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Nada pudo evitar la tormenta. Ni que Emmanuel Macron adelantara las elecciones parlamentarias. Ni que la izquierda alumbrara nuevos candidatos. Ni que la dirigencia política llamara a votar masivamente. O que Kilian Mbappé saliera a pedir el voto para los moderados en el fragor de la Copa Europa.

Nada pudo impedir el vuelco hacia la extrema derecha. Las elecciones europeas de hace tres semanas habían dado el aviso. La sociedad francesa ya no le teme a la ultraderecha.

Los hijos y los nietos de aquellos franceses que condenaban a Jean Marie Le Pen ahora van despojados de prejuicios a votar por Marine, la heredera del sector político que jamás pudo superar al consenso moderado de los socialistas Miterrand y Hollande, o de los derechistas Chirac o Sarkozy, o Macron. Las cosas han cambiado.

Es que el fantasma recorre Europa, pero ya no tiene nada que ver con aquel monstruo que anunciaba Karl Marx en 1848. La izquierda, el comunismo, los socialismos, ceden sus espacios y sus bancas en los congresos del continente a una derecha que parece haberle perdido el miedo a que los tilden de fascistas.

El espejo de una izquierda avejentada

Allí está Marine Le Pen, poniendo ante las cámaras de la alta política al joven Jordan Bardella, atildado en sus trajes oscuros, picante en las redes sociales y liviano de las cargas ideológicas que arrastran las viejas generaciones, para asestarle una derrota histórica a Macron y prepararse para ser el próximo primer ministro de Francia.

Emmanuel, que era la imagen de la derecha presentable y acicalada, hoy aparece avejentado al lado del querubín Bardella. Eso es al menos, es lo que votaron este domingo los franceses.

Tampoco les funcionó a Macron ni a la izquierda la movilización de los votantes, que marcharon a las urnas para romper un récord y superar el 67% de participación en elecciones no obligatorias.

Los franceses entusiasmados con la renovación política salieron de sus hogares en pleno verano europeo para consolidar aún más el fenómeno de la extrema derecha.

Lo que sucede es que los líderes de esta nueva derecha vienen advirtiendo donde están las preocupaciones de una sociedad asustada por los vaivenes de la economía y la amenaza de las oleadas inmigratorias cada vez más agresivas. Le ponen una pizca de moderación al condimento político y se quedan con una porción cada vez más determinante de los votos europeos.

Por eso es que Le Pen ya no habla de tanto de Ucrania y de ayudar a su amigo Vladimir Putin.

Prefiere poner el foco en expulsar de Francia a los inmigrantes que cometan delitos y en frenar las expresiones fundamentalistas del islamismo en los barrios y en las escuelas de su país.

Las imágenes de agresiones en las calles, a veces ciertas y a veces infectadas por las fake news, inflaman el reclamo francés de volver a aquel país aspiracional para tantos extranjeros de hace medio siglo.

Javier Milei, el viento libertario de Sudamérica

Las elecciones europeas del pasado 6 de junio dejaron en claro que la marea ultraderechista no se detenía en las fronteras de Francia.

Georgia Meloni se consolida en Italia, Victor Orban se mantiene a flote en Hungría, la extrema derecha avanza en Holanda y en Portugal, y desde América Latina el sorprendente argentino, Javier Milei, levanta las banderas libertarias con sus permanentes y desafiantes desembarcos en Europa.

Viva la libertad, carajo”, es el grito de guerra que Milei ha traído desde tierras rioplatenses hasta la vieja Europa. Y se ha quedado con un activo político que siempre había sido de las izquierdas y de los progresismos desde la segunda guerra mundial: el de la libertad.

Con su perfil excéntrico, el argentino provoca euforias y odios en audiencias tan distantes como las de Sudamérica, los Estados Unidos y las del volcánico continente europeo.

Que lo digan sino Isabel Díaz Ayuso, la ascendente presidenta de Madrid que lo recibió de gala a Milei para mostrarse por contraste mucho más agresiva que el líder moderado de su Partido Popular, el habitualmente gris Alberto Núñez Feijóo.

De esta revulsión ha tomado nota antes que nadie el atento Pedro Sánchez. El presidente de España convirtió al argentino Milei en su rival perfecto, aunque el dirigente socialista empieza a mirar como muchos el efecto creciente que la ultraderecha va generando en las grandes potencias europeas vecinas de España.

Hay un aporte indudable que el Loco Milei le ha hecho a la derecha extrema europea. Jamás le importó que le dijeran fascista o lo acusaran de ultraderechista. Siempre siguió adelante y, lejos de amedrantarse con las etiquetas que le pegaban desde la izquierda, se alimentó de las críticas hasta convertirlas en capital político.

Le Pen y Meloni advirtieron hacia adonde sopla el viento. Y Díaz Ayuso comienza a desplegar sus velas en España.

La izquierda europea no encuentra las respuestas para hacerle frente a este vendaval de sus enemigos políticos. Y dos semanas antes de las elecciones en Francia, se encontraron con un aliado inesperado. El crack de la selección francesa de fútbol Kylian Mbappé, ahora contratado por el poderoso Real Madrid, hacía un llamado a votar por los partidos moderados en su país.

Nada podía ser más oportuno. Idolo de las multitudes del fútbol, campeón mundial a los 19 años, millonario y nacido en París de padre camerunés con sangre nigeriana, Mbappé representa el ideario de familia inmigrante adaptada con éxito al estado de bienestar europeo. “Jóvenes, vayan a votar, los extremos están llamando a la puerta”, pidió el futbolista en medio de la euforia que despiertan las competencias como la Eurocopa del fútbol.

De nada sirvieron los ruegos de moderación en la boca inmigrante de Mbappé. Los jóvenes franceses fueron en masa a votar, pero lo hicieron mayoritariamente por la ultraderecha.

El próximo domingo habrá otra elección y resultados con colores muy parecidos. El mensaje está allí, escrito con números irrefutables, para quien lo quiera decodificar y prepararse para el mundo que viene.

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