La segunda mitad del año va a cambiar el panorama internacional.

Venimos de un período repleto de violencia, cumbres espectaculares e improductivas y polémicas dialécticas. Nos espera algo menos espectacular, pero cuyos resultados son, al mismo tiempo, más inciertos y determinantes.

Hablamos de la democracia y de las elecciones que se van a realizar en Brasil el próximo 4 de octubre; luego, en Israel el 27 de octubre; y, para cerrar el año con la frutilla del postre, las elecciones de medio término en Estados Unidos el 3 de noviembre.

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Pero primero está Brasil.

El quinto país más grande del mundo y que supera los 200 millones de habitantes. Allí pone en juego su liderazgo Lula da Silva, actual presidente, que busca su cuarto mandato presidencial no consecutivo a los 80 años y al frente del Partido de los Trabajadores.

Hace algunos años se hubiese pronosticado que Jair Bolsonaro sería su rival. Pero el expresidente se encuentra en prisión domiciliaria por su condena por el intento de golpe de Estado posterior a las elecciones de 2022. Además, su salud es muy precaria luego del atentado que sufrió en 2018.

Eduardo Bolsonaro era quien parecía destinado a continuar la saga familiar y el candidato cantado ante la inhabilitación de su padre. Sin embargo, también fue condenado en una causa derivada del proceso contra Jair y se autoexilió en Estados Unidos, de donde no puede regresar a su país.

La posta la tomó el mayor de los hijos, Flávio, a quien le ha costado consolidarse como referente de toda la derecha partidaria y convencer al votante anti-Lula. Además, ha sido cuestionado por múltiples desprolijidades en su vida personal y en sus asuntos económicos y financieros.

Las encuestas electorales, convertidas casi en oráculos de la política moderna, han mostrado variaciones. Sin embargo, al entrar en la etapa decisiva de la campaña, las últimas mediciones sitúan a Lula a la cabeza, con una ventaja de entre cinco y catorce puntos, según el sondeo.

Pero eso no parece ser una tendencia inamovible. La polarización es una característica de la elección y el repunte opositor en las últimas encuestas responde a votantes propios que inicialmente dudaron, pero frente a la cercanía de las urnas, volvieron a alinearse.

Las reglas electorales exigen superar la mitad de los votos válidos (50% más un voto) para consagrarse en primera vuelta. Pero esto no parece probable. Todo preanuncia que el ganador se resolverá en una segunda vuelta electoral que tendrá lugar el domingo 25 de octubre.

En esa última instancia las esperanzas de Bolsonaro podrían renovarse, ya que varios de los partidos que quedarán afuera de la carrera presidencial en la primera vuelta electoral tienen una orientación de derecha o más próxima a ella.

Posiblemente también por eso, Lula ha hecho una campaña muy basada en el nacionalismo, sobre todo a partir de los conflictos con Donald Trump y Javier Milei, mostrándose activo en un plano de estratega internacional al que Bolsonaro tiene dificultades para acceder.

En la oficialización de su candidatura, Lula dio un mensaje muy claro en ese sentido, afirmando: "Quiero estar preparado para que nadie invada este país", planteando un aumento de los recursos destinados a la defensa y poniendo en la agenda la apertura de una fábrica brasileña de drones.

Pero Lula tampoco es el de 2006.

Ya no es aquel candidato arrasador y carismático que llegaba para renovar la política y los discursos. Por el contrario, es un hombre de 80 años, desgastado, que está llevando adelante lo que seguramente sea su última campaña electoral.

Este Lula no tiene mucho futuro que ofrecer. Tampoco ha hecho una gestión especialmente brillante ni tiene para ofrecer resultados económicos que entusiasmen al electorado. Su oferta, además del nacionalismo, se sostiene en el mero rechazo a Bolsonaro.

De hecho, en su acto de lanzamiento, realizado hace menos de una semana, el discurso del candidato del Partido de los Trabajadores estuvo basado en buena medida en evocar aquel pasado mítico de sus dos primeras gestiones. No hay mucho más hacia adelante.

Otro factor decisivo será la justicia electoral.

En Brasil, el Tribunal Superior Electoral está estrechamente vinculado al Supremo Tribunal Federal (corte suprema) Tres de los siete miembros del tribunal electoral provienen de la corte y sus decisiones son, en general, inapelables.

A lo largo de la campaña, la oposición ha denunciado una creciente presión judicial contra sus candidatos, traducida en sanciones de tiempo publicitario en medios masivos, multas y restricciones directas sobre voceros del espacio conservador.

La figura del polémico juez Alexandre de Moraes eclipsa incluso a la política y, amparados en su poder, amplios sectores del arco judicial asumen su función no solo como árbitros procedimentales, sino como un dique institucional frente al avance del bolsonarismo.

Si bien en períodos anteriores este tipo de intervenciones judiciales pasaron con menor repercusión, la gravitación de Donald Trump ha colocado estas dinámicas bajo un escrutinio mucho más severo. Ahí está Keiko Fujimori rompiendo un cerco similar al brasileño.

El futuro político de Brasil también entrará en una etapa de incertidumbre más allá de quién gane, ya que no hay dirigentes con el peso y la espalda política de Lula y Jair Bolsonaro. Todo indica que Brasil se está acercando a una experiencia inédita, con una suerte de “parlamentarismo de facto”.

Repercusiones internacionales

El resultado terminará de definir el rumbo político que tomará América Latina, ya que la derecha ha avanzado hasta gobernar Argentina, Chile, Colombia, Perú, Paraguay y Ecuador.

En Sudamérica, solo quedan Brasil, Uruguay y Guyana con gobiernos progresistas o de izquierda.

Un triunfo de Flávio Bolsonaro en Brasil alinearía al continente de forma inéditamente homogénea y en sintonía con las políticas de Donald Trump. Además, conformaría un contrapeso significativo para México y podría ser el inicio de una reconfiguración de las problemáticas regionales.

Por el contrario, una victoria de Lula preservaría su liderazgo al frente de la izquierda regional. Aunque contaría con un número reducido de gobiernos afines en Sudamérica, la gravitación de Brasil le da margen para consolidarse como el interlocutor principal de China y Rusia en la región.

Lula vs Bolsonaro. Bolsonaro vs Lula.

No parece haber lugar para la moderación: la decisión final marcará el rumbo del gigante sudamericano y terminará de rediseñar las fronteras políticas del Cono Sur por los próximos años.

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