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Occidente navega un mercado petrolero intrincado: las sanciones a Rusia impactan su oferta, el shale estadounidense acusa fatiga y la guerra en Medio Oriente, con ataques a instalaciones y restricciones en Ormuz, expone como nunca antes la fragilidad árabe. En este entorno, el crudo de Brasil, Argentina, Guyana y Venezuela gana valor estratégico y multiplica ingresos, pero la bonanza también desata tensiones que desafían a sus gobiernos.

Aunque perdió protagonismo en la matriz energética, el petróleo mantiene un consumo en ascenso: hoy se usa casi el doble que en los 70. La transición energética avanza despacio y la demanda se concentra en transporte y petroquímica, sectores sin reemplazos efectivos.

EFE

Las grandes petroleras ya han asegurado posiciones en Sudamérica. Según Rystad, Brasil, Argentina y Guyana concentrarán cerca del 80% del crecimiento de la producción fuera de la OPEP en los próximos cinco años. En paralelo, Estados Unidos alineó a Venezuela bajo su estrategia de control del hemisferio occidental y se espera que su producción crezca en un entorno de flexibilización de sanciones y más inversión.

Bonanza y diésel

En febrero, Brasil alcanzó una producción de 4 millones de barriles diarios, un nivel superior al de Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, y comparable al de Irak. Los bombardeos sobre Irán dispararon el precio del crudo, que saltó de 77 a más de 100 dólares por barril y ahora oscila en torno a 97 dólares en el caso del Brent. Para Brasil, esto significa más ingresos por exportaciones y un impulso adicional al crecimiento.

Según el Ministerio de Hacienda, un Brent de 80 dólares por barril en promedio aportaría a Brasil un crecimiento adicional de 0,23% en su PIB.

Rodrigo Ribeiro, director ejecutivo de Constellation Oil Services, uno de los principales proveedores de plataformas de perforación en aguas profundas para Petrobras, explicó a Bloomberg que "Brasil continúa siendo el mejor mercado del mundo para la perforación en aguas profundas. Sudamérica gana importancia, no solo por la calidad de sus reservas, sino porque se percibe como una región más protegida y estable”.

Pero el encarecimiento del diésel se ha convertido en un dolor de cabeza político para el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en un año electoral. Brasil carece de capacidad suficiente de refinación y depende de importaciones para cubrir una cuarta parte de su consumo. Esa vulnerabilidad se amplifica porque más de la mitad de las mercancías se trasladan por carretera.

Lula da Silva en San Pablo - 20-11-25 - AFP

Luiz Inácio Lula da Silva

Desde que comenzó la guerra, el diésel se ha encarecido un 24% en las gasolineras brasileñas. Para evitar que ese aumento se traslade al precio de los alimentos, Lula lanzó un paquete de emergencia con subsidios y rebajas impositivas destinado a amortiguar el impacto y contener el malestar social.

“La directriz muy clara que recibimos del presidente Lula es que adoptemos medidas para evitar que la población brasileña sea afectada por una guerra en la que Brasil no tiene nada que ver y de la que tenemos una posición crítica”, dijo el ministro de Hacienda, Dario Durigan, en una rueda de prensa.

Petrodólares y gas

Apodada la “Patagonia Saudí”, Vaca Muerta concentra la segunda mayor reserva mundial de shale gas y la cuarta de shale oil. La cuenca argentina comenzó a desarrollarse hace una década, pero los controles de capital, la presión impositiva y la volatilidad económica frenaron su expansión. Con la llegada de Javier Milei y un giro promercado, la producción ya alcanza los 600.000 barriles diarios, dentro de un total nacional de 878.000 con proyección de alcanzar el millón este año.

Según el Instituto de Finanzas Internacionales, por cada 10 dólares que suba el precio promedio del crudo, Argentina recibiría 1.700 millones de dólares adicionales en divisas. El repunte de los envíos energéticos desde Vaca Muerta, sumado a una ola de financiamiento en dólares por parte de empresas locales, está dando aire a la moneda argentina, que tras años de debilidad comienza a fortalecerse en un entorno de menor inflación.

