Cuando tenía solo cuatro años Pablo Etchegaray comenzó a juntar sus primeros caracolitos y fósiles de mar en las playas de Punta del Este y Montevideo. Al poco tiempo llenó una caja, luego dos y cuando lo quiso ordenar ya tenia el garaje lleno de elementos que minuciosamente observaba y catalogaba. Era el comienzo de su museo, su primera colección, un sueño que había perseguido de niño. Después construyó con sus propias manos, un pequeño salón de madera en la zona de La Barra, dando inicio a este mágico lugar conocido como El Museo del Mar.
Pasaron más de 60 años de aquel niño que se apasionó por las curiosidades del mar. En cada paso que daba sumaba una nueva historia y una nueva experiencia para el visitante en este museo, que hoy tiene más de 5.000 especies documentadas. Cada fin de semana y en cada periodo vacacional los niños visitan este museo que hoy cuenta con muchas atracciones.
Sobre esos sueños de niño, Etchegaray comentó en diálogo con El Observador: "El museo surge como todo coleccionista, que después tiene que ordenar, y no hacerlo para uno si no poder exhibirlo. Justamente lo difícil es eso, poder exhibirlo y después poder sustentarlo. Coleccionar es la parte divertida. Siempre estamos juntando algo. Mientras esté vivo está en uno mismo".
¿Qué cosas vienen a buscar los niños en vacaciones?
Los chicos vienen a ver, a divertirse, a pasear, a sorprenderse, a ver cosas raras. Entretenerse mucho con algo simple como la sala de las profundidades, que es una sala oscura donde se ven sus ojos y sus dientes resplandecen porque imita las profundidades del mar donde todo está oscuro y solamente se ven algunos animales o peces que resplandecen, que son fosforescentes. Van a la sala de videos, van a la sala de dibujo, van a sacarse fotos con el tiburón afuera, esa es la parte entretenida. Después está la parte interesante, la gente muchas veces viene a entretenerse, a entretener a los chicos o a entretenerse a ellos mismos. A veces no doy abasto, es demasiada la información, si alguien viene acá una semana no le da.
Una vuelta vino un príncipe de Europa que vive en Suiza y me dice 'yo estoy acostumbrado a ver museos, pero lo que me pasó acá fue algo rarísimo que nunca me había pasado en un museo en Europa. Acá se me quedó la piel de gallina porque sentí que adentro había algo. Como que alguien estaba atrás de todo esto. Es como un museo vivo, una cosa rara, nunca me había pasado'. Y eso me llenó de emoción porque era una persona que está acostumbrada a ver museos.