Andrés, el Principito de Malvinas que termina en la cárcel por abuso sexual y traición a Inglaterra
El príncipe, ahora despojado de todos sus títulos por el escándalo Epstein, tuvo su momento de gloria en la Guerra de Malvinas de 1982 contra Argentina. Fue piloto de la Royal Navy y condecorado con la medalla del Atlántico.
19 de febrero 2026 - 14:09hs
El ex príncipe Andrés, junto a un helicóptero Sea King durante la Guerra de Malvinas en 1982.
La última confirmación surgió este jueves 19 de febrero. Andrew Montabatten-Windsor, el príncipe desheredado de Inglaterra, cumplía 66 años y tuvo que celebrarlo en la cárcel.
Hubo muchas parábolas increíbles en la historia de las monarquías, pero el ascenso y la caída del príncipe Andrés por el escándalo Epstein desafía todos los límites de la imaginación y del destino.
El Príncipe, que en 1982 fue el Principito que combatió en la Guerra de Malvinas contra la Argentina y pudo ser uno de los héroes máximos en la extendida historia bélica de los británicos, termina de la peor manera.
Preso por abusar sexualmente de una chica de 17 años y acusado de traidor por contar secretos de la política y la economía del Reino Unido entre los banquetes y las sábanas.
Los argentinos lo conocemos bien.
Andrés fue parte de las Task Force que Inglaterra envió al Atlántico Sur para retomar el control de las islas Malvinas que los jefes de la dictadura militar habían recuperado el 2 de abril de aquel 1982 para recomponer la imagen destrozada de un régimen que se desmoronaba.
El Príncipe tenía 22 años, se había formado en la Royal Navy y era un piloto bastante avezado de los helicópteros de guerra Sea King. No estuvo en los frentes más sangrientos de aquellos dos meses y medio del inesperado conflicto entre países de Occidente, pero participó de varias misiones de rescate de heridos de los barcos que la Argentina logró hundir y destruir con sus misiles y bombas.
La dictadura argentina lo tenía como uno de sus objetivos y el general Mario Benjamín Menéndez, jefe de las fuerzas argentinas en las islas hasta que tuvo que firmar la capitulación del 14 de junio, pronunció una frase que quedaría en la historia.
- ¡Que traigan al Principito! -, bramó ante los oficiales y los soldados apenas desembarcados en las islas.
El desafío sería ampliamente difundido por la maquinaria publicitaria de la dictadura militar para envalentonar a una sociedad que los rechazaba, pero que abrazaba el sentimiento malvinero por las islas que Gran Bretaña invadió en 1833 y que desde entonces controla como una colonia pasada de moda.
En aquel Buenos Aires fanatizado por la guerra, el jefe de la dictadura, el general Leopoldo Fortunato Galtieri, aprovechó la épica anti británica para doblar la apuesta y bramarles a los ingleses desde la Plaza de Mayo.
“Los estaremos esperando y les presentaremos batalla”, gritó Galtieri, corpulento y aficionado al whisky. Un colaborador de Ronald Reagan, encandilado e ignorante, lo llamó "general majestuoso".
Eran los días en los que los dictadores creían que la armada inglesa no vendría.
Pero los barcos británicos navegaron hasta las dos islas en pugna, y llegaron con el Principito Andrés a bordo del Invencible, el portaviones más famoso de la Armada Real. Y, en poco más de un mes, volvieron a tomar el control político y militar de las Malvinas.
Las imágenes del Principito no pudieron ser más dolorosas para los argentinos.
Las fotografías de Andrés, recibiendo una flor colorada de la Reina Isabel en Londres y la medalla del Atlántico por la victoria, recorrieron el planeta. Se puso la rosa en la boa, entre sus dientes. Era el héroe de la película.
Es cierto que la corona del Reino Unido le iba a corresponder por herencia al amargo, antipático y menos popular Carlos, pero Andrés se quedaba con los honores y con la medalla. Nada puede más en el imaginario británico que un miembro de la familia real con el uniforme militar.
Fue su momento de máximo esplendor. Joven, exitoso y con sangre real.
Quizás por eso resulte más difícil entender qué llevó a Andrés a las mansiones de Jeffrey Epstein, y a tener que negociar los favores sexuales de una chica todavía menor de edad.
La californiana Virginia Giuffre tenía apenas 17 años, una vida de desesperación y abandono familiar que la empujó a formar parte del elenco de mujeres que Epstein tenía para abastecer a sus poderosos clientes.
Como se supo después a través del caso en la Justicia, Giuffre declaró haber tenido tres encuentros sexuales con el Principito. El primero de ellos en Londres, en la casa de Ghislaine Maxwell, la pareja y socia de Epstein en la trama de extorsiones y depredación sexual que conmovió al mundo.
Con las revelaciones del escándalo Epstein, todo se vino abajo para Andrés.
Acorralado por las evidencias y las investigaciones periodísticas, debió pagar 12 millones de libras para comprar el silencio de Virginia y de muchos de los grandes medios británicos que prefirieron no ahondar en el escarnio de una monarquía ya tremendamente deteriorada.
El libro autobiográfico de Virginia Giuffre, Nobody Girl, en el que describió las vejaciones en su vida junto a Esptein, y luego su suicidio en Australia el año pasado solo consiguieron hacer mucho más estrepitoso el derrumbe de la imagen de Andrés.
Su hermano, ahora el Rey Carlos III, debió sacarle los atributos como Duque de York y el castillo de Windsor. Le retiró todas las condecoraciones reales, pero la única que pudo conservar Andrés fue aquella medalla del Atlántico por las Malvinas.
34AZNWDH3JCXJKOXWYYPE24K6E
El drama es que el hundimiento para Andrés no termina allí.
Porque al haber asumido funciones institucionales como enviado especial del Reino Unido para el Comercio Internacional entre 2001 y 2011, la investigación sobre su pasado, su vida sexual y sus contactos en el mundo se centra ahora sobre los secretos de su país que pudo haber filtrado en todos aquellos días y noches living la vida loca.
Evidentemente, el Principito no era de quedarse callado.
La Justicia avanza sobre los secretos que le habría revelado a las personas equivocadas sobre la crisis financiera de Islandia, los problemas del Royal Bank de Escocia y hasta sus esfuerzos para facilitarle una reunión estratégica al fallecido dictador de Libia, el célebre y sanguinario Muamar Kadafhi.
¿Podía haber para el príncipe Andrés algo peor que una condena judicial y una caída social por abusos sexuales contra una chica menor de edad?
Sí, y ese parece ser el peor final para el Principito porque todos los caminos conducen a la posibilidad de otra condena, pero por corrupción como funcionario británico y por traición a su país.
Como en una tragedia griega, los trapos al sol de Andrés recorren el planeta cada vez más pequeño de la información digital y las redes sociales.
Ya no es ni será el Principito de aquellas fotografías de falso héroe.
Ahora es simplemente Andrés, un hombre perverso en el subsuelo personal de una existencia signada por el abuso y por la traición.