Por un lado, aparece “la introducción de descuentos otorgados por bancos, a través de sus tarjetas de crédito”, y por otro “la aceleración a partir de la pandemia de cambios a nivel de comercio electrónico”.
“En el primero de los casos, si bien el PVP se respeta, la posibilidad de que una librería acceda al descuento de una tarjeta depende de su tamaño y de la capacidad financiera de asumir una pérdida de ingresos, lo que en la vía de los hechos redunda en una mayor concentración del consumo en grandes superficies o cadenas”, apunta el texto.
“En segundo lugar, la consolidación y crecimiento de plataformas como Mercado Libre alteran las dinámicas de funcionamiento del sector, al tiempo que generan una especie de mercado paralelo en el cual personas físicas o empresas unipersonales comenzaron a vender libros sin tener una tienda física, al que también se sumaron muchas librerías. En este espacio, totalmente desregulado, la dinámica impuesta es la de competir a partir de precios que muchas veces están muy por debajo del PVP ofrecido en librerías.”
En ese marco, las librerías independientes de la capital (y del interior) acusan una situación de “ahogo” y advierten: si esto no se revierte, si la idea no se hace ley, la cadena se termina de quebrar y el mapa de librerías del país cambiará radicalmente.
Martín Seoane, propietario y librero de la librería Amazonia, ha sido uno de los principales propulsores de esta iniciativa. Si bien la idea ronda al sector desde hace tiempo, Seoane empezó a trillar Tristán Narvaja y otros puntos “librescos” de la ciudad para entender qué estaba pasando con sus colegas. Descubrió que masticaban la misma preocupación que él.
Seoane recolectó más de treinta firmas y con ellas le planteó el tema a la Cámara del Libro. Allí lo tomaron, entendieron que la situación para el sector era alarmante y se armó una comisión para trabajar el tema. El primer intento de llevar el texto al espectro político terminó en la nada: la senadora Blanca Rodríguez tomó el tema, lo elevó al Ministerio de Economía y Finanzas y no encontró eco. La idea de una Ley de precio único quedó dormida.
“Sacamos el comunicado por eso. Cuando nos enteramos que había quedado ahí, en la nada, tuvimos que salir a decir lo que está pasando, porque nos vamos morir sin decir ni ay. No queríamos empezar a apagar las luces sin intentarlo”, dice Seoane a El Observador, que reitera que la situación para las librerías pequeñas es preocupante.
“Hay que hacer algo porque nos estamos ahogando, estamos con el agua al cuello de verdad. Cada vez tenemos que vender los libros más baratos para poder competir. Acá no es que hayan disminuido las ventas. Las ventas, más o menos, mes a mes, se mantienen. El tema es que tenés que bajarlos porque, hoy competís de forma desigual con las tarjetas, con Mercado Libre. Yo estoy preocupado, y todos los libreros también”.
Pero hay cierto optimismo, de todos modos, porque el ruido mediático que generó el comunicado de las librerías en los últimos días reflotó las conversaciones: Seoane cuenta que el lunes tienen agendadas dos reuniones con parlamentarios y el ministro de Educación y Cultura, José Carlos Mahía, aceptó reunirse con representantes de la Cámara del Libro en los próximos días.
¿Qué propone exactamente el proyecto de Ley de Precio Único para los libros? Para empezar, que se mantenga el precio fijado por los editores o la distribuidora durante los primeros 18 meses de existencia del libro, y que los descuentos estén topeados en un 10%, ya sea que se vendan en librerías o en una plataforma de comercio por internet. Este monto es, además, un descuento que se alínea con el “histórico” que se hacía con frecuencia en diversas librerías uruguayas. Los responsables del texto, por otro lado, quieren dejar claro que la implementación de esta eventual ley no significa que los precios de los libros vayan a subir. Y, sobre todo, muestran “el diario del lunes”. Ese que evidencia qué pasó con el sector del libro en los países que cuentan con una ley de este tipo, y qué pasó con los que no.
La gran amenaza
Álvaro Risso, presidente de la Cámara del Libro, remite a varios ejemplos extranjeros y asegura que si no se regula y se legisla la situación, después “se nos van a caer las lágrimas” porque “las librerías no van a sobrevivir”. El texto del documento que elaboraron, de hecho, se basa en la ley que hoy rige en Argentina.
