En el imaginario colectivo uruguayo, el concepto Uruguay Natural suele materializarse en imágenes conocidas: el campo abierto, las costas del este o nuestras praderas serenas. Sin embargo, bajo la superficie de este paisaje existe un universo diminuto que suele pasar desapercibido. Charles Darwin, en sus recorridas por el Río de la Plata entre 1832 y 1833, dedicó tiempo a estudiar la fauna local, pero fue recién en 1881 cuando demostró algo revolucionario: las lombrices de tierra no eran plagas agrícolas, sino las verdaderas arquitectas de la capa más fértil del planeta.

Casi un siglo y medio después, en la localidad de Santa Bernardina, en Durazno, esa intuición darwiniana cobró una dimensión institucional sin precedentes en el país. Con la celebración del primer Congreso de Lombricultura, Compostaje y Economía Circular el pasado 12 de setiembre, y la consolidación de la Asociación de Lombricultores del Uruguay (ALU), el sector dio un salto hacia la formalización para responder a una urgencia ambiental que no admite prórrogas.

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"La asociación fue creada en diciembre de 2024. Me tomó apenas ocho años crearla" relata Fernando Muñoz, presidente de ALU y fundador del emprendimiento Lombriplus. "Es la primera vez que existe algo similar en toda la historia de Uruguay".

La radiografía de la bolsa de basura

Para entender el valor de la lombricultura no hay que ir al campo, sino a cualquier contenedor de la ciudad. Las cifras ambientales del país marcan un punto de partida contundente: cada uruguayo genera en promedio 1,1 kilogramos de residuos al día en el área metropolitana, lo que suma una producción nacional cercana a las 3.660 toneladas diarias de basura.

Dentro de esa bolsa cotidiana, más del 50% corresponde a desechos orgánicos (cáscaras, yerba, restos de hortalizas). En los vertederos y rellenos sanitarios, esa mezcla fermenta de forma anaeróbica, generando lixiviados y emisiones de gas metano. Frente a ese volumen, la bioconversión mediante lombrices aparece como una tecnología biológica capaz de procesar y recuperar materia orgánica en tiempo récord.

"Esa basura, con ciertos requisitos y cuidados, se le da a una cantidad específica de lombrices. En 70 días te la gestiona y a las 48 horas ya eliminó el olor", explicó Muñoz. En el ámbito urbano, el titular de la asociación derriba un mito común sobre el alcance del vermicompostaje: “En Uruguay tenemos más lombrices en la parte urbana que en el campo. La gente cree que ponemos la lombriz y es magia; no hay nada de magia. Para empatar nuestro ritmo de desechos tendríamos que tener en cada hogar mil lombrices por cabeza”.

Uno de los momentos centrales del congreso en Durazno fue la presentación del Dr. Patrick Lavelle, profesor emérito de la Universidad de La Sorbona y referente internacional en ecología de los suelos. Lavelle recurrió a una analogía para explicar la dinámica microbiológica del terreno: la hipótesis de la "bella durmiente".

En el suelo, la mayor parte de las bacterias y microorganismos descomponedores permanecen en un estado de latencia o "sueño" debido a la falta de agua y nutrientes de fácil acceso. La lombriz actúa como el "príncipe azul" de esa historia: al ingerir la tierra y los restos vegetales, secreta en su intestino una mucosidad rica en agua y azúcares simples que "despierta" instantáneamente a la microbiota. Al defecar ese material procesado, la lombriz no solo aporta nutrientes directos, sino que estimula la actividad de los microorganismos listos para airear y mineralizar el suelo, liberando nutrientes para las raíces de las plantas.

La trabajadora de la ciudad: Lombriz roja californiana

A diferencia de la lombriz de tierra común, que necesita cavar galerías profundas en el terreno, la estrella del vermicompostaje urbano e industrial es la lombriz roja californiana (Eisenia fetida).

“Esta lombriz es voraz, le gusta comer y tiene una característica especial: no le gusta enterrarse mucho, vive en el horizonte cero”, destaca el presidente de la ALU. “Es como un tractorcito: va comiendo y avanzando, y no retrocede porque para atrás no queda nada. Lo que queda atrás es lo que digirió y defecó: primero vermicompost y después humus”.

Este anélido habita en la capa más superficial, come diariamente un volumen equivalente a su propio peso, tolera la densidad de población sin estresarse y duplica su colonia aproximadamente cada dos meses en condiciones óptimas. Por estas características, se ha convertido en la herramienta ideal para sistemas de compostaje vertical en balcones y apartamentos, donde procesa restos de cocina y el infaltable residuo de yerba mate (siempre que se incorpore de a poco y templada), evitando la fermentación anaeróbica y los malos olores.

La proyección de la lombricultura en Uruguay trasciende el ámbito doméstico. La ALU firmó un convenio marco a cuatro años con la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República (Udelar) con el objetivo de caracterizar y certificar la calidad del humus producido en el país, estableciendo estándares técnicos y científicos para el mercado.

“Buscamos tener el respaldo académico para que el producto sea correctísimo y se genere un vademécum de los productos que se hacen en Uruguay a nivel académico”, sostuvo Muñoz.

En paralelo, se avanzó en experiencias piloto junto a OSE para el tratamiento de lodos sanitarios provenientes de plantas de efluentes. Según el organismo estatal, el vermicompostaje se aplica en algunas localidades como una técnica de bio-oxidación y estabilización de la materia orgánica, mediada por la acción combinada de lombrices y microorganismos, para transformar el lodo en un producto final estabilizado con características de abono antes de su disposición final.

“Los lodos de OSE representan una complejidad a nivel nacional y la lombricultura ofrece una alternativa ecológica y económica”, señala Muñoz sobre el proyecto.

A nivel municipal, intendencias como Canelones, Durazno, Flores y Montevideo mantienen programas de compostaje o pruebas para absorber residuos del ornato público y agroindustriales (como contenido ruminal de frigoríficos o deyecciones avícolas), integrando la biotecnología a los planes de gestión ambiental urbana. “A la intendencia le estamos diciendo: ya ha llegado el momento de que todo lo que es ornato público, jardines y parques, se fertilice con los mismos residuos orgánicos transformados”, sostiene Muñoz.

Lo que comenzó como un esfuerzo artesanal busca consolidarse en Uruguay como una red formal de economía circular, donde un organismo diminuto asume la tarea de transformar toneladas de residuos diarios en uno de los insumos más valiosos para la tierra. Como concluye el propio Muñoz sobre el lugar que ocupa el país en esta disciplina: “Ostentamos el bicampeonato, como digo yo: la primera sociedad de lombricultores del mundo es la British Urban Society en Inglaterra, que nunca cerró, y la número dos es la de Uruguay. A veces pienso que deberíamos incluir la lombriz en nuestro escudo nacional”.

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