El espejismo de la paz
Hasta la firma del acuerdo, la guerra representó un problema mayúsculo para los liderazgos y países involucrados. Para las teocracias árabes, el cierre del Estrecho de Ormuz y los ataques iraníes complicaron en demasía un escenario que, inicialmente, no parecía tan adverso.
Para China, tampoco fue algo cómodo. Sufrió la interrupción del suministro petrolero, pero, sobre todo, quedó expuesta su inacción frente al ataque a Irán, un socio estratégico y miembro de los BRICS, lo que puso en duda públicamente el alcance de la amistad china.
Asimismo, este escenario desestabilizaba al Sudeste Asiático, cuyos motores económicos dependen críticamente de ese mismo flujo energético, convirtiendo el conflicto en un problema de alcance global, aunque no necesariamente perjudicial para Estados Unidos.
¿Qué decir de Europa?
Además de la guerra en Ucrania y las presiones de Trump para intervenir en Irán, el continente enfrentaba el aumento del combustible y un fuerte rechazo a la guerra de sectores exacerbados por temas étnicos o por movilizaciones previas a causa del conflicto en Gaza.
Por eso, durante todo el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán, gran parte del mundo presionó para alcanzar un acuerdo; algunos se ofrecieron como mediadores y otros, desplegando diplomacia pública o secreta, buscaron desesperadamente una salida que finalizara el conflicto.
El acuerdo en Versalles se vivió como un bálsamo. El precio del petróleo comenzó a bajar, el comercio dio señales de reactivación y se respiró un aire de distensión que, además, calmó momentáneamente a las minorías islámicas en Europa y a sectores mayoritarios en otras partes.
Sin embargo, ese alivio inicial duró poco. Apenas se asentó el polvo, a los líderes europeos y a otros mandatarios les empezó a caer la ficha de que esa “paz” podía no ser tan buena noticia como pensaban.
¿Y por casa cómo andamos?
Sin la amenaza de una guerra global y sin un Trump descontrolado a quien culpar, el espejo de la realidad nacional se ha vuelto mucho más crudo. El descontento social y la falta de herramientas para resolver las crisis han dejado a estos líderes más vulnerables y, sobre todo, sin excusas.
En Europa, el panorama es de una fragilidad sin precedentes. Por eso intentaron apaciguar a Trump en la última cumbre de la OTAN haciendo los deberes con respecto al aumento de los gastos en defensa.
Trump reconoció el esfuerzo públicamente y tuvo elogios hasta para el español Pedro Sánchez.
Ahora, además de la decadencia geopolítica, el proceso de polarización interno, las presiones de Trump y las amenazas de Putin, ha surgido la posibilidad de una guerra comercial con China debido a la actividad de plataformas como Temu, AliExpress o Shein.
Los ministros de economía de la Unión Europea acordaron que dichas plataformas deberán pagar impuestos por el envío de paquetes, ya que estaban ganando mucho espacio en las compras online, aunque el problema de fondo incluye muchas más actividades favorables a los chinos.
Los europeos que rechazaban la suba de aranceles de Trump ahora ven menos arbitraria la medida. La reacción de los orientales no tardó en aparecer: el Ministerio de Comercio de China amenazó con una “respuesta firme” si se le aplican medidas unilaterales.
Esta historia seguramente ofrecerá más capítulos. Los europeos siguen pagando la dependencia energética que construyeron con Moscú; difícil que puedan, al mismo tiempo, meterse con los chinos sin arriesgar sus propias cadenas de suministro y profundizar el aislamiento económico.
Las crisis locales y el Mundial
En el Reino Unido, mientras tanto, el primer ministro Keir Starmer se ha visto forzado a renunciar. Su caída se precipitó por la gestión errática de la crisis económica, una política exterior sin rumbo y, sobre todo, por los pésimos resultados obtenidos en las elecciones locales.