“El diario del lunes indica por qué países con mercados del libro tan importantes, tan fundamentales como España, Alemania, Italia, Francia, Argentina, México, tienen la ley del libro. No creo que en Uruguay se llegue a instalar Amazon, pero tenemos otras plataformas ya. En Brasil, por ejemplo, se instaló Amazon y derribó a todas las librerías porque vendía libros al costo, no le importaba nada, porque ganaba con los zapatos, con los perfumes, los relojes, y terminó derribando hasta las grandes cadenas de librerías. Eso que ya hemos visto que ha sucedido en otros países, puede pasar acá a otra escala, porque hasta nuestras desgracias suceden a otro ritmo”.
Seoane cita también el caso de Chile, donde la presencia de Buscalibre, plataforma que vende libros de todo el mundo a precios más baratos, está horadando el ecosistema de las librerías.
“Esto no es un capricho de los libreros uruguayos, es un fenómeno que pasó en todos los países. Algunos encontraron esta solución de la ley de precio único, que no te garantiza nada pero por lo menos te empareja el terreno. Hoy la competencia es desleal. Hoy salen los bestsellers y los ves en plataformas de comercio electrónico el mismo día que salieron a precios muy bajos, porque no les importa ganar márgenes mínimos. Esta especie de pelea por quién lo vende más barato hace que no le termine sirviendo a nadie, o que le termine sirviendo solo a quien tiene en la espalda para soportarlo”, asegura Seoane, que además cree que la cadena del sector “ya está rota” y que esto sería lo único que, con tiempo, podría arreglarla.
En lo que se da en llamar la bibliodiversidad, tanto Seoane como Risso y todos los involucrados repiten que las librerías independientes son fundamentales. En estos espacios las editoriales pequeñas y los autores que no venden miles de ejemplares tienen la posibilidad de mostrar su obra, al tiempo que las propuestas culturales y el fondo de catálogo suele tener una identidad propia. En una época donde los terceros espacios están perdiendo pie en la vida de las personas, defienden esa existencia.
“Los libreros trabajan en las librerías. Si los libros empiezan a salir de galpones por dos mangos, ¿dónde van a trabajar? Se pierde la figura de la librería, además, que ha sido generadora de todo lo que rodea a los libros, el conocimiento, la educación en la lectura, la recomendación”, dice el librero de Amazonia.
“Nosotros entendemos que la bibliodiversidad es sumamente importante”, agrega Risso. “Los libros salvaguardan la diversidad cultural de comunidades, de lenguas, de identidades diversas. Como dice un amigo librero, los libros sirven para evitar el monocultivo de la mente. Entonces, la biodiversidad te da la capacidad, justamente, de pensar distinto, de pensar diferente, la biodiversidad te da la oportunidad de la experimentación literaria, de llegar a autores que tal vez vendan poco, pero que terminan siendo muy influyentes con el tiempo. Pero, ¿de dónde van a salir esos autores nuevos, talentosos, jóvenes, que publican en pequeñas editoriales under, que muchas veces no consiguen ninguna vidriera? El horizonte tiene que ser más amplio. No se puede mirar solamente el precio. Hay que mirar el libro en su conjunto. Hay que pensar en lo orgullosos que estamos los montevideanos de la cantidad de librerías que hay. Hay que pensar en que esas librerías ofrecen características distintas, no todas son iguales, y eso corre riesgo.”
La “batalla” por el precio único de libro tiene, entre sus enemigos principales, a una pregunta que surge casi de inmediato cuando se habla de topear descuentos y limitar la competencia: ¿qué pasa con la libertad de mercado? ¿Este proyecto de ley no atenta contra eso?
Risso, en nombre de la Cámara, tiene claro que no: “La libertad del mercado está buena y creo que funciona en el 99 % de los rubros, pero la libertad del mercado para el libro hay que entenderla en el marco de la complejidad de un bien cultural frágil. Al libro hay que cuidarlo, el libro tiene particularidades que no son las particularidades de la gastronomía, por ejemplo, que ofrece un descuento con una tarjeta de crédito y comés peor o mejor que en otro lado, y eso sí está dentro de las leyes del juego. El libro es igual en todos lados. El libro nuevo de Isabel Allende es el mismo en todas las librerías. No tiene diferente gusto, no tiene diferente sabor, no tiene diferente calidad. Es el mismo que vendo yo y que vende la librería de enfrente. Pero si la de enfrente logra, por determinadas situaciones, conseguir una rebaja, lo que va a hacer es matar a mi librería. Y de repente, esas librerías, que en general son pequeñas, son las que más logran la mencionada bibliodiversidad. Se tiene que entender que esto es un bien cultural y que la cadena del libro está siendo perjudicada. A la larga, esto es un problema que puede terminar en algo grave, y soy optimista de que los parlamentarios y las autoridades entiendan que es un tema difícil de comparar con otros”.