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Afuera, del otro lado del marco carcomido de la ventana, enmarcada a su vez en el agujero del mosquitero roto, está, casi inmóvil, la flor seca y espinosa de un cardo.

Adentro, de este lado del vidrio, está la cortina de tul, sucia, el respaldo del sillón, desgarrado en líneas verticales que recorren la curva desde la parte alta hasta los botones del medio del respaldo, arañazos hechos seguramente por los gatos que tuvo la tía Beba y que, cuando murió hace más de veinte años, el tío se encargó de meter en una bolsa y soltar en el monte, al borde del río. Mi madre me contó que quiso ahogarlos, pero después se arrepintió.

Afuera, más allá de la ventana y de la mata de cardos, en el medio del patio, está la jauría rodeando los restos del perro muerto.

Hace unas horas llegamos a la chacra con Omar. El auto tuvimos que dejarlo a unos cincuenta metros de la portera porque el camino erosionado en surcos y pozos profundos hacía imposible llegar con él. Con resignación, bajamos las cosas de limpieza y la mochila con la comida y caminamos por el borde de la calle, pegados al alambrado.

La noche anterior, después de dos años de batalla con mis primos, finalmente habíamos salido del estudio del escribano con la llave de la chacra en Las Brujas, o por lo menos lo que mi tío Apolonio había dejado: la casa y dos hectáreas en las que el vecino, don Héctor, plantaba boniatos.

La portera tenía un candado cerrado, probamos con todas las llaves que nos habían dado pero ninguna funcionó, así que Omar pasó entre los alambres del costado derecho de la portera y me esperó. Pasé la bolsa. Agachada, ya con mi cuerpo del otro lado, la pollera se me enganchó. Omar volvió para ayudarme.

—¿Ves que soy tu príncipe azul? —me dijo sonriendo mientras la desenganchaba del hilo de alambre de púas.

Al dar un segundo paso dentro del pastizal del jardín algo zigzagueó bajo mi pie derecho. Me asusté pero continué, siguiendo a Omar, avergonzada de mi miedo. El jardín, ahora abandonado, conservaba los arcos de alambre de las galerías, cubiertas en la parte alta por santarritas de flores violetas, blancas y anaranjadas, que aún protegen macetas con plantas secas.

La casa de ladrillos a la vista y tejas sobre la planchada ostenta, como un viejo que se agrega edad para merecer admiración, las cortinas de madera de las ventanas descascaradas, algunas rajaduras verticales en la pared de la entrada y musgo debajo del alero que la rodea.

La fachada y la puerta principal dan hacia el campo, de espaldas a la calle, así que entramos por la cocina. Al abrir la puerta, que fue verde, tuve un estremecimiento. Era como si el aire, denso con olor a humedad antigua, estuviera habitado, pero esa primera sensación se opacó al entrar al living y ver los objetos que me anclaban a mi niñez.

Cuando mi tío se jubiló, con la tía decidieron venir a vivir acá, a La Silenciosa, que había pertenecido a mis abuelos paternos; así que muebles y adornos eran la suma de dos generaciones de acumuladores.

Abrimos desde adentro la puerta principal, levantamos la pesada cortina del amplio living-comedor y, luego de un par de tirones, las dos hojas centrales de la ventana cedieron. La luz apurada invadió todo. Los elefantes con billetes en la trompa se habían multiplicado. Los dos bargueños, que tanto me fascinaban cuando era niña, se mantenían con sus vidrios opacos, reteniendo con celo las copitas labradas de colores, los juegos de clericó, las copas de champagne, las de licor, la caja de los cubiertos de fiesta. Incluso el sillón-cama era el mismo, con sus grandes flores violetas sobre un fondo azul y los almohadones hundidos donde dormíamos con mi hermana los fines de semana en que los tíos nos traían. La mesa del comedor y las seis sillas también eran las que recordaba.

En una de las paredes resistían platos con imágenes de pueblos medievales en color azul. En ángulo con la galería de platos estaban el reloj de carrillón de mis bisabuelos, parado en las tres y cuarto, con la puerta de vidrio abierta, y, al lado, el reloj cucú, que mi abuela ponía en hora y daba cuerda solo cuando nosotras, sus sobrinas preferidas, veníamos.