Milei en Davos 2026- EFE

Javier Milei

Pero, al igual que en Brasil, los problemas llegan por el lado del combustible importado. En marzo, el precio del gasoil registró un alza del 21% según el Instituto de Análisis Fiscal, y el impacto ya se refleja en la reducción de colectivos en servicio. Asimismo, el país enfrenta el aumento en los costos de importación del Gas Natural Licuado, justo antes del invierno, cuando la demanda se dispara.

Si bien en términos macro el dinero extra a recibir por el aumento en el precio del petróleo resulta superior al incremento en la factura por importación de gas, está por verse el efecto en la inflación y el malestar que puede generar en los sectores de menos recursos.

Midas en Guyana

Desde que en 2019 comenzó a explotar los yacimientos de petróleo la economía de Guyana se multiplicó por cinco y el país se ubicó en el radar de las grandes multinacionales. Exxon, Chevron y China National Offshore Oil Corporation lideran los proyectos en marcha y la producción ya se ubica en 900.000 barriles diarios.

El dinero está fluyendo. Los ingresos por petróleo rondan los 623 millones de dólares por semana, frente a unos 370 millones antes de la guerra en el Medio Oriente. El Estado recibe una parte minoritaria de lo que genera cada barril, porque las petroleras aún están recuperando costos.

Actual presidente de Guyana, Irfaan Alí, líder del Partido Progresista del Pueblo/Cívico (PPP/C). AFP

Irfaan Ali

Pero con los precios altos, esos gastos se saldarían hacia fines de 2026, un año antes de lo previsto. A partir de entonces, la participación del gobierno saltaría al 52% de los ingresos. Las compañías, sin embargo, planean seguir expandiéndose, lo que mantendrá baja la porción estatal en el corto plazo, aunque a la larga aumentará la recaudación. Si se cumplen las proyecciones, los ingresos estatales crecerán desde 2.500 millones de dólares en 2025 hasta 10.000 millones en 2030.

El gran reto para Guyana es evitar caer en la “trampa petrolera”. El riesgo es conocido: ingresos que suben y bajan sostienen gastos fijos, la economía se organiza en torno a la renta y la moneda fuerte termina debilitando a otros sectores. Para amortiguar esos ciclos, el país creó un fondo de ahorro, pero la incógnita es si el gobierno de Irfaan Ali, ahora con mayoría parlamentaria, respetará sus reglas y mantendrá la disciplina fiscal.

Dinero y calle

El brillo del petróleo vuelve a iluminar a Venezuela. El repunte de los precios internacionales abre un margen inesperado para una economía exhausta y, al mismo tiempo, refuerza la caja del gobierno de Delcy Rodríguez. Pero esa bonanza trae consigo un reto inmediato: traducir el ingreso extra en mejoras tangibles para una población agotada, que exige resultados rápidos tras años de deterioro.

Tras la operación militar de Estados Unidos que el pasado 3 de enero capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó a una cárcel en Nueva York para ser juzgado por narcotráfico, la producción petrolera de Venezuela, que había retrocedido bajo el cerco impuesto por la administración Trump a finales de año, comenzó a recuperarse junto con sus exportaciones.

Síntesis Financiera proyecta que en marzo las ventas de crudo alcanzaron un promedio de 940.000 barriles diarios, un aumento de 28% respecto a febrero, y solo en ese mes, por efecto del alza de los precios, el gobierno venezolano recibió 500 millones de dólares adicionales. Ecoanalítica estima que este año el Brent promediará 98 dólares, lo que implicaría 13.800 millones de dólares extra.

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Delcy Rodríguez

Los sondeos reflejan un país esperanzado. Según el estudio de marzo de AtlasIntel, 64% de los venezolanos confía en que su situación económica mejorará en los próximos seis meses, un reto para la administración de Delcy Rodríguez, que comienza a lidiar con una población que, tras años de férrea represión, vuelve a tomar las calles para reclamar aumentos de salario, ajuste en las pensiones y mejoras en las condiciones laborales.

Tras años de represión, los sindicatos vuelven a ocupar las calles. Esta semana, la presidenta recurrió a la policía para frenar una marcha hacia la sede del gobierno y prometió un aumento salarial “responsable”. El gesto no alcanzó para contener la presión: todo indica que la tensión entre su administración y la sociedad venezolana seguirá creciendo. La pregunta es si podrá sostener la estabilidad en medio de un malestar que ya no se oculta.

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