Aquel domingo 8 de mayo de 1988 un cielo encapotado sobre Melo amenazaba con no dejar aterrizar el avión que traía al papa Juan Pablo II. Entre las autoridades reunidas al borde de la pista corría el temor y la duda sobre si podría bajar. Allí también estaban un niño y una niña ataviados de gauchito y chinita que llevaban un ramo de rosas blancas y amarillas, los colores papales, que le entregarían al pontífice.
Esa niña, Celina Menéndez, hoy tiene 45 años y cuenta a El Observador que vive con sus dos hijas en la misma casa familiar en la que esa mañana de mayo se preparó para recibir al sucesor de San Pedro, cabeza de la Iglesia Católica. Los recuerdos de aquellos días permanecen como fotos en su memoria y la llegada de León XIV sirve para traerlos al primer plano.
Un dato histórico que llevó al papa a Melo
La presencia de Karol Wojtya en Melo no fue una casualidad de agenda. Tras su paso por Uruguay en 1987, el pontífice resolvió regresar al año siguiente con la premisa de visitar las diócesis más antiguas del país: Salto, Florida y Montevideo. Sin embargo, el padre de Celina —Félix Menéndez, fallecido hace unos meses, un apasionado de la historia de la Iglesia— intervino con una precisión documental ante el recordado obispo diocesano, monseñor Roberto Cáceres. Le demostró que Melo antecedía a Florida y a Salto: por esas tierras habían entrado los portugueses y erigido las primeras estructuras eclesiales. Cáceres acogió el argumento, hizo gestiones ante Roma y la capital de Cerro Largo se incorporó al mapa de la gira internacional.
En agradecimiento, el propio monseñor propuso que uno de los ocho hijos de la familia Menéndez asumiera un rol protagónico en la bienvenida y le entregara a Juan Pablo II un regalo a los pies de la escalerilla. El papa tenía la costumbre ineludible de postrarse y besar el suelo apenas pisaba tierra extranjera. Los padres de Celina, Félix y Marita Dutra, idearon el ramo de rosas con los colores papales. Junto a ella estaría Juan Pablo, el nieto de una empleada del obispado, de quien Celina no supo más. Sólo sabe que vive en Montevideo.
El mensaje que le dio Juan Pablo II
Celina dice que de aquella jornada histórica tiene "como fotos" en su cabeza. "Mi madre vistiéndome acá en mi casa (ahora estoy viviendo en la misma casa en la que vivía la familia en ese momento), haciéndome las colitas, me acuerdo también que llegó Mirna, una amiga de mamá, esposa de quien era corresponsal de El País, que estaba en todo el tema de las fotos, llegó mi madrina de confirmación. Juan Pablo, el niño que me acompañaba, se había quedado en casa esa noche para arreglarse acá y salir juntos".
Al arribar al aeropuerto, el nerviosismo de los adultos dominaba el ambiente debido al clima, aunque finalmente no hubo incoveniente. Celina recuerda que una hilera compuesta exclusivamente por hombres, algo que dice convencida hoy no sucedería, aguardaba el descenso para saludarlo. Allí estaban el presidente Julio María Sanguinetti y el intendente departamental, Rodolfo Nin Novoa.
Cuando el pontífice tocó tierra y avanzó por la alfombra roja, el padre de Celina se inclinó, le besó el anillo y pronunció una frase de bienvenida en perfecto polaco. Se lo había enseñado uno de los cuatro obispos que se habían hospedado en casa de los Menéndez esa noche y conocía el idioma del papa.
—«¿Polaco?» —preguntó sorprendido Juan Pablo II. —«No, no; criollo, criollo» —respondió el melense mientras se incorporaba, una escena que quedó congelada para siempre en los archivos gráficos y en la mente de Celina.
Cuando estuvo frente a la niña, el Pontífice le dio un beso y le regaló un Rosario, que todavía conserva y atesora. Les preguntó a ambos niños si sabían rezar el Rosario. Celina contestó que sí con naturalidad —en su casa se rezaba en familia cada noche—, mientras que el pequeño Juan Pablo admitió con franqueza que no.
Juan Pablo II giró hacia Celina y le dijo: "Te regalo este Rosario y tenés que enseñárselo a rezar a mucha gente".