Starmer fue reemplazado por el exalcalde de Mánchester, Andy Burnham, cuya trayectoria sugiere una agenda aún más radicalizada en la política interna y más alejada de Trump en la política exterior. Encima, los ingleses quedaron afuera del Mundial ante Argentina.
Emmanuel Macron pensó que tenía la solución: continuar con el protagonismo en el escenario internacional. Ocupar él mismo el lugar de Trump. Pero esto, además de fantasioso, parece más una huida hacia adelante para evitar el desgaste de sus crisis internas y de su liderazgo político.
Macron busca reflotar su ambición de ser el articulador de la diplomacia europea frente al caos en Oriente Medio; por eso el fin del conflicto en Irán no era tan buena noticia. Para eso, planificó un viaje a Siria que terminó repercutiendo más por la bomba en su hotel que por logros concretos.
Luego apostó todo a la cumbre de emergencia sobre el apoyo a Ucrania en París con alemanes e ingleses. Todos se dieron cuenta de que lo mejor era insistir con el enemigo externo: “Si Trump no está en el medio, traigamos de nuevo a Putin y Zelenski”.
El presidente francés, necesitado de iniciativa política, hasta hizo desfilar a militares de la Coalición de los Voluntarios, incluidos ucranianos, en los Campos Elíseos durante el 14 de julio, el momento más importante de los festejos oficiales por el día nacional. Encima, quedaron cuartos en el Mundial.
La carta de Pedro Sánchez
España no está mejor: Pedro Sánchez navega en una crisis de legitimidad alimentada por constantes denuncias de corrupción, mientras sus índices de popularidad no mejoran y un verano de temperaturas extremas erosiona aún más la paciencia de la ciudadanía.
Pero Sánchez no es de los que se quedan esperando mansamente lo que dicta el destino.
Haber ganado el Mundial le dará el oxígeno que necesita, mientras que la pelea con la justicia y el discurso del lawfare pueden convertirse en una prenda de unión y movilización para la izquierda.
En Alemania, el canciller Friedrich Merz ha lanzado un paquete de medidas que busca sacudir los cimientos del Estado de bienestar. Los drásticos recortes incluyen el sistema de pensiones, controles más estrictos sobre las bajas laborales y la suba de la edad de jubilación. De futbol, en Alemania mejor no hablar.
Las dificultades se replican en el resto del mundo con variaciones locales igualmente negativas.
En Israel, tras el acuerdo con el Líbano, Benjamín Netanyahu se prepara para un escenario electoral que todos los indicadores señalan como el camino hacia una probable derrota.
El electorado israelí se mostró escéptico frente al cese de hostilidades con Irán. Existe un consenso respecto a lo inevitable de un nuevo enfrentamiento bélico con Teherán. Paralelamente, la oposición le reprocha a Netanyahu su seguidismo hacia Trump, especialmente en el Líbano.
Irán goza de menos estabilidad. El régimen se encuentra en un proceso desesperado por reconstruir su legitimidad interna tras la muerte de su líder supremo, Alí Jameneí, utilizando el funeral público como una herramienta para cohesionar a una población fracturada.
En Rusia, Vladímir Putin no encuentra la fórmula para frenar los ataques ucranianos que vulneran sus defensas cotidianamente. Esta ineficacia ha debilitado su posición interna y los sectores duros exigen un ataque drástico contra algún miembro de la OTAN, señalando a Estonia o Polonia.
Mientras los líderes, antes de la firma del memorándum y quizás también con la lotería de los aranceles, temían cada día los próximos pasos de Trump, las miserias y demandas cotidianas han relativizado algunos diagnósticos.
Trump y sus conflictos terminaban siendo una coyuntura favorable para desplegar una retórica grandilocuente, progresista y pacifista, trasladar las culpas de sus propios fracasos a terceros y, sobre todo, distraer a las opiniones públicas de los problemas domésticos crónicos.
Para todos ellos, el reinicio del conflicto con Irán, los bombardeos y la dialéctica belicista ya no parecen el peor escenario.
Contra Donald Trump, siempre estaremos mejor.