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Todo sucede en Nueva York, la ciudad a la que Woody Allen filmó en color, y en blanco y negro.

Allí están en estos días la mayoría de los líderes globales, convocados por la celebración de los 80 años de las Naciones Unidas. Ese instrumento político forjado al final de la Segunda Guerra Mundial, para evitar una Tercera, y hoy tan castigado por su costo y su inocultable ineficacia.

Donald Trump es el anfitrión del planeta y uno de sus invitados estelares es sin dudas el presidente argentino Javier Milei. Despojado ya del aura de ser la nueva celebridad de la política, y necesitado de un rescate que lo aleje de una crisis financiera. Ese demonio inevitable del país adolescente.

Flanqueado por sus más poderosos guardianes, el secretario de estado, Marco Rubio, y el secretario del Tesoro, Scott Bentssen, Trump recibió a Milei en Nueva York con una red de protección financiera.

Un swap con el Tesoro de EEUU por 20.000 millones de dólares, y la promesa de comprar bonos de la deuda argentina en caso de necesidad. Un anuncio que conmovió a los mercados, y que hizo bajar el precio del dólar y el índice del Riesgo País desde los peligrosos 1500 puntos básicos hasta los 900 de estas primeras horas de euforia en el establishment.

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Milei obtiene así un salvavidas financiero que despeja las dudas inmediatas sobre la economía argentina, y que le brinda una nueva oportunidad para llegar en mejores condiciones a las dramáticas elecciones legislativas del 26 de octubre.

Ahora depende de que esta magnífica chance económica para Javier Milei y su gobierno sea complementada por una maniobra política tanto o más espectacular. Un game changer que lo ponga otra vez en carrera, después de la derrota en tierra bonaerense del 7 de septiembre a manos del gobernador Axel Kicillof. ¿Lo hará? Lo necesita.

Está claro que el gesto de Donald Trump no es una casualidad ni un abrazo amistoso, más allá de la simpatía que le ha generado la irrupción de Javier Milei en el universo político de las derechas.

El impetuoso presidente de EEUU necesita equilibrar el desafío económico de China, y encuentra a Milei gobernando un país (la Argentina) ubicado estratégicamente entre Sudamérica y la Antártida.

Y, sobre todo, rodeado por un cerco geopolítico de gobiernos de izquierda que le abren sus puertas, y sus economías, a la incontenible topadora china.

No resulta extraño entonces que Trump haya jugado tan fuerte y que, en su posteo de X, descubriera incluso su apuesta por la reelección presidencial de Milei en 2027. Un horizonte demasiado futurista para la Argentina de los terremotos permanentes.

Hacia el este de Argentina está el frenteamplista Yamandú Orsi en Uruguay, y al oeste el izquierdista estudiantil Gabriel Boric en Chile. El liderazgo regional de Lula se fortalece en Brasil, mientras que hacia el Caribe se proyectan el pasado guerrillero de Gustavo Petro en Colombia; el chavismo eternizado de Nicolás Maduro en Venezuela, y la izquierda científica de Claudia Sheinbaum en México.

Demasiado en soledad queda Milei, apenas acompañado por los gobiernos de Paraguay (Santiago Peña), de Ecuador (Daniel Noboa) y el futuro presidente de Bolivia, que se va a definir el 19 de octubre entre los derechistas Rodrigo Paz Pereyra y Jorge “Tuto” Quiroga.

Están rodeados por la izquierda y necesitan el auxilio de Donald Trump.

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Pedro Sánchez, el sobreviviente español

Pero si Trump buscó en Nueva York aglutinar al capitalismo de derecha, que va desde Milei al moderado canciller alemán, Fiedrich Merz, pasa por la italiana Giorgia Meloni y llega al hoy cuestionado premier de Israel, Benjamin Netanyahu, los presidentes de la izquierda latinoamericana aprovecharon un homenaje al uruguayo José “Pepe” Mujica para avanzar en la creación de un frente progresista que le presente la batalla ideológica de este tiempo al trumpismo.

Al frente de la algarada neoyorkina woke sorprendió el socialista español Pedro Sánchez, cada vez más lanzado a liderar la izquierda europea y quien sobrevive en el octavo año del gobierno de su país pese a sus múltiples frentes abiertos, que incluyen investigaciones por corrupción contra su hermano, David Sánchez, y contra su esposa, Begoña Gómez.

Pedro Sánchez apuesta a despejar las sombras de la corrupción que lo rodean erigiéndose en el paladín de la ofensiva pro Palestina, que lo ha llevado al borde de la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel y a caer en espesas bombas de humo.

Como la de botar una nave en el Mediterráneo en auxilio de la flotilla de la sueca Greta Thunberg, que se dirige a Gaza para socorrer a los palestinos en guerra y es hostigada por el hackeo de la inteligencia israelí con viejas canciones del extinto grupo ABBA.

En la Asamblea General de la ONU en Nueva York fue interesante escuchar el discurso del Rey Felipe VI, quien se animó a criticar a Israel pidiendo “el fin de la masacre en Gaza”, pero que planteó cuatro diferencias explícitas con la izquierda española.

1.- Condenó enérgicamente al grupo terrorista Hamás y a su salvaje ataque del 7 de octubre de 2023, al que la izquierda española casi ni menciona.

2.- Avaló el derecho de Israel a defenderse.

3.- Recordó la reivindicación de España a los judíos sefaradíes y las 72.000 personas de origen judío a la que se les otorgó la nacionalidad española.

4.- Y lo más contundente: jamás mencionó la palabra “genocidio”, que utilizan Pedro Sánchez, Yolanda Díaz y casi la totalidad de la dirigencia de la izquierda española para descalificar la ofensiva de dos años en Gaza que lleva adelante Israel, con miles de muertos y heridos.

En el homenaje a “Pepe Mujica”, del que participaron Lula, Orsi, Petro, Boric, y al que se sumó la chilena y ex relatora de la ONU, Michelle Bachelet, Pedro Sánchez se terminó haciendo una selfie con un gobernador argentino al que conoce menos, pero sobre el que le dijeron que tiene chances de ser el candidato a presidente del peronismo en 2027: el bonaerense Axel Kicillof.

El gobernador aprovechó el encuentro para hablar con todos los presidentes que estaban allí, y para empaparse de una agenda de izquierda más extrema de lo que está acostumbrado.

Si no surge ningún inconveniente, hasta podrá ser parte del próximo encuentro de este grupo bautizado “En defensa de la Democracia” que Pedro Sánchez prometió hacer en Madrid y al cual fue invitado.

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Son tiempos extraños los actuales.

El mundo huele a guerra y la confrontación entre Estados Unidos y sus aliados versus el polo de izquierda, que se siente atraído por el imán chino, alimenta una tensión ideológica que deja atrás aquel fin de la historia que proclamaba Francis Fukuyama a mediados de los glamorosos ’90.

Mucho más atrás queda la bandera de la tercera posición, que Juan Domingo Perón levantó en los días de posguerra mundial, pero que ahora los peronistas pronuncian cada vez menos.

Entre el MAGA de Donald Trump, con Milei como tripulante destacado, y la izquierda global yendo detrás de la utopía china, la geopolítica libera territorios muy pequeños para quienes prefieren explorar el camino asexuado de la moderación.

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