Omar miraba todo con asombro condescendiente.

—¡Es un museo! —Me miró y se dio cuenta que algo pasaba—. ¿Estás bien? —me preguntó.

No le respondí. A pesar de la tibieza del otoño, sentía frío. Me despejé con un sacudón de cabeza.

—Vamos a ventilar y a limpiar un poco a ver si la hacemos habitable —le dije—. ¿Qué hora es?

—Once y cincuenta, ¿por?

Sin responderle tiré de las piñas de madera que estaban en el extremo de las cadenas del reloj cucú para darle cuerda, y moví las agujas hasta ponerlo en hora. Tac tac tac: el sonido a madera hueca, el dulce de membrillo caliente de los pasteles recién hechos, mi tía mostrándome el vestido azul con la moña blanca, su mano sacudiendo los últimos hilos sueltos, su sonrisa. Tac tac tac.

Subimos la llave general. La lamparita que colgaba sobre la mesa del comedor parpadeó un par de veces, hizo una luz de explosión contenida y se apagó. Fuimos hasta el dormitorio. Omar levantó y bajó repetidamente el interruptor al costado del ropero para tratar de prender la pequeña araña de caireles en el medio de la habitación, pero no funcionaba.

Por la mínima luz que entraba entre las primeras tablas de la cortina que quedaban ligeramente separadas, distinguí la cama tendida, que estaba cubierta por la colcha multicolor de cuadraditos de croché. Tampoco prendía la única portátil sobre una de las mesitas. Comencé a levantar la cortina, pero cuando apenas asomó una franja de luz, la correa se reventó. ¡Brummm! La pesada cortina de madera cayó con un estrépito de derrumbe. Quedé con el pedazo de correa desflecado asomando entre mis manos como un ramo de flores marchitas. El cuarto volvió a la penumbra.

—No te preocupes, después reviso la portátil, debe ser una pavada —dijo Omar para tranquilizarme.

Me tomó desde atrás por los hombros con toda su humanidad de basquetbolista y me obligó a volver al living, dando pasos cortos, muy pegado a mi espalda, como jugando. Fue en ese momento que sentimos el hedor. Era olor a carne podrida. Empezamos a buscar de dónde venía.

En la casa no encontramos nada, pero en el jardín, debajo de una de las galerías, metido entre unos pastos altos, había un perro muerto. Era gris, mediano, de raza indefinida. Estaba echado de costado, pero la cabeza parecía descansar sobre el pasto, en una posición que no correspondía al resto del cuerpo. El pelo se había desprendido en grandes zonas y la piel parecía derretirse, dejando manchas aceitosas al borde del vientre. Los ojos eran cavernas redondas y negras. Decenas de moscas verdes zumbaban sobre el cadáver; de la boca abierta asomaba la lengua cubierta de gusanos. Me aparté y vomité entre dos macetas.

—Entrá a la casa que yo lo arreglo —me dijo Omar.

Con el agua que habíamos traído me enjuagué los restos gomosos de la boca. Me quedé apoyada en el marco de la puerta de entrada con la botella en la mano, mirando. Omar encontró un pedazo de alfombra en el costado de la casa, sacó una pala grande que había en la cocina, puso la alfombra al costado del animal muerto, tuvo que apartarse a respirar, dio un par de bocanadas profundas, me miró con una sonrisa fingida. Volvió a la galería, con la pala empujó el perro sobre la alfombra y, arrastrándola, llevó el cadáver hasta la portera. Entonces empezamos a escuchar aullidos y ladridos desde varias direcciones, algunos sonaban lejanos, pero otros parecían estar dentro mismo del terreno, aunque no podíamos verlos. Y fue ahí, exactamente ahí, que sentí que todo esto que fue tan mío ahora era un lugar ajeno, hostil, un espacio en el que éramos intrusos.

—Mañana vemos dónde enterrarlo —dijo Omar mientras se lavaba las manos en la canilla del jardín con una barra de jabón resquebrajado que estaba en el piso—. Es raro, sabés —agregó, mirando sus manos.

—No entiendo, ¿qué es raro?

