16 de julio de 2026 21:36 hs

Solo diez horas antes.

Diez horas antes de que la Selección Argentina le pusiera fin al sueño de Inglaterra en el Mundial, Pedro Sánchez destruía la verja que les impedía a los españoles cruzar libremente al Peñón de Gibraltar.

Gibraltar es una espina del colonialismo británico clavada en el corazón de España desde hace tres siglos.

Como las islas Malvinas son otra espina del colonialismo británico clavada en el corazón de la Argentina.

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En todo este tiempo, España ha sostenido una misma línea diplomática a través de los gobiernos socialistas y los de la derecha popular para recuperar, sino el territorio, al menos el libre paso de los españoles al pedazo de tierra que divide el mar Mediterráneo del océano Atlántico.

Nunca ha llevado su reclamo al extremo argentino, que desató una guerra iniciada por sus dictadores de turno en 1982. Y la sustuvo durante 74 días y 649 muertos.

Y que grita su reclamo en cada escenario global, como lo hicieron los jugadores de la Selección en Atlanta desplegando una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, apenas concluida la semifinal que echó a los ingleses de vuelta a casa en el Mundial.

Pero que los argentinos seamos mas intensos que los españoles no quita que España jamás haya olvidado la afrenta inglesa.

Hace apenas dos años, después de batir a Inglaterra y ganar la Eurocopa, los chicos españoles cantaron “Gibraltar es español” en la Plaza Cibeles del festejo.

Y la misma sinfonía entonaron los jugadores de la Selección de España en el festejo en las calles por lo que fueron sancionados por la UEFA, la asociación del fútbol europeo. Esta visto que Europa no quiere más guerras como la que va a cumplir pronto cinco años entre Rusia y Ucrania.

Pero Gibraltar y Malvinas son dos hitos que ratifican lo mucho que nos parecemos españoles y argentinos. Estamos hermanados por la historia y por la sangre mucho más de lo que creemos.

Los abuelos españoles, y algunos de los que transitan esa nueva vejez llamada revolución senior, se emocionan todavía por el recuerdo de cuando Eva Perón envió un barco con toneladas de trigo para ayudar a enfrentar el hambre que la España de posguerra pasaba durante la dictadura de Francisco Franco.

Es la misma imagen que tendrán en algunos años muchos de los argentinos que vinieron a España para escapar de la crisis económica y social del 2001 o los muchos emprendedores que probaron suerte en ciudades españolas para dejar atrás la inflación y el dólar escandalosos de Alberto Fernández y Cristina Kirchner.

La parábola es tan cruel como reveladora. Ayer, yo por ti, y hoy, tu por mi. La plata va y viene. Y la vida de los pueblos es una lección permanente.

El sube y baja de dos economías

En 1960 el PIB de la Argentina duplicaba al de la economía española. Ahora el producto español triplica al argentino.

Ese cambio de realidades ocurrió en sesenta años.

España se refugió en el calor de la chimenea de la Unión Europea y la democracia hizo las cosas mucho mejor que los bandos enemigos de la Guerra Civil y luego la dictadura franquista.

Mientras tanto, Argentina se derrumbaba en el tobogán del populismo, de la violencia terrorista y luego en las trampa de las dictaduras militares.

Allí está el resultado inapelable de las estadísticas. Que no era un capricho, como decía el primer Borges, el que no creyó en la democracia hasta que envejeció más sabio que el escritor genial que fue desde su juventud.

Esta España cruzada por las polémicas de la inmigración y el fanatismo independentista tiene el sueño de coronar otro Mundial en Nueva York.

Para repetir aquella hazaña de Sudáfrica, el waka waka que la instaló entre las potencias globales del fútbol, con su Real Madrid, su Barcelona, su Atlético Simeone y sus millones de euros en una Liga de relevancia mundial.

