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47 días para las elecciones. Un hombre sostiene una escalera contra una columna de alumbrado. Pocos metros más arriba, otro intenta vencer al viento irreverente del otoño para atar un rectángulo de plástico con el nombre y la foto de uno de los precandidatos a la Presidencia del país mientras la luz cenital lo baña todo de un color ámbar opaco.

Dos hombres como Hansel y Gretel dejando en la ciudad un largo camino de señaladores: carteles que me dicen que mi voto importa o que me presentan a quien aspira a gobernar el país. La columna, al igual que las demás que flanquean la calle a esta altura de la campaña electoral, suma así una capa a las demás que cuando reflejan de las luces de los autos se mueven como escamas multicolores en la fluidez de la vida urbana.

La ciudad ya lo sabe: empezó una nueva carrera política. Pero, ¿qué transformaciones atraviesan a Montevideo durante una campaña electoral? ¿Cómo se modifican los usos del espacio público? ¿Cómo se reclaman los territorios? ¿Qué puede decirnos de nuestro sistema político?

A medida que se aproximan las fechas que marca el calendario electoral los espacios públicos se adaptan y se convierten también en el soporte de la campaña política o en un actor más en la estrategia comunicacional de los candidato. “Lo pienso en esas distintas dimensiones que hacen a la transformación de la ciudad en un sentido más complejo que pensar la contaminación por cartelería, por sonidos o por el manejo del espacio público; sino que tiene que ver con la circulación de la militancia en la ciudad, cómo cambian los cruces emblemáticos de la ciudad y cómo empiezan a desarrollarse esas estrategias territoriales de los de los partidos y la militancia sobreponiéndose a esa otra vida cotidiana de la ciudad”, sostiene Leonardo Altmann, arquitecto, investigador e integrante del Instituto de Estudios Territoriales y Urbanos de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU).

La ciudad, dice Altmann, empieza a parecer un recurso del cual los líderes o los actores políticos también se nutren a la hora de proyectar su imagen en las redes sociales o en la prensa. “El presentarse en determinados lugares, en determinados ámbitos que de alguna manera validan, o no, ciertos relatos sobre la realidad nacional o departamental. La ciudad cambia en esas múltiples formas de escenografía y de apropiación del espacio”, sostiene.

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Diego Capandeguy, especialista en temas de urbanismo y docente de la FADU, dice que tiene "una visión bastante positiva de lo que pasa en el espacio público en Uruguay respecto a la apropiación política en campaña".

"La gran mayoría de las apropiaciones lo que reflejan es una sociedad democrática relativamente contenida. Por supuesto que cerca de cada una de las elecciones tenés un poco de saturación en términos visuales en algunos puntos de la ciudad, pero lo comparo con otros lugares y en países no democráticos no lo tenés, hay solo una propaganda única. Acá tenés cierto pluralismo casi anarquista en el uso del espacio, aunque intentan los partidos o los grupos tratar de no salirse mucho de las disposiciones. Es como un momento de fiesta democrática que las ciudades en Uruguay se dan, y creo que los momentos extremos son muy poquitos o suceden solo en algunos puntos".

Hay un tema más general de la apropiación urbanística del espacio: si una ciudad es robusta y democrática, coinciden los especialistas, está bien que eso pase periódicamente.

”La vida cívica tiene esas cosas y que la ciudad cambie sus colores y cambie sus texturas en este ciclo apresurado de la campaña donde de alguna manera se habilita legalmente la instalación de la cartelería, de los clubes políticos y de la parte de cartelería sobre los edificios, me parece que también es parte de la vida de la ciudad y es algo que está bueno poner en valor a la hora de pensar la cuestión de convivencia entre estos distintos grupos políticos. Es un lindo laboratorio para ver estos episodios de la ciudad”, dice Altmann.

Toda esa relación del espacio público y la política tiene que ver con rituales, con modos de apropiación del espacio, con formas de hacer política, de saber perder y de saber ganar.

Territorios, escenografías y liturgia política

¿Dónde se hacen los actos? ¿Por dónde pasan las caravanas? ¿Cuáles son las zonas por las que se hace una recorrida? ¿Por qué la militancia de los partidos se concentra en puntos que se han vuelto emblemáticos? Al mismo tiempo que se esbozan motivos estratégicos, hay una apropiación simbólica de los espacios públicos.

"Hay ciertas asociaciones que se van construyendo desde lo afectivo y lo identitario. Hay zonas que tradicionalmente están incorporadas al relato y la identidad de cada grupo, que también se vuelven litúrgicos. Por algo se llaman actos también, hay algo celebratorio o ritualista", sostiene el sociólogo Andrés Pampillón.