—El perro, tenía el cuello desecho, como si lo hubiese matado otro perro.

Entramos. El aire parecía resistirse a llenar mis pulmones.

—¿Querés comer? —dijo Omar.

—Sí, pero afuera —le respondí.

Sacamos dos sillas del comedor, golpeamos los asientos para sacarles el polvo y las pusimos al costado de la puerta. Cada uno se quedó con una porción de la torta de pescado, tomamos agua directamente de la botella.

—¿Escuchás? —me dijo Omar.

—No. No escucho nada.

—Justamente, mirá alrededor. Está lleno de árboles, estamos cerca del monte y no se oyen pájaros.

—Sí, tenés razón.

En ese pentagrama plano, vacío, las ocasionales notas estridentes de los ladridos me sobresaltaban. Sacamos dos manzanas de la mochila y las comimos, tratando de hacernos bromas que nos devolvieran al humor con el que habíamos emprendido el viaje esa mañana.

Usamos las primeras horas de la tarde para limpiar el baño, la cocina, el living, pero el dormitorio lo dejamos cerrado. Debajo del sillón, apoyado en la capa de polvo acumulado, había un murciélago muerto, disecado. Omar lo tomó de las alas y tarareó el tema del Batman de la televisión.

—¡Dejá eso! ¡No seas asqueroso! —le dije, sonriendo.

Quedamos agotados.

En un cajón del aparador de la cocina encontramos una bombita de luz y cambiamos la que se había quemado sobre la mesa del comedor. La dejamos prendida. También había una vela que dejamos sobre la mesa.

—¿Sabés cómo se llama ese soporte de la vela? —le pregunté a Omar—. Palmatoria. —Omar rio—. ¡Ahhhh! ¿Viste que no sabés todo? Mi tía Beba me enseñó.

—Hoy dormimos acá —le dije luego, señalándole el sofá-cama—. Vení, vamos a armarlo así ya queda.

Recostamos el respaldo hacia adelante. ¡Traaac! Todo el armatoste se quejó con sonido de resortes oxidados, el respaldo cayó hacia atrás y quedó extendido, ligeramente vencido pero listo para cumplir su segunda función.

—Vamos a descansar un ratito —le dije a Omar, mientras me zambullía sin esperar respuesta.

—Te morís por tu siestita —me respondió con una sonrisa, acostándose al lado mío, acurrucando su cuerpo enorme a mis espaldas.

Miré desde mi nuevo ángulo el estante angosto que recorría toda la pared lateral, que el abuelo había hecho para las miniaturas de porcelana de la abuela, hasta que el sueño me ganó. Nos despertaron los truenos. Ya sentada al borde del sofá, sentí primero el sonido de la lluvia y unos minutos después, el olor a agua fresca sobre el campo. El pajarito del cucú dio las cinco.

En la cocina había queroseno y alcohol; después de varios intentos prendimos el primus, que al principio tiznó con una llama amarilla y un humo negro, denso. Omar encontró en un cajón debajo de la mesada una aguja de primus, maniobró metiendo el alambre en el oído del artefacto para destaparlo, hasta que la llama salió limpia, azul. Calentamos agua y preparamos mate. Nos asomamos al marco de la puerta. Las sillas del comedor que habíamos sacado se estaban mojando y las entramos. Recién ahí lo vimos.

En el medio del jardín, bajo la intensa lluvia, a unos diez metros de la puerta, estaba sentado un pequeño perro canela, de pelo hirsuto y orejas en punta. Los dientes de abajo sobresalían de su boca cerrada. Nos miraba con fijeza y alternaba con ansiedad las patas delanteras, como si no se decidiera a moverse hacia nosotros. Me dio pena verlo empapado, así que me agaché y lo llamé, pero no vino. Nos sentamos a la mesa del comedor a tomar mate y comer galleta de campaña, que habíamos comprado en un almacén en la ruta. Omar encontró un libro de Emily Dickinson que seguramente era de mi tía y nos alternamos, leyéndonos poemas.

