Charly Alberti se levanta de la batería y le tira las baquetas al público. Recién ahí, cuando termina el show, es que por primera vez en la noche el baterista de Soda Stereo se dirige a la audiencia uruguaya. "Es como tocar en casa", dice, parado en el medio del campo del Antel Arena. Del otro lado de la cancha, su compañero Zeta Bosio saluda desde otra plataforma. "Los queremos, gracias por acompañarnos en este viaje al futuro", agrega el músico argentino.
La idea de viaje al futuro no es disparatada si se piensa que los espectadores que ocuparon el estadio en la noche del 2 de mayo vieron a lo largo de todo el show a un Gustavo Cerati holográfico en el escenario acompañando a sus dos compañeros de banda de carne y hueso.
Lo escucharon a él y a su guitarra como si estuviera ahí, rodeado de luces, láseres y un despliegue audiovisual apabullante, que incluye hasta unas visuales en 3D para las que se entregan unos lentes de cartón antes de entrar al recinto, y que se deben colocar cada vez que la pantalla gigante que está detrás de la banda lo indica.
Un viaje al futuro porque quién sabe, capaz dentro de un tiempo los "shows en vivo" son esto: gente que va a ver a músicos ya fallecidos, o a versiones más jóvenes de músicos vivos que ya no quieren o no pueden salir de gira. Son ir a escuchar canciones que significan algo para nosotros, rodeados de otra gente disfrutando de la experiencia colectiva, y con un bonito despliegue visual para facilitar la inmersión o la subida de material copado a Instagram. O capaz que es solo una opción más que se suma, y que algunos disfrutarán, mientras otros siguen exigiendo que los músicos estén en cuerpo presente, tocando ahí.
El de Soda Stereo es un viaje al futuro que a la vez es un viaje al pasado, no solo porque el Cerati que aparece en escena es el de 2007 (mientras que sus compañeros son los de 2026), sino porque las canciones vienen desde las décadas de 1980 y 1990.
El público se puede dividir claramente entre los que los siguieron en aquel momento, con sus canas, sus peladas y sus recuerdos; y los que están ahí porque lo heredaron. Hay muchos grupos familiares compuestos por padres, madres e hijos, pero hay también unos cuantos grupos de jóvenes que crecieron con este repertorio y es esta la forma que tienen de verlo en vivo. Son esos, los de menor edad de la audiencia, que cuando todo termina se abrazan y se limpian las lágrimas que les bajan por las mejillas.
Luz, cámara, acción
En esta época donde las opciones de entretenimiento son casi ilimitadas, para llamar la atención de la audiencia el requisito ha pasado a ser el de "ofrecer una experiencia". Soda Stereo la ofrece, sin dudas. Los estímulos visuales y lumínicos son constantes. El repertorio es implacable, y no deja éxito por fuera: durante los 105 minutos de show pasan por Nada personal, Ella usó mi cabeza como un revolver, En la ciudad de la furia, Sobredosis de TV, Persiana americana, Prófugos.
Pero es imposible que los ojos no se vayan al Cerati holográfico. No solo por el peso de su figura dentro y fuera de la banda que lo lanzó a la fama, sino también porque es el gran llamador, la gran curiosidad de esta gira Ecos.
Cuando Alberti y Bosio aparecen sobre el escenario y desde el otro lateral emerge una tercera figura, la mirada ya se posa ahí. Soda Stereo empieza el show desde atrás de un telón transparente. Un velo. Desde allí tocan las dos primeras canciones, y alguno se anima a dudar si lo que está viendo en realidad no es un doble.
Pero el velo se levanta y no. Efectivamente es un holograma. Y hay que decirlo, aunque se nota claramente la falta de corporeidad con respecto a los dos músicos vivos, el prodigio técnico es convincente. El holo-Cerati se ve creíble, sus movimientos (cruza de inteligencia artificial, captura de movimiento y renderizado 3D) son fluidos, se aparta del micrófono y toca sus solos.
Claro que esos solos son siempre los mismos. Idénticos. Este Cerati no pifia una nota, no improvisa. Siempre saluda diciendo "hola preciosuras" antes de la segunda canción, siempre presenta los temas de la misma forma, siempre saluda a Zeta y a Charly en el mismo momento y de la misma forma (quizás el momento más artificial de este recurso artificial).
Este Cerati mira siempre para adelante, con unos ojos que la tecnología todavía no logra dotar de expresividad humana. La posibilidad de verlo ante los ojos y que parezca que está ahí mientras suenan sus pistas no deja de ser sorprendente, pero al mismo tiempo hay una capa de artificio innegable.
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Al final, Charly y Zeta aparecen en sus plataformas entre la gente. En el escenario principal, la pantalla proyecta un montaje de distintos shows de Soda de toda su historia. En ellos, Cerati dice "tengo una linda canción para tocar", y arremete con De música ligera.
Mientras suena esa grabación y todos los Ceratis tocan la canción más famosa de la banda, sus compañeros lo acompañan a través del tiempo y el espacio en un estadio en Montevideo, donde no tocaban desde la década de 1980. La gente salta, aúlla la letra, gira con el celular en la mano tratando de capturar todo. Bailan en las tribunas. Hay una sensación de descarga, de liberación, de felicidad. Es curioso, quizás el momento más emotivo del show es cuando el holo-Cerati no está en el escenario.