Estas capas que se superponen sobre la ciudad se juegan, para Capandeguy, en tres niveles. Un espacio físico, teóricamente objetivo. Un espacio social, con todos los usos que los colectivos y los segmentos sociales hacen de él. Y un espacio ficcional, más simbólico, de los rituales y los afectos. “Este triple juego: espacios físicos, espacios sociales de apropiaciones directas y un espacio imaginario que los ciudadanos se van construyendo sobre cómo utilizan esa política del espacio. Es dinámico en el tiempo y es bastante mágico en parte también”.

Lo que es notable, señala el experto, es que las apropiaciones simbólicas que hacen los montevideanos a lo largo de las últimas décadas han ido variando. "El territorio de los lugares de apropiación de los actos políticos fue cambiando, eso me parece que refleja los cambios de la ciudad. Seguramente en los 60' no hubieras tenido una caravana que vaya por la Rambla porque la centralidad de la ciudad en ese momento era casi exclusivamente dada por las grandes avenidas interiores", ejemplifica.

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Tres semanas antes de las elecciones internas la disputa en las columnas, los pasacalles y las pintadas no es únicamente entre partidos sino (y principalmente) entre sectores. Y cuanto más competitiva es la situación a la interna de un partido, más se traduce en la ciudad.

El cartel de Laura Raffo dialoga con el de Álvaro Delgado así como una imagen de Gabriel Gurméndez se superpone con la de Robert Silva o las listas que apoyan a Carolina Cosse y Yamandú Orsi compiten por un lugar en una columna. "Me parece divertido cómo se empiezan a torcer con el viento y se apoyan unos con otros como en una metáfora de conversación política en la que predomina el posicionamiento sobre el discurso. Ese desorden es como una metáfora espacial del debate”, dice Pampillón.

"Otra cosa que me parece interesante de esa cartelería es que está segmentada socio-territorialmente. Donde confluye más variedad poblacional es donde podés ver una variedad mayor de propaganda", acota el sociólogo.

El uso de la cartelería política es un tema que se discute no solo en Montevideo. En la capital, se rige bajo el digesto departamental D.2399 que establece que "dentro de los ciento veinte días anteriores a una elección nacional, departamental o municipal, se autoriza la propaganda por medio de carteles colgantes a lo largo y a lo ancho de la vía pública, pudiendo utilizarse como soporte las columnas existentes, salvo las de señales de tránsito".

La normativa establece una serie de condiciones a la hora de colocar la propaganda política, así como limitaciones y zonas de exclusión. Sin embargo, la discusión sobre la prohibición del uso de cartelería política se ha repetido en los últimos meses en Durazno, Salto y Montevideo, donde un proyecto fue recientemente archivado por la Comisión de Legislación de la Junta Departamental.

Pero no solo se trata del cartel. Los muros son, muchas veces, espacios de disputas locales que cambian de la noche a la mañana. "Hay una cuestión muy interesante de pensar en estos lugares de la ciudad, estos lienzos al aire libre, estos murales efímeros, que en algunos casos tienen un trabajo de pintura y significado que es potente, y hay otros que son simplemente un apellido y un número”.

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"Es como un guiño al debate sobre cuál es el alcance de la planificación urbana y de las actividades humanas dentro del espacio urbano. Más allá de que en una primera impresión –y es verdad– genera cierto desorden y cierta mugre, porque también es gracioso que candidatos que están hablando de la sostenibilidad ambiental llenan de plástico un espacio urbano, me parece que por ahí son paradojas interesantes para analizar", comenta Pampillón.

En la plaza, en los clubes y en las redes

36 días para las elecciones. La plaza del barrio está más agitada que lo que acostumbra cualquier sábado a la mañana. Es casi como un ejercicio sensorial: un jingle de 2019 se repite alternado con la voz de un vecino que anuncia que pronto estará allí un expresidente para hablar con los vecinos, mientras las banderas de colores ondean y el olor del mediotanque a lo lejos se mezcla con el del papel que me entregaron cuando atravesaba la plaza esquivando niños que corrían de un lado al otro sin mayor atención al revuelo del mundo adulto.

La experiencia sensorial de la campaña también está en la ciudad. Los olores, las imágenes, los sonidos. Todo se superpone sobre el territorio. “Entra por todos los sentidos la vida electoral. Tiene un componente absolutamente transversal en lo sensorial”, destaca Altmann y hace énfasis la afectación que la polución sonora puede tener sobre la vida en la ciudad.

"La militancia empieza a agregar color y aunque algunas cosas suenen vintage, como salir con banderas a repartir papeles en las ventanillas de los autos, muestra que hay una multitemporalidad en lo urbano. Tenés las nuevas tecnologías y la costumización o hiper segmentación de las redes, pero también lo ves espacialmente", sostiene el sociólogo.

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Montevideo entonces viste ahora los rostros de los precandidatos, los colores de los partidos políticos y los números de las listas junto a los pasacalles dedicados a las quinceañeras y las universitarias. La ciudad en algún punto se transforma en el escenario en el que se despliega el ejercicio de la vida política.