La lluvia amainó y, a medida que el sonido se aplacaba, mientras yo leía con mi tono pausado y lánguido: «El agua se aprende por la sed; la tierra, por los oceanos atravesados; el extasis, por la agonia. La paz se revela por las batallas; el amor, por el recuerdo de los que se fueron; los pajaros…», Omar me hizo un gesto con la mano para que me callara, giró la cara prestando atención, con los ojos muy abiertos, y, aún con su índice en el aire, me dijo:

—¿Escuchaste eso?

Fuimos hasta la puerta. Una docena de perros, galgos, labradores, pitbulls, cimarrones y varios de raza indefinida, se movían emitiendo cortos gruñidos que terminaban en ladridos ahogados. El perrito empapado estaba adelante, era el único que nos miraba fijo. Los otros perros, también mojados, se movían ansiosos. Parecía que hubieran estado esperándonos. El perrito se dio vuelta y les gruñó. La jauría se puso en movimiento. Corrieron por el costado de la casa hacia el lado de la portera. No nos animamos a salir. El perrito giró y nuevamente quedó enfrentándonos, sentado sobre sus patas traseras. Unos minutos después asomaron dos perros por el pastizal lateral arrastrando algo. Antes de ver qué era, lo supimos por el olor. La alfombra con el perro muerto, ahora destrozado en varias partes, estaba en el medio del jardín. La jauría comenzó a comérselo arrancando pedazos del cadáver, peleando entre ellos, determinando jerarquías. Uno de los pitbulls, enfrentado al festín, tiró varias dentelladas hacia los costados, y el resto de los perros se retiraron, quejándose por la usurpación con cortos ladridos cobardes. El pitbull arrastró las vísceras, que quedaron desparramadas en el pasto, escarbó hasta que encontró el hígado, un globo amoratado que se distinguía entre la grisura de las tripas, lo mordió y este explotó dejando su cara blanca ensangrentada hasta las orejas. Recién ahí los otros perros volvieron a disputarse los despojos.

Omar tomó unos pedazos de una maceta rota que estaban en el zaguán y empezó a tirárselos a los perros mientras gritaba insultos. Golpeó a varios, que gimieron, pero el resto se puso en guardia, gruñendo. La jauría comenzó a avanzar hacia nosotros.

—¡Entrá por favor, Omar!

Omar entró y cerramos en el instante en que varios de los perros se dieron contra las viejas tablas de la puerta, que protestaron con crujidos de muerte. Dimos unos pasos hacia atrás y fuimos hasta la ventana del living. Entre ellos y nosotros solo mediaba el tejido mosquitero roto y una mata de cardos. Habían vuelto a su festín. Bajamos la cortina de madera dejando correr la cinta y cerramos la ventana. El cuarto quedó apenas iluminado por la lamparita sobre la mesa. Los dos nos fuimos a mirar por el pequeño vidrio central de la puerta, con el morbo del que aminora la marcha ante un accidente en la carretera, no para ayudar sino para confirmar que el muerto es otro.

La tarde se escurría, roja, violenta.

—¿Qué vamos a hacer? —le dije, al borde del llanto.

—Voy a aprovechar que están entretenidos para salir por la puerta de la cocina a pedir ayuda.

—Yo voy contigo.

—No, vos vas a abrir la ventana y a golpear las tablas de la cortina para distraerlos y yo salgo.

Lo abracé.

—Tené cuidado, por favor —le dije.

Comencé a golpear las tablas y Omar miró por el vidrio de la puerta:

—Está funcionando, dale, seguí que me voy.

La puerta de chapa de la cocina raspó el piso y se cerró detrás de Omar. Fui a mirar por la ventanita. La jauría no estaba. Solo quedaba el perrito, sentado, mirando hacia la casa. Corrí hacia la puerta de la cocina, le pasé llave y traté de oír algo. Nada. A pesar de que los perros debían haber perseguido a Omar, él seguramente habría conseguido llegar al auto para pedir ayuda.

—Él es muy rápido, muy rápido —dije en voz alta.

La noche llegó con una luna menguante pero luminosa, instalada en el medio del cielo. La jauría estaba de nuevo en su lugar, algunos descansaban echados, satisfechos. Rodeaban una pila abundante de huesos. El pitbull estaba echado al lado del perrito al que, como ofrenda, le había traído una paleta aún con hilachas de carne, y se lamía apacible las patas delanteras.

