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Pedro Sánchez y Donald Trump
Otra amenaza para Pedro Sánchez.
La amenaza a España para sacarla de la OTAN pasó casi desapercibida porque es institucionalmente imposible.
El reglamento de la organización militar creada después de la Segunda Guerra Mundial no permite la expulsión de uno de sus miembros si no es con una decisión extraordinaria de la mayoría. Difícil no, imposible.
Tan liviano fue el impacto de Trump que su némesis europea de este tiempo, el presidente español Pedro Sánchez, apenas sí se tomó la molestia de decir, durante una cumbre de la Unión Europea en Chipre, que no les respondía a correos. Solo a declaraciones oficiales.
Y eso que a Pedro le fascina pelearse con Donald en su carrera para lograr que la guerra le ayude a recuperar su imagen destrozada.
El dato que sí se convirtió en la gran polémica global del pasado fin de semana fue la amenaza de abandonar a Gran Bretaña en su negativa a atender el reclamo de Argentina por la soberanía de las islas Malvinas, un par de promontorios patagónicos a solo 500 kilómetros de la costa argentina.
Aquella guerra de hace 45 años
La historia es conocida. Argentina obtuvo su independencia de España en 1810, y con ella el control político de las Malvinas. Pero, en 1833, una corbeta británica que practicaba el ejercicio ya en desuso de la piratería se apoderó del territorio aprovechando el caos interno del joven país.
Argentina nunca abandonó el reclamo por la soberanía y logró en 1965 un respaldo histórico en las Naciones Unidas que la puso más cerca que nunca de recuperarlas en forma pacífica.
Claro que ese esfuerzo diplomático se derrumbó cuando a la dictadura militar, a cargo en 1982 del general Leopoldo Galtieri, se le ocurrió combatir la decadencia del régimen de terror y la legendaria borrachera del líder militar entrando a las islas por la fuerza el 2 de abril y desencadenando la última guerra del siglo pasado entre dos países de Occidente.
El también decadente gobierno de Margaret Thatcher vio su oportunidad.
Envió a la Task Force al Atlántico Sur y, con la ayuda de la tecnología militar de EEUU (gobernado entonces por Ronald Reagan), volvió a tomar el control político de su colonia el 14 de junio.
74 días de guerra inesperada en los que Argentina dilapidó las islas en manos británicas.
Los satélites de Estados Unidos y su información precisa fueron un arma clave del ejército británico para derrotar a la Argentina que, por el heroísmo de sus pilotos y los aviones de guerra y misiles que le había comprado a Francia, estuvo a punto de hundir a la mitad de la flota inglesa y enviarla de nuevo a casa con una derrota que hubiera sido humillante.
Pero las cosas fueron como fueron, y Gran Bretaña ganó la guerra provocando una paradoja: el final de la dictadura militar en Argentina y el regreso atolondrado de la democracia. Han pasado cuarenta y cinco años ya y nadie volvió a hablar demasiado de Malvinas desde entonces. Hasta que lo hizo Donald Trump.
En realidad, fueron mensajes de correo filtrados por algún miembro del gobierno de EEUU a la prensa.
La batalla en las redes sociales.
En plena batalla con el premier laborista Keir Starmer, Donald Trump está evaluando arrinconar a Gran Bretaña con el fantasma de Malvinas. “No me ayudaron en la guerra contra Irán”, reclama el belicoso presidente. Y recordó que uno de sus grandes aliados es Javier Milei para practicar su deporte favorito. Golpear adónde más duele.
Atento mucho más a la economía que a la política, sin embargo, Milei reaccionó a la velocidad del rayo.
Un par de horas después de la aparición de la noticia, el canciller argentino Pablo Quirno difundió un contundente comunicado en las redes sociales aprovechando la oportunidad e inflamándose de sentimiento malvinero, quizá la única política de estado inconsciente que atraviesa al país de las discordias.
A esa bandera institucional se sumó el azote en las redes sociales de los activistas digitales del gobierno de Milei, y el de muchos otros soldados ocasionales quienes se trenzaron en la batalla por la narrativa de Malvinas contra los tuiteros ingleses, que también salieron con una consigna falsa y casi olvidada: las Falklands son británicas.
Como decía Rubén Blades, la vida te da sorpresas. Y las redes sociales también.
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Otra oportunidad para Javier Milei.
Aunque el país lleva un siglo de fracaso en fracaso institucional, la Argentina mantiene el fuego incandescente por las islas Malvinas. El fervor empieza en las escuelas, sigue en las canchas de fútbol y asoma cada vez que Gran Bretaña está del otro lado del campo.
Se sabe que la espera puede ser larga, y tal vez una utopía. Pero no importa. El sentimiento malvinero atraviesa todas las barreras imaginables y desafía la razón.
El año pasado, Donald Trump hizo unas declaraciones a favor de la economía de Javier Milei en la Argentina y el presidente cambió una derrota regional en septiembre por una victoria aplastante en las elecciones legislativas del 26 de octubre.
Complicado ahora por la microeconomía que no despega y por el patrimonio sospechoso de alguno de sus funcionarios, el afortunado Milei recibe otra mano de su amigo Donald cuando más lo necesita.
¿Le alcanzará? Las semanas y los meses definitorios que siguen confirmarán la hipótesis de si la sorpresa de Malvinas se transforma en un punto de inflexión.
En la mira política de Milei está su reelección por la que competirá el año próximo.
El mundo está cambiando. De eso no hay dudas. Lo que no se sabe bien es en qué se va a transformar el escenario global tras el jaque al chavismo, la guerra contra Irán y la amenaza de una nueva crisis global si los precios del petróleo y el gas siguen subiendo.
Los argentinos lo tienen claro. La cuestión Malvinas no los cura de ninguno de sus males. No les ayuda a derrotar la inflación, no termina con la inseguridad ciudadana ni resuelve el teorema insoluble de la pobreza. Pero les recuerda que allí, en un pedazo de turba cruzado por el viento patagónico, hay dos islas por las que murieron 649 compatriotas en 1982.
Por alguna razón que ninguna ciencia explica, las islas Malvinas están en las banderas junto a Messi y Maradona. Sobre ellas escribieron Borges y Charly García. Y con matices, y a veces con imperdonables egoísmos, han avanzado y retrocedido Alfonsín, Menem, Cristina Kirchner y ahora Javier Milei.
Algo tienen las islas Malvinas para los argentinos.
Esa atracción fatal que provocan las causas perdidas. No lo sabe Trump ni lo supo Margaret Thatcher. Y es que siempre están presentes. Que nunca las abandonamos. La nostalgia sobrevive de generación en generación.
Con la potencia de esos amores que jamás se transforman en olvido.