Existe una diferencia profunda entre la dignidad y la grandeza. La dignidad consiste en no pasar vergüenza, cumplir razonablemente, hacer un papel decoroso y evitar el desastre.
La grandeza comienza cuando una persona o una sociedad decide que cumplir no alcanza. Cuando no entra a la cancha solamente para competir, sino para ganar. Cuando se niega a aceptar como destino aquello que las dificultades o la historia reciente parecen imponerle.
Uruguay construyó buena parte de su identidad alrededor de la dignidad. Nos sentimos orgullosos de ser sensatos, discretos y previsibles. Desconfiamos de los excesos, de las grandes proclamas y, muchas veces, también de las grandes ambiciones.
El problema aparece cuando la prudencia deja de protegernos y comienza a inmovilizarnos. “No pasar vergüenza” puede ser un objetivo aceptable para un partido. No puede ser el proyecto histórico de un país.
Desde hace un tiempo estoy estudiando intensamente qué nos ocurrió como sociedad. Cómo pasamos de sentirnos reconocidos como “la Suiza de América” a convivir con señales persistentes de deterioro social, pérdida de dinamismo, debilitamiento de las responsabilidades individuales y empobrecimiento de nuestras expectativas colectivas.
¿Cómo una sociedad que hizo de la educación, el trabajo, la palabra empeñada y el respeto por el otro parte de su identidad terminó aceptando niveles crecientes de incumplimiento, abandono y dejadez?
No tengo todavía una respuesta definitiva. Precisamente por eso continúo investigando.
Estoy preparando un libro cuyo título posiblemente sea ¿Qué nos pasó?. La intención es reconstruir, con documentación, estadísticas, testimonios y fuentes históricas, la evolución económica, social, institucional y cultural del Uruguay durante las últimas décadas.
Para ese trabajo utilizo una herramienta que habría sido imposible imaginar hace pocos años: un algoritmo cuidadosamente entrenado, interrogado y contrastado con la realidad uruguaya. Un algoritmo entrenado en la uruguayidad.
La inteligencia artificial no sustituye el criterio, la experiencia ni el conocimiento de una sociedad. Tampoco produce verdades automáticas. Puede equivocarse y debe ser sometida permanentemente a verificación.
Pero bien utilizada permite formular mejores preguntas, contrastar los relatos con los datos y relacionar fuentes que antes permanecían dispersas.
Y una de las preguntas que surge con mayor fuerza es si Uruguay ha ido perdiendo progresivamente su ambición colectiva.
En esta investigación encontramos algo preocupante: una parte del país parece haberse acostumbrado a hacer lo mínimo indispensable y, en ocasiones, ni siquiera eso.
Vemos personas que incumplen la palabra empeñada, cambian las condiciones después de alcanzar un acuerdo, tergiversan los hechos o convierten el engaño en una forma habitual de relacionamiento. Conductas que antes provocaban vergüenza parecen normalizarse.
No afirmo que ese sea “el uruguayo”. Sería injusto y falso. En nuestro país existen miles de personas honestas, trabajadoras, solidarias, creativas y comprometidas, que cumplen con sus obligaciones, sostienen a sus familias, crean empresas, trabajan en instituciones y ayudan a los demás.
Pero reconocer ese Uruguay valioso no debe impedirnos observar el otro fenómeno: la expansión de una cultura de la dejadez, el abandono, el incumplimiento y la falta de responsabilidad.
La decadencia comienza cuando dejamos de exigir y de exigirnos. Cuando aceptamos que las cosas funcionen mal porque “siempre fue así”. Cuando el incumplimiento no tiene consecuencias. Cuando el esfuerzo parece ingenuo, cumplir la palabra deja de ser una obligación y engañar al otro comienza a interpretarse como viveza.
Y esta pérdida de exigencia no pertenece exclusivamente a un sector social. Atraviesa empresas, organismos públicos, instituciones, dirigentes, profesionales y ciudadanos.
Douglass North, premio Nobel de Economía, definió las instituciones como “las reglas del juego”. Las conductas de las personas no dependen solamente de su moral individual, sino también de aquello que una sociedad premia, permite, castiga o deja pasar.
Cuando cumplir y no cumplir generan casi las mismas consecuencias, el incumplimiento crece. Cuando el esfuerzo no produce reconocimiento, el esfuerzo disminuye. Cuando las reglas existen, pero no se aplican, dejan de orientar el comportamiento.
Émile Durkheim llamó anomia a la situación en la que las normas sociales pierden fuerza y autoridad. No significa que desaparezcan las leyes. Una sociedad puede tener una enorme cantidad de leyes, reglamentos y organismos y, sin embargo, perder la convicción más importante: que existen obligaciones que deben cumplirse.
Tal vez una parte del Uruguay esté atravesando precisamente eso. No una ausencia de normas escritas, sino una pérdida progresiva de la autoridad de las normas sociales.
Uruguay continúa dentro del grupo de países con desarrollo humano muy alto. Ese logro histórico debe ser preservado. Pero los promedios no miden todo. No miden la energía de una sociedad. No miden su voluntad de futuro. Un país puede conservar estabilidad institucional y, al mismo tiempo, perder dinamismo. Puede evitar grandes catástrofes y, sin embargo, alejarse lentamente de sus mejores posibilidades.
La decadencia social rara vez comienza con un derrumbe espectacular. Comienza cuando una sociedad reduce sus expectativas, cuando administrar sustituye a transformar y cuando se acostumbra a vivir sin grandes derrotas, pero también sin grandes victorias.
Argentina tiene enormes problemas y profundas contradicciones. Pero conserva una relación particular con la competencia, el orgullo y la expectativa de grandeza.
Puede atribuirse esa energía, como metáfora cultural, a cierta fibra italiana o napolitana: apasionada, orgullosa y poco dispuesta a aceptar la humillación. Pero los pueblos no tienen genes morales. Tienen historias, hábitos, símbolos, instituciones y relatos sobre sí mismos.
Argentina construyó alrededor de su selección una narrativa según la cual siempre se puede volver. Aunque el partido parezca perdido. Aunque el rival sea poderoso. Aunque falten pocos minutos.
Esa convicción se entrena. Uruguay también posee su propia tradición de coraje, innovación y grandeza. Fuimos grandes cuando no nos limitamos a administrar lo existente, sino que nos atrevimos a imaginar instituciones, derechos y políticas que parecían demasiado avanzados para un país pequeño.
El Uruguay que admiramos no nació de la resignación. Nació de la ambición. De una ambición republicana, social, educativa y democrática.
Necesitamos proteger nuestra dignidad sin convertirla en conformismo. Recuperar la ambición sin perder nuestra identidad. Volver a reconocer el esfuerzo, la honestidad, la excelencia, la disciplina y el coraje de intentar.
Argentina podrá ganar o perder la final. Pero ya volvió a demostrar algo importante: antes del último minuto, nadie tiene derecho a declararse derrotado.
Tampoco las personas. Tampoco las sociedades. Tampoco el Uruguay.