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El paladar también se viste de gala.

Esta semana transitamos la "Feria de Abril de Sevilla" y hay algo que no se puede ensayar ni replicar fuera del recinto Real de la Feria.

Alli, donde se ubican las más de 1,000 casetas distribuidas en calles con nombres de toreros famosos. Es el corazón de la fiesta, donde se pasea a caballo y se bailan sevillanas entre faroles y música que no descansa.

No empieza cuando se enciende el alumbrado ni termina cuando se apagan las luces. Empieza antes, mucho antes, en esa intuición de que durante unos días la vida se va a vivir de otra manera: las horas por venir se avecinan más intensas y más compartidas.

Y en ese ¨vivir¨, la comida no es una compañera más de la celebración; es un sostén imprescindible.

Porque en la Feria no se va a comer en el sentido clásico. No existe la pausa medida, ni la porción, ni los silencios de un restaurante. El "banquete" se desmenuza en pequeños momentos: un sorbo frío, un bocado rápido y una risa que interrumpe cualquier intención de formalidad.

Comer en ese lugar es moverse, es estar, es discurrir y formar parte.

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Casetas: comedores sin reserva, historia y vida propia

Las casetas, privadas o públicas, funcionan como pequeños refugios donde todo sucede al mismo tiempo.

Familias que llevan generaciones abriendo el mismo espacio, grupos de amigos que se reencuentran cada año como si no hubiera pasado el tiempo y desconocidos - "colados"- , que en minutos comparten una mesa improvisada. No hay reservas ni protocolos rígidos, pero sí una lógica que todos entienden.

La barra marca el ritmo. La cocina no se detiene. Los platos circulan con una naturalidad que desconcierta al que llega por primera vez. Nadie explica demasiado: se aprende mirando, entrando, dejándose llevar y atento a esto último, hay que dejar fluir.

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La fritura: el idioma común

En ese torbellino constante, el aceite caliente es casi una música más del alboroto.

El pescaíto frito, los chocos, las puntillitas, el cazón en adobo aparecen una y otra vez como si fueran parte del paisaje. ¡Es que lo son! Piezas pequeñas, crujientes, pensadas para desaparecer rápido, para comer con las manos y para no interrumpir nada.

El único "utensilio" que se verá con frecuencia son los picos de pan o las ¨regañᨠ(pequeñas galletas crujientes), que se usan para acompañar el bocado. Al terminar, las casetas suelen tener servilletas de papel (las típicas que casi siempre no absorben mucho o nada) para limpiarse los dedos.

Como vemos, están presentes los elementos clásicos de un buen festejo español: técnica, oficio y memoria. Una herencia sostenida en la memoria de las freidurías gaditanas y que en Sevilla encuentra su expresión más multitudinaria.

Durante la Feria se consumen cientos de miles de kilos de pescado frito. Pero a no confundir, no es exceso: es una tradición centenaria concentrada en unos pocos días.

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El combustible diario

Entre bandejas que van y vienen, aparecen platos que cumplen otra función. La tortilla, casi siempre jugosa y poco hecha, que desafía el calor del ambiente, o el emblemático jamón ibérico, cortado en el momento con profesionalidad y técnica precisa, que también es parte del ritual.

Y los guisos: garbanzos con espinacas, carrillada. Platos que traen algo de la cocina de casa, como si alguien hubiera decidido que, en medio del ruido, la música y el baile, también hay un lugar para compartir las tradiciones de nuestro espacio íntimo.

Son los que sostienen el cuerpo cuando la fiesta se estira; lo que ocurre siempre; y en el momento en que el cansancio que asoma será sistemáticamente derrotado. Es que en definitiva, nadie quiere irse!.

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La bebida también es un ritmo que no para

El rebujito -primo del tinto del verano- no es solo para calmar la sed: es una manera de marcar el tiempo. Hablamos de esa mezcla de manzanilla o fino y refresco de limón, frío, inmediato e inevitable. Se sirve sin pausa, como un torrente inagotable, y se bebe con naturalidad, como si siempre hubiera estado ahí y como si siempre vaya a permanecer allí.

Más de un millón de litros de manzanilla circulan durante estos días, transformados en ese vaso que aparece en todas las manos.

La cerveza gana terreno cuando el calor aprieta. El vino, fino o manzanilla, mantiene su lugar sin necesidad de competir. Todo convive sin conflicto, como si cada cosa supiera cuándo será su momento de gloria.

Comer y beber, a toda hora y en movimiento

En la Feria no hay sobremesas. Se come de pie, apoyado, entre sevillanas, con una mano ocupada y la otra sosteniendo un vaso siempre lleno.

Los platos no interrumpen la fiesta: la acompañan y son parte de la camaradería. Cada bocado es breve, cada ronda es una excusa para quedarse un rato más, otro rato más y por si acaso, un poco más.

Siempre hay algo que llega, algo que se comparte, algo que se suma. Algo y alguien, una combinación que durante todo el periodo de la feria será un distintivo.

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Lo que realmente importa

Pero más allá del festín gastronómico, hay una acción que se repite y que lo explica todo. Alguien llega con una bandeja, la deja en el centro y se va. Nadie pregunta de quién es. Nadie duda. Todos comen y todos bailan.

En esa danza simple hay algo difícil de encontrar fuera de ahí. Una forma de entender el disfrute que no necesita explicaciones, donde lo importante no es el plato en sí, sino el momento en el que aparece.

Y entonces, casi sin darse cuenta, uno entiende que la Feria no va de gastronomía en el sentido clásico. Va de estar. De compartir, de reír sin medir el tiempo, de aprovechar esas pequeñas escenas que después, cuando todo termina, son las que quedan.

Una pausa a los problemas que da paso a un mundo felíz. No como recuerdo perfecto, sino como esa sensación sin sofisticación, que es la de haber estado exactamente donde uno quería estar.

A no perder el tiempo pues. ¡Vamos a por ello!

Temas:

feria Sevilla Gastronomía de España

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