Prendí la vela, me aterraba pensar que la lámpara sobre la mesa, que se mantenía encendida desde que la repusimos, de nuevo pudiera estallar. El tiempo pasaba lento. Omar no demoraría en volver. El reloj avanzaba con su tac tac tac y el pajarito continuó dando todas las medias horas y las horas en punto. Entonces llegó el moscón verde. Zumbó sobre mí con un sonido meloso, desafiante, rodeándome la cabeza como si buscara una pista de aterrizaje. El solo pensar que venía de afuera, de compartir los fluidos del cadáver, me dio asco y rabia. Enrollé una revista vieja del revistero de mi tía y lo aceché blandiendo mi arma llena de amoríos de Libertad Lamarque y fotos de Rodolfo Bebán hasta que se posó en un cenicero de vidrio sobre la mesa, en cuyo centro, en azules, rojos y amarillos, aún podía leerse: «Recuerdo de las cataratas del Iguazú», aunque las letras estaban quemadas. El golpe fue certero, pero el cenicero cayó y se deshizo, repartiendo vidrios hacia todos los rincones. El moscón trataba de reptar sobre la mesa y con un segundo golpe lo aplasté, dejando sobre el mantel de hule una mancha viscosa con alas y patas descolocadas.

La luz del baño tampoco funcionaba y la lámpara de la cocina apenas alcanzaba a generar una mísera penumbra en el pasillo. Desde la puerta del dormitorio, entre las peleas y ladridos, me pareció oír un murmullo, voces graves. No pude entender lo que decían… pero no, no tenía sentido, no podía ser. ¿Y si era Omar hablando con alguien? Quería oír, pero no me animaba a apoyarme en la puerta. Solo se escuchaba a los perros y de fondo el seco tac tac tac del reloj. ¡Cállense, bestias, cállense! Como si estuvieran obedeciendo mi orden, por unos segundos no llegaron sonidos desde el jardín. Presté atención, pero no escuché nada más que el reloj.

Intenté dormir. Tac tac tac echada, boca arriba, veía la luz de la vela que desde el aparador generaba fantasmales imágenes móviles en el techo. Cucú cucú cucú. La vela se consumió y luego de que el pábilo se mantuviera prendido unos minutos en el cebo derretido, se apagó. Omar ya debe estar volviendo con ayuda. Tac tac tac cucú cucú cucú tac tac tac pero ya son las cuatro tac tac tac él llega en cualquier momento, sí. Mejor no duermo cucú cucú cucú. Sentí un ruido en la cocina, era como si algo arañara adentro del placar, debajo de la mesada; me ericé, casi me orino. Con un portazo cerré la cocina y quedé agarrada del picaporte. Entonces me pareció que los arañazos ahora estaban del otro lado de la puerta. Tac tac cucú cucú cucú tac tac. Me subí a un taburete, arranqué de la pared el reloj y lo reventé contra el suelo. El pájaro de madera quedó asomado sobre los restos, en la punta de su resorte, ahora flácido. Me puse a llorar.

En ese momento, una pequeña sombra negra cruzó desde abajo de uno de los bargueños hasta atrás del sofá. Pasó muy rápida, la vi desde esa zona de los ojos donde solo percibimos los peligros. Cuando giré la cabeza para entender, ya había desparecido. Esgrimiendo la escoba que había quedado apoyada al costado de un bargueño, moví el sillón desde la punta. Atrás no había nada. Entonces los arañazos comenzaron del otro lado de la puerta. Miré por la ventanita, la jauría ahora estaba reunida en el zaguán. No llegaba a ver cuál de ellos rascaba, pero no lo hacía con apuro. Miré a mi alrededor, revolví los cajones y encontré una cuchilla de trinchar. La puse sobre la mesa, agarré una silla y la tiré contra la pared, la levanté y tiré de nuevo hasta que quedó destrozada. Le arranqué una pata y me puse en guardia frente a la puerta con la cuchilla en una mano y la pata de la silla en la otra.

Omar, seguramente, llegará en cualquier momento.

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