Pero enfrente está la ilusión mundialista de la Argentina, la que quiere repetir la gloria de Qatar y la que busca salir de la decadencia económica de muchos años subido a la motosierra de Javier Milei, aunque casi todos sus jugadores construyen sus carreras lejos del país adolescente, contratados por la prosperidad de la Premier League, de la Serie A o de la mismísima Liga española.

Los argumentos son iguales de convincentes.

España tiene una Selección de excelencia, futbolistas respetadísimos y un entrenador (Luis De la Fuente) católico, monárquico y exitoso que, por si fuera poco, es el maestro al que admira Lionel Scaloni.

Porque hasta en eso nos parecemos. El entrenador campeón con Argentina vive en Mallorca, tiene hijos españoles y cada vez que habla se acuerda de elogiar a su querido De la Fuente.

Somos dos países cruzados desde la conquista del Río de la Plata, la guerra de la Independencia, Ortega y Gasset, García Lorca, Franco, Perón, Felipe González, Raúl Alfonsín, Carlos Menem y el Rey Juan Carlos, hoy caído en desgracia.

Cruzados por las empresas binacionales, Imanol Arias, Ricardo Darín, Almodovar, Sabina, Calamaro, Francella, Rosalía, el influencer Ibai y el productor Bizarrap, todos igual de cómodos a uno y a otro lado del Atlántico. Celebridades de una misma lengua y ahora a la velocidad de las redes sociales.

En las últimas semanas, en España creció cierta brisa de hostilidad hacia la Argentina porque piensan, y piensan con lógica futbolera, que Messi debería abdicar ya de su trono y dejárselo a Lamine Yamal, el bebé que sostuvo en sus brazos hace 19 años y que ahora pretende su corona.

Para colmo, el habilísimo Lamine representa el ideario de la izquierda europea con su mezcla de ascendencia marroquí y africana. ¿Qué mejor candidato que él para heredar el reinado del rosarino que debió irse a España a los 12 años para superar con hormonas sus problemas de crecimiento?

Pero Messi tiene sus propios planes. Ser el primer bicampeón de este siglo y cuenta para ellos con una Selección especialista en resurrecciones que hará todo lo posible por dedicarle la mejor y más gloriosa de las despedidas.

Se sabe. El fútbol es el más injusto de los deportes y por eso es hermoso. Y la lógica binaria que gobierna el planeta y diseña el futuro de la humanidad jamás ha podido predecir sus resultados inciertos.

Por eso, como si fuera una película de Netflix pagada por Gianni Infantino, Messi tendrá su despedida de campeón o de finalista de tres mundiales frente al mismo país que le permitió construir su maravilla de carrera desde que era un niño.

Y si es España la que se queda con el Mundial, será Lamine Yamal el que salte al estrellato global desde aquella palangana en la que Messi lo bañaba.

Todo une a la Argentina y a España, además de un idioma en el que los unos aman el acento con el que hablan los otros, y viceversa.

Cuando cierro los ojos y pienso en los días de mi infancia, suenan en mis oídos los acordes de la Navidad y de las palmas en la mesa de mis abuelos andaluces.

Los gitanitos, tenemos too, la sangre alegre y el cuerpo loco.

Y entonces recuerdo que si la fortuna no quiere que Messi y la Argentina ganen otro Mundial, no hay nada mejor para mi que la Copa quede en manos de España.

Y es que los españoles, como los argentinos, sabemos cantar, sabemos comer y tomar, y sabemos sufrir.

Como sufren las quejas del bandoneón en el tango, o como duelen los quejidos del flamenco sobre el tablao.

A veces no nos damos cuenta en cuanto nos parecemos.

Como esos hermanos a los que les cuesta mirarse a la cara, España y Argentina se distancian por un resultado.

Un pequeño abismo que debería esfumarse muy pronto. Sobre todo, cuando un premio efímero como un Mundial de Fútbol nos hace perder de vista todo lo bueno que hay en el horizonte.

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