"El Rosario lo tengo muy atesorado. Siento que se lo enseñé a rezar a mucha gente pero que todavía me falta enseñárselo a más personas, así que bueno, creo que todavía lo tengo en falta", afirma.
Al día siguiente, el 9 de mayo, la imagen de Celina entregando las flores al papa dio la vuelta al mundo. Una joven becaria estadounidense que había visitado Melo y se había alojado en casa de una tía de Celina, desayunaba en California, cuando vio a la pequeña uruguaya en la portada del periódico de su padre. Se comunicó con la familia Menéndez para contarles y días después le envió el recorte a Marita, que aún lo conserva.
Recorte de un diario de California del 9 de mayo de 1988
Fotos de Celina Menéndez
Dos hijas consagradas y una devoción que la acompaña siempre
Ante la pregunta de que le dejó aquel encuentro con Juan Pablo II, Celina no duda en afirmar que tiene una devoción inmensa por el papa santo. "Siempre le pedía cosas en vida, después de su fallecimiento en abril de 2005, fue mi santo guía. Siempre rezo su estampa pidiéndole cosas y todo lo que le pido, me lo concede. Es impresionante. Es mi santo guía, es mi amigo", dice.
Esa devoción marcó también la llegada de sus hijas. La mayor, nacida el 18 de octubre de 2011, lleva el nombre de Fátima, en honor a la advocación mariana a la que el Papa atribuyó haber desviado la bala que le disparó el turco Ali Agca en la Plaza de San Pedro.
Su segunda hija, nacida el 31 de julio de 2014, se llama María Paz, inspirada en la letanía que el papa polaco incorporó al rezo universal del Rosario: «María de la Paz, ruega por nosotros». Ambas crecieron venerando el rosario original que el Santo Padre dejó en manos de su madre.
Ahora ellas tienen 15 y 12 y conocen la devoción de su madre hacia Juan Pablo II y empezaron a rezarle, ya que en la casa está muy presente al Pontífice que fue canonizado en 27 de abril de 2014 por el papa Francisco.
El enojo con "El baño del Papa"
La visita papal quedó reflejada de costado en la película El Baño del Papa, que ahora volvió a emitirse en cines. Sin embargo, Celina dice que no le gustó lo que retrató. Su padre integraba la comisión organizadora local, que originalmente había planificado otorgar entre 10 y 15 permisos fijos para puestos de hidratación y comida. No obstante, la intendencia resolvió liberar el comercio ambulante a cualquier vecino que quisiera instalar un carro de chorizos, hamburguesas o panchos.
La expectativa desmedida chocó contra la realidad. Cientos de familias se endeudaron comprando provisiones masivas que nadie consumió. Celina recuerda las anécdotas que contaba la propietaria de la fábrica de chacinados Lito Gómez sobre que pasaron meses con las cámaras frigoríficas atestadas de mercadería que no se había vendido. "En lo personal no me gustó que la película hiciera foco en eso y no mostrara nada de la venida del Papa; me pareció hasta una falta de respeto", sostiene al recordar cómo la narrativa popular redujo la trascendencia del encuentro espiritual a una frustración comercial.
La llegada de León XIV
La inminente llegada del papa León al país reabre la memoria en una sociedad que, aun desde su arraigado laicismo, suele conmoverse con el paso de los papas por el país, dice la melense que es profesora de Matemáticas y da clases en el Liceo N°1.
Celina se había anotado para viajar a Florida con el grupo que partirá desde la catedral de Melo para asistir a la misa del papa León XIV, pero finalmente un tema de salud y motivos laborales le impedirán asistir. Sí pudo estar en la Virgen de Aparecida, en 2007, cuando Benedicto XVI visitó Brasil.
En su opinión es muy bueno que un papa visite al Uruguay. Por un lado, porque moviliza a la gente. "Cuando vino a Melo, mucha gente me decía que aunque no era católica, lo había visto pasar en el papa móvil, la miró y estaba movilizada". Por otro lado, destaca que un acontecimiento así pone al país en el mapa internacional porque vienen periodistas de todo el mundo y fieles de otros países también.
Para ella, la cita definitiva ocurrió hace 38 años en Melo, donde aquella niña de siete años le entregó rosas al vicario de Cristo que se convirtió en su santo guía que siempre intercederá por ella.