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Hijo de madre española y nacido en Santiago de Compostela, Rodrigo Paz Pereira ha sido elegido nuevo presidente de Bolivia con cerca del 54 % de los votos, poniendo fin a casi veinte años de hegemonía del bolivariano Movimiento al Socialismo (MAS), el partido que lideraron primero Evo Morales y luego Luis Arce.

La derrota del MAS marca un cambio profundo para el país andino con impacto para el mundo iberoamericano, que ven cerrarse uno de los capítulos más duraderos y destructivos de la llamada “Marea Rosa” latinoamericana.

Este grupo estuvo formado por gobiernos de izquierda que llegaron al poder en gran parte de América Latina como reacción al auge neoliberal, bajo el liderazgo inicial de Hugo Chávez.

Su avance contó con la influencia del comunismo cubano y el impulso de un ciclo excepcional de altos precios del petróleo y de otras materias primas.

En el caso de Evo Morales, su discurso de reparación histórica hacia los pueblos indígenas generó amplias simpatías en América Latina y, especialmente, en España, donde su figura fue percibida como un símbolo de justicia social y reivindicación cultural.

Veinte años después, la derrota del MAS marca el ocaso de aquel ciclo político.

Con pocas excepciones, esta izquierda dejó un saldo de autoritarismo, corrupción, deterioro y pobreza, además de inéditos vínculos con el narcotráfico y el crimen organizado.

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Bolivia en el callejón del chavismo

Los números que deja el tándem Morales-Arce en Bolivia son implacables: el país enfrenta una tasa negativa de crecimiento (-2,4 %), que según el Banco Mundial se mantendría en el corto plazo.

La inflación está disparada como no ocurría en décadas y el déficit fiscal parece difícil de reducir, por la falta de inversión y las dificultades para explotar los recursos mineros. A ello se suma una amplia proporción de la población dependiente de la asistencia estatal.

La escasez de dólares impide pagar importaciones como medicamentos, energía o insumos industriales.

Además, falta combustible y las reservas están en mínimos, malgastadas para sostener la gestión de Arce. El recurso al FMI parece un destino inevitable para Bolivia.

A esta crisis económica se suma un profundo deterioro institucional y político. El MAS, que en 2006 encarnó el proyecto de reivindicación indígena y justicia socia terminó convertido en un aparato autoritario, fragmentado y corrupto.

En su parábola política, Morales pasó de proclamarse adalid de la democracia directa a desconocer la Constitución, forzar un referéndum para perpetuarse en el poder, perderlo y, aun así, insistir en reelegir.

Ese intento ilegal fue lo que finalmente provocó su caída.

La crisis política derivó en la prisión de opositores como Jeanine Áñez y Luis Fernando Camacho, quienes recuperaron su libertad en estos días. Además, Morales está acusado de trata de personas, lo cual puede derivar en su pronto encarcelamiento.

En los últimos años, la crisis económica se profundizó por el conflicto entre Arce y Morales, que derivó en más violencia y bloqueos de carreteras. Esta disputa terminó por fracturar definitivamente al MAS, que en las últimas elecciones cayó hasta el sexto lugar.

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José Luis Rodríguez Zapatero y Nicolás Maduro

Bolivia en el mundo

En el plano internacional, la caída del MAS tiene repercusiones significativas: Bolivia se alineará con los gobiernos antichavistas y, junto a Argentina, Paraguay, Guyana y Ecuador, buscará vínculos más estrechos con Estados Unidos. Música para los oídos de Donald Trump.

Este alineamiento resulta relevante porque, durante los últimos veinte años, Bolivia mantuvo una política exterior de abierta colaboración con regímenes como los de Irán y Rusia, además de tolerar la expansión de redes vinculadas al narcotráfico en su territorio.

Si hacia fin de año la izquierda radical fuera derrotada también en las elecciones presidenciales de Chile, el mapa político latinoamericano mostraría —algo impensado a comienzos del año— un equilibrio entre gobiernos progresistas, liberales y conservadores.

En España, el giro político boliviano tampoco pasa inadvertido. Los vínculos entre el chavismo andino y España fueron complejos, especialmente durante los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.

Desde la nacionalización de los hidrocarburos en 2006 —que incluyó la detención de directivos de la española Repsol— hasta las expropiaciones de Red Eléctrica en 2012 y de Abertis y Aena en 2013, las relaciones estuvieron marcadas por tensiones y desconfianza.

Fue Rodríguez Zapatero quien, ya durante el gobierno de Pedro Sánchez, actuó como mediador informal y tejió una red de relaciones políticas y económicas con varios gobiernos de izquierda de la región, incluido el boliviano.

Pedro Sánchez, por su parte, visitó Bolivia en 2018, fue condecorado por Morales y mantuvo conversaciones destinadas a reencauzar la relación bilateral.

Incluso surgieron acusaciones de financiación ilegal del MAS al partido Podemos, de Pablo Iglesias.

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Malas noticias para la izquierda autoritaria

Bolivia despierta del largo sueño del socialismo del siglo XXI.

El Nobel a María Corina Machado, la presión militar estadounidense sobre Venezuela y la presión política al nuevo chavismo encarnado por Gustavo Petro, no son buenas noticias para la izquierda autoritaria.

Pero el amanecer no promete calma: Rodrigo Paz Pereira llega como el hombre del cambio, aunque en América Latina los cambios racionales duran lo que las desmedidas expectativas populares le permiten.

El flamante presidente boliviano asume un desafío monumental: reconstruir una economía quebrada, recuperar la confianza institucional y reconciliar a un país partido. Pero no contará con muchas herramientas más allá de su inicial legitimidad electoral.

No tendrá mayoría legislativa y, en pocos meses, la oposición fragmentada que alguna vez llevó al MAS al poder probablemente volverá a unirse, esta vez para intentar erosionar a quien llega con la tarea de reparar el desaguisado.

Son los problemas de muchas sociedades latinoamericanas contemporáneas: esperar soluciones milagrosas sin asumir la responsabilidad por las malas decisiones del pasado.

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