirán al norteamericano atender un frente interno convulsionado, tras haber purgado a militares y miembros de la inteligencia que cuestionaron su estrategia contra Irán.
Mientras tanto, el mundo aguarda su próximo movimiento.
No sabemos cómo, dónde ni cuándo, pero sí sabemos que Trump no dejará de ser el actor principal de esta novela geopolítica. Es muy probable que esta dinámica continúe hasta las elecciones de medio término.
Sin posibilidad de reelección y cerca de los 80 años, con un liderazgo interno cuestionado y encuestas desfavorables, no tiene otra alternativa que el protagonismo absoluto y permanente.