En el corazón del Vaticano, un hombre cumple una labor extraordinaria que pocos conocen pero que resulta esencial para el funcionamiento de la Santa Sede: abrir las puertas del Vaticano cada mañana y cerrarlas al anochecer.
Este cuidador se encarga de gestionar 2.797 llaves, en un recorrido que lo lleva a caminar más de 7 kilómetros diarios, comenzando su jornada a las 3:00 de la madrugada.
El elegido, Gianni Crea
Cuenta la historia que Gianni Crea, nacido en Roma, pasó un día mientras estudiaba derecho por los Museos Vaticanos, y fue tal el asombro que se llevó que decidió tomar una decisión que le cambiaría su vida: abandonó la carrera y se decidió a trabajar en el Vaticano. En 1999 se convirtió en el “guardián de la Santa Sede”.
Una responsabilidad única en el Vaticano
El trabajo, que requiere precisión y disciplina, implica abrir puertas de valor histórico y cultural incalculable, como las de la Capilla Sixtina, los Museos Vaticanos, y las oficinas administrativas del Estado Vaticano. Cada llave tiene un número específico que corresponde a una puerta, lo que convierte esta tarea en un desafío logístico y de memoria.
El guardián, conocido como "el maestro de llaves", no solo cumple un rol operativo, sino también simbólico, ya que cada puerta que abre da acceso a siglos de historia y espiritualidad.
Un recorrido meticuloso
El día comienza en la oscuridad, cuando el silencio envuelve al Vaticano. El guardián camina por pasillos, sube escaleras y recorre patios llevando consigo un enorme manojo de llaves, algunas de ellas de gran tamaño y con diseños antiguos.
Al anochecer, repite el proceso en sentido inverso: asegurarse de que todo quede cerrado y protegido. Según estimaciones, su recorrido diario equivale a caminar más de 7 kilómetros, cubriendo no solo edificios administrativos y religiosos, sino también zonas de acceso restringido para preservar la seguridad del lugar.
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La historia detrás de cada llave
Algunas de estas llaves tienen siglos de antigüedad y han sido utilizadas por generaciones de guardianes. Cada una cuenta una historia, siendo testigo del paso de papas, cardenales y eventos históricos trascendentales en la Iglesia Católica.
El trabajo no está exento de desafíos, ya que cada jornada es una carrera contra el tiempo para garantizar que todo esté listo antes de que lleguen los empleados y visitantes, además de tener en cuenta las estrictas medidas de seguridad que rigen el Vaticano.
Este rol, además de ser un trabajo técnico, requiere un profundo compromiso con la preservación del patrimonio cultural y religioso del Vaticano. En sus manos está la llave, literalmente, del corazón de la Iglesia Católica y de su vasta historia.