“Por un momento la ciudad se transforma en ese tinglado decorado del que hablaban Robert Venturi y Denise Scott Brown. En esa fachada, en ese cartón piedra de la comunicación política y es interesante cómo empieza a jugar como recurso el uso de determinados tramos de la ciudad por parte de muchos actores en su comunicación. Lo performático ocupa un lugar muy interesante en el mundo de las campañas y en la forma en la que se estructura la territorialidad de los políticos en la ciudad en este momento", considera Altmann.

"Empiezan a proliferar los clubes. En la era de la masificación, buena parte de la política sigue transcurriendo en reuniones chicas. Salvo los actos más hacia final de campaña, las reuniones de todos los sectores tienen una escala pequeña y son redes muy concretas", destaca el sociólogo.

Sobre este mismo tema Capandeguy sostiene que en el caso de Montevideo se abre la pregunta de si efectivamente los locales, respecto a lo que eran los locales en otro ciclo democrático, no son muchas veces lugares de apropiación simbólica del territorio. Mojones que marcan la presencia en la ciudad, el barrio o la esquina.

"En época electoral hay más medianeras que son objeto de apropiación o aparecen de golpe edificios con vidrieras enteras con ploteados con caras de candidatos, listas o consignas. Existe, pero es mucho más débil que la que tenés en las redes sociales porque por lo menos para una parte de los segmentos se juega en ese otro registro. Me da esa sensación que ahí la ciudad está presente, pero uno se pregunta si no es como un fondo escénico para una foto para una red social", dice Capandeguy.

La antropóloga Adiana Goñi por su parte destaca que Montevideo a nivel internacional es una es una ciudad con una cantidad de organizaciones sociales y barriales considerables. "Lo comparamos con otras ciudades y Montevideo tiene una construcción muy fuerte de la ciudad y del territorio, sobre todo todo lo que tiene que ver con lo público, desde esos comités, esas comisiones que se organizan, sea en las periferias, en la ciudad intermedia o en el centro".

En este sentido, la especialista y docente de la Facultad de Arquitectura observa una cierta tensión sobre el territorio. "La campaña política a veces tensiona sobre algún gesto en el espacio público o en la ciudad. Sería bueno explicitar cuáles son los planes o las propuestas para esos tres tipos de ciudad. ¿Cuál es el futuro para la periferia? ¿Cuál es el futuro para la ciudad intermedia? ¿Cuál es el futuro para el centro? ¿Con qué actores? ¿Cómo se está desarrollando?", pregunta.

"Hay historia cívica que subsiste en la ciudad"

29 días para las elecciones. Entre los gritos de los feriantes, pizarras con ofertas y el movimiento típico del barrio conviven militantes de todos los partidos. Afiches, listas y banderas del Partido Nacional se cruzan con las del Frente Amplio en el medio del mercado callejero.

“Hoy, cuando se habla mucho de cierta radicalidades, brechas o grietas, ves que bajo esa organización espacial incluso en momentos de intensidad persiste la convivencia”, dice Pampillón.

El sociólogo analiza entonces diferentes escalas de la comunicación política y el espacio urbano: "Desde la columna –buscando desde un punto de vista semiótico que la cara de candidato se conecte con tu cara desde el auto, desde la bicicleta, o caminando–, el espacio intermedio de los clubes y la gigantografía en los grandes estructuradores metropolitanos o corredores viales de la ciudad".

"¿Qué te está diciendo Yamandú o Álvaro, sentados o parados, en una gigantografía de varios metros e iluminación LED en los laterales linderos de un edificio? Se está presentando, está queriendo que vos naturalices su cara y ahí hay algo de la monumentalidad de la comunicación del poder en esa escala gigante. La comunicación política se ensambla en todas las estructuras de las escalas de análisis del urbano", sostiene.

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Pero, ¿qué pasa con la sumatoria de campañas en la ciudad? Una mirada puede apuntar a la contaminación que deja a su paso el período electoral, mientras otra perspectiva retoma el concepto del francés André Corboz, que entendía el territorio como un palimpsesto.

"Hay historia cívica que subsiste en pintadas, en números de listas, en apellidos, en fotos, en columnas en determinados lugares, en muros, que a veces quedan como residuos pero se resignifican como un cápsula del tiempo. Apellidos que se los llevó la historia o que después persistieron. Yo creo que es muy interesante pensarlo en esa lógica y entender que hay lugares en Montevideo que claramente tienen un destino de ser espacios de disputa, donde se ven todas esas capas de la vida cívica", sostiene Altmann.

Faltan 28 días para las elecciones (internas). La campaña electoral recién está comenzando y la ciudad será una vez más el territorio donde se dirima la vida política de sus habitantes.

En palabras del sociólogo: "El humano siempre ha usado el territorio como un lugar donde se imprime la vida".

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