El virus lleva el nombre del río Hantaan, en Corea del Sur. Fue allí, durante la Guerra de Corea en 1950, donde los médicos militares se toparon por primera vez con una epidemia que no podían explicar. Soldados en trincheras morían de algo que no respondía a ningún tratamiento. Les empaparon la ropa con insecticida, pero sirvió de nada: el enemigo no picaba, se respiraba.
Los soldados cavaban donde vivían los roedores y el virus estaba en el polvo. Recién en 1978, el científico coreano Ho Wang Lee aisló el agente causante luego de pasar años atrapando ratones en la zona, y lo bautizó con el nombre del río. La historia del virus es más larga de lo que parece: a veteranos finlandeses de la Segunda Guerra Mundial se les hicieron análisis décadas después, y todavía conservaban los anticuerpos.
El salto a América ocurrió en 1993, cuando un brote en el suroeste de Estados Unidos mató a más del 75% de los infectados. El virus se llamó primero "Muerto Canyon", luego "Four Corners", pero los lugareños rechazaron ambos nombres porque no querían asociar su territorio con una enfermedad mortal. Terminó llamándose "Sin Nombre". La entidad clínica se conoce como síndrome pulmonar por hantavirus. Poco después apareció en Sudamérica.
El virus del crucero no está en Uruguay
La variante Andes Sur, responsable del brote en el MV Hondius, tiene una característica que la separa de todas las demás cepas conocidas: es el único hantavirus que puede transmitirse entre personas. Eso explica lo que pasó en el crucero. Aun así, para contagiarse se necesita contacto muy estrecho y prolongado, no alcanza con estar en el mismo espacio.
Su reservorio es el ratón colilargo grande (Oligoryzomys longicaudatus). "Es una especie que no está en Uruguay. Los roedores, como muchas especies animales, tienen diferentes distribuciones geográficas", dice Adriana Delfraro, profesora grado 4 de Virología en la Facultad de Ciencias (Udelar), quien lleva décadas estudiando el hantavirus en el país.
El que sí está acá es el colilargo chico (Oligoryzomys flavescens), cuya cepa nunca mostró transmisión entre personas. Y tampoco es el ratón de la ciudad: el que vemos cerca de los contenedores es una especie introducida, no nativa. El colilargo chico es silvestre, de campo, ligado a las chacras y las plantaciones. "Más que tratar de identificar visualmente el ratón, lo que hay que hacer es evitar el contacto y mantener domicilios, galpones y depósitos libres de roedores", dice Delfraro.
¿Y si el ratón ya no está, el virus sigue en el ambiente? Menos de lo que se cree. "El virus es bastante degradable en la naturaleza, por la luz ultravioleta. El hipoclorito de sodio lo degrada rápidamente. No es que sea muy resistente", explica. El riesgo real está en aspirar partículas de orina o materia fecal de roedores infectados, sobre todo en espacios cerrados. Aunque no solo ahí: "Muchas veces los contagios no han sido en lugares cerrados. Pasa por estar trabajando en el campo, limpiando una cosechadora, realizando las tareas normales de cosecha o trabajos en la tierra".
El primer caso en Uruguay se registró en 1997, en un trabajador rural de Melilla. Tenía los síntomas de una gripe fuerte: fiebre, dolores musculares. Lo trataron como una infección vaga durante días, hasta que terminó intubado en CTI. El perfil se repitió sistemáticamente: hombres jóvenes, trabajadores rurales, y una mortalidad de alrededor del 20%. Las zonas con más casos están en el sur —Montevideo, Canelones, Rocha, Colonia— aunque desde 2009 aparecieron también en Artigas y Paysandú.
Esa distribución tiene que ver con la abundancia de roedores y con el tipo de actividad humana. "Una actividad ganadera extensiva en algunas zonas del norte no te da esa chance mayor de contacto. Se combinan varias variables", explica Delfraro. Los factores climáticos también cuentan: en Estados Unidos se comprobó que los años del Niño aumentan las poblaciones de roedores y, después, los casos humanos.
El síntoma que no parece hantavirus
El Hantavirus arranca como cualquier enfermedad respiratoria: fiebre, malestar, dolores musculares. Eso es parte del problema. "Lo más indicativo, lo que más la distingue, es una súbita dificultad respiratoria", dice Delfraro. "El caso que va a una emergencia son personas que llegan ya con una dificultad respiratoria importante, personas jóvenes que están en su plena vida laboral. No es esa persona anciana que de repente sospechás otra cosa."
El período de incubación va de una a cinco semanas, lo que complica el diagnóstico. Y si el paciente no menciona que estuvo en zona rural, el médico de guardia probablemente no piense en hantavirus. La enfermedad es de notificación obligatoria, pero el protocolo se activa solo cuando el médico sospecha. "Si llega una persona con determinadas características en su sintomatología y el médico sospecha que puede ser hantavirus, se hace una ficha epidemiológica donde se recaban datos de dónde vive, qué trabaja", explica la viróloga. Haber estado en el campo, haber limpiado un galpón, haber removido tierra: contarlo en la guardia puede cambiar el diagnóstico.
No hay tratamiento específico. El manejo es de soporte: oxígeno, hidratación, ventilación mecánica en los casos graves. Y tampoco hay vacuna. Delfraro es directa: "No hay ninguna vacuna aprobada ni en uso". El desarrollo avanza despacio porque es una enfermedad localizada en regiones específicas, requiere condiciones de bioseguridad nivel 3 para trabajar con el virus, y una vacuna efectiva tendría que cubrir múltiples variantes de todo el continente. "Quizás no es redituable económicamente invertir en el desarrollo", dice.
Hay un caso que ilustra bien la lógica del problema. La fiebre hemorrágica argentina, también transmitida por roedores, tampoco le interesaba a ningún laboratorio comercialmente. Fueron científicos argentinos con apoyo del Estado los que desarrollaron y produjeron durante décadas la vacuna contra el virus, y los casos cayeron de forma sostenida. Con el hantavirus pasa algo parecido: hay grupos trabajando, pero el interés comercial no acompaña. Las vacunas de ARN mensajero abren una posibilidad tecnológica, pero el financiamiento sigue siendo la pregunta sin respuesta.
El brote del MV Hondius fue, en números, un evento chico: ocho casos, tres muertos. Uruguay registra eso o más en un año normal, sin que genere mucha alarma. La diferencia no es de gravedad sino de quién se enferma. Un crucero con turistas europeos tiene cobertura global. Un trabajador rural en el interior de Uruguay, no.
El hantavirus no es el próximo COVID: no se contagia en el ómnibus, no cierra ciudades, no colapsa los sistemas de salud. Pero lleva casi 30 años circulando acá, mata a uno de cada cinco que se enferman gravemente, y la prevención pasa en buena parte por saber que existe. Ventilar antes de entrar a espacios cerrados, usar tapaboca al remover tierra en zona rural, y decirle al médico que se estuvo en el campo si aparece fiebre con dolores musculares. Un dato que, en el momento justo, puede ser suficiente.