10 de mayo 2025 - 19:10hs

Hace más de 50 años, Naranjito de Triana entonaba las primeras sevillanas en el nuevo recinto de la Feria de Abril. Desde entonces, este evento se consolidó como una celebración profundamente sevillana, cargada de símbolos, colores y tradiciones.

Sin embargo, el crecimiento turístico de los últimos años obliga a mirar hacia una pregunta incómoda: ¿quiénes pueden ser realmente parte de la fiesta?

La Feria de Abril es una de las más populares de España.

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Y aunque el número de extranjeros que participan no para de crecer, aún no se han adaptado del todo las dinámicas para que los turistas disfruten a la par de los locales.

Los visitantes que viajan desde otros países —o incluso desde otras regiones españolas— muchas veces no logran atravesar la barrera invisible que impone la tradición.

El ambiente ferial es conocido: sevillanas a todo volumen, castañuelas, farolillos, trajes de flamenca y elegancia a flor de piel. Sin embargo, la estética también impone normas no escritas que pueden excluir.

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El hype previo a la Feria, alimentado por influencers que explican cómo debe ser el look ideal, genera una presión añadida. Las reglas tácitas —el mantoncillo obligatorio, el traje de flamenca, la flor en la cabeza, el cabello recogido— terminan funcionando como filtros de pertenencia.

Esta situación no afecta solo a los forasteros. En redes sociales, una joven sevillana se animó a contar cómo, a pesar de haber crecido con la Feria, muchas veces se siente fuera de lugar por no cumplir con esos estándares.

Los datos son elocuentes: para 2025, se estima que la Feria reciba a casi dos millones de personas, pero el recinto del Real —equivalente a 12 campos de fútbol— solo puede albergar a 400.000 asistentes.

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Las casetas, uno de los principales espacios de socialización, son en su mayoría privadas: de más de 1.000 casetas, menos de 20 son públicas. El resto exige invitación o pertenencia a una agrupación.

Este modelo genera malestar entre quienes no logran ingresar. Las casetas públicas, gestionadas por distritos, sindicatos o partidos, suelen estar colmadas y, en algunos casos, la música que suena dentro —reggaetón o urbana— poco tiene que ver con las tradicionales sevillanas.

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Frente a este escenario, el Ayuntamiento de Sevilla proyecta una ampliación del recinto: para 2026, se sumarían casi 250 casetas nuevas, con el objetivo de albergar a más asistentes y descongestionar el espacio.

Sin embargo, aún no está claro si este crecimiento vendrá acompañado de una mayor apertura o inclusión.

Porque la Feria de Abril es, ante todo, un símbolo de la identidad sevillana.

Pero también es un evento que se proyecta al mundo y que cada año despierta la curiosidad de más visitantes.

El desafío no está en abrir indiscriminadamente la tradición, sino en encontrar formas inteligentes de incluir sin perder lo propio.

¿Puede evolucionar la Feria sin romper su esencia?

Tal vez el verdadero gesto de fidelidad a la tradición esté en recuperar uno de los valores más característicos del sur: la hospitalidad.

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