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¿Cómo está el smog?

La pregunta era cantada cada vez que alguien volvía a su provincia después de haber visitado Beijing, la capital del país. Así lo cuenta el profesor Xiong Li Li, de la Universidad de Negocios Internacionales y Economía, que todavía recuerda esa China de su adolescencia en la que la comida era racionada, la ropa era limitada, en la que la palabra consumo era no solo una mala palabra, sino casi un insulto en medio de la pobreza que todavía azotaba a gran parte del país de economía rural.

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—En la universidad en la que trabajo, ¡están sacando los aires acondicionados! Para los chinos, el aire acondicionado en Beijing no era confort, era una necesidad.

La clase que dicta ahora es a más de una veintena de periodistas de países de África y de Asia, y dos representantes latinoamericanos. Cualquiera que no esté acostumbrado a vivir en una atmósfera contaminada mira por la ventana del hotel Yuyang de la capital, Beijing, y no termina de entender: en un día soleado, el smog sigue ahí, puede notarse con claridad.

Sin embargo, quienes lo han vivido, no solo notan los cambios: los cuentan con orgullo.

La explicación está en el vertiginoso desarrollo que ha tenido el país en los últimos 40 años que, para muestra, no hay que mirar solo hacia arriba, sino también hacia abajo: en la meca de los autos eléctricos, el tránsito se ha silenciado y la contaminación ha empezado a mostrar señales de disminuir.

Los hay de todas las marcas, de las chinas, que han sabido conquistar el mercado en Uruguay y en América Latina, pero también de las tradicionales marcas europeas. Incluso Tesla se ve rodar por las avenidas de Beijing.

Xiong Li Li cuenta que, al día de hoy la fabricación de autos eléctricos en el país ha crecido de forma exponencial y que los chinos van rápidamente cambiando su manera de movilizarse. Sobre todo, por el precio, pero también por una cuestión de practicidad. En la capital, debido a la cantidad de gente, los vehículos a combustión tienen días prohibidos para circular. Como pasa en varias ciudades del mundo, sus días permitidos varían según el número de chapa. La ciudad, repleta de cámaras, multa automáticamente a quienes infringen. A la ida, y a la vuelta. Por lo que sacar un auto a combustión puede resultar más caro cuando uno lo necesita a diario. En cambio, esa penalización no existe para los autos eléctricos. Ahora, el país enfrenta, un nuevo desafío: cómo seguir creciendo en tecnología verde y que eso permee en beneficio, también, de las comunidades más vulnerables.

La movilidad eléctrica es apenas una de las piezas con las que China intenta explicar su transformación.

Durante el seminario Seminario Internacional de jóvenes en medios, organizado por la Iniciativa de Desarrollo Global en Beijing y que involucró a más de una veintena de periodistas y representantes de medios de América Latina, África y Asia, la conversación vuelve una y otra vez sobre un objetivo que el gobierno considera su mayor éxito: la erradicación de la pobreza extrema.

"Pobreza absoluta cero"

"Yo lo viví", dice Sanxi Li, profesor de la Escuela de Economía de la Universidad de Renmin de China, ya entrado en los cincuenta.

Habla de una China que los más jóvenes apenas conocen por los libros: la de las cartillas de racionamiento, la de las familias que medían el consumo, la de la economía planificada y la de una sociedad donde la inversión privada era vista con desconfianza. De una China cuyas familias no sabían lo que era tener un hermano, un sobrino, un tío.

Por eso, insiste en una idea que repite varias veces durante la clase: su hijo no logra comprender ese pasado.

"Si necesita algo, simplemente lo compra", resume.

La escena sirve para explicar un cambio mucho más profundo que la aparición de Starbucks, Apple o McDonald's en las calles de Beijing. La apertura económica transformó la vida cotidiana de millones de personas y, según la narrativa oficial china, fue una condición indispensable para sacar de la pobreza extrema a 100 millones de habitantes rurales.

La erradicación de la pobreza absoluta aparece una y otra vez durante el seminario como el mayor logro de las últimas décadas bajo el liderazgo de Xi Jinping. Los profesores muestran cifras, gráficos y casos concretos de aldeas donde la infraestructura, las carreteras, el acceso a internet, la educación y los programas específicos para cada comunidad permitieron modificar las condiciones de vida.

No hablan de recetas universales. China, dicen estos docentes, no pretende exportar su modelo. "No estamos diciendo que todos deban hacer lo mismo. Cada país tiene que encontrar su propio camino", afirma Zhang Yansheng, investigador de la Academia de Investigación de Macroeconomía, ante el público extranjero.

Recuerda que durante décadas incluso ellos intentaron copiar modelos extranjeros antes de comprender que muchas soluciones no respondían a las necesidades chinas.

Ese concepto atraviesa buena parte de las exposiciones: desarrollo "centrado en las personas", planificación de largo plazo y políticas adaptadas a la realidad de cada territorio.

La otra batalla: contar China

Pero si hay un tema que aparece con la misma frecuencia que el crecimiento económico es la narrativa. Los académicos, periodistas y funcionarios chinos consideran que el país enfrenta una batalla comunicacional permanente con Occidente, especialmente con Estados Unidos.

"Es una batalla de vida o muerte", repite en varias oportunidades la periodista Liu Xin, una de las comunicadoras internacionales más reconocidas de la televisión estatal china.

Su diagnóstico es que buena parte de las noticias sobre China publicadas en medios occidentales parten de una mirada que pone el foco casi exclusivamente en las tensiones geopolíticas, los derechos humanos o las restricciones a la libertad de expresión, dejando en un segundo plano otros aspectos del desarrollo del país. Por eso, dice, el Gran Cortafuegos, como se conoce al sistema que bloque aplicaciones y buscadores occidentales, cumple el rol de evitar esos "permanentes ataques" de parte de Occidente hacia la narrativa china. "¿Imaginate si eso no existiera?", pregunta.

En la misma línea fue Li Jingling, una periodista e influencer de la cadena de medios pública, que en su cuenta de Instagram se describe como alguien que "desglosa la realidad de China y analiza las noticias mundiales desde una perspectiva no occidental". Ella, para demostrar la guerra de narrativas, muestra cómo decenas de medios internacionales a lo largo de los últimos años han elegido hablar sobre China siempre desde una perspectiva de duda, de las contracaras de sus logros. "China está volviéndose más inteligente pero, ¿a qué costo?", "China invierte en Etiopía pero, ¿a qué costo?", "La economía china se estabiliza pero, ¿a qué costo?".

Tanto, que la fórmula se ha convertido en una muletilla que muchos usan con humor e ironía. El Global Times, principal medio de prensa escrita en inglés de China, le ha dedicado también publicaciones a reparar a esta manera que han tenido los medios occidentales de contar los logros de su país. Ahora sí: para dialogar con Occidente, para hacer llegar su propia narrativa, para dar la batalla, los medios chinos —y también comunicadores e influencers— no tienen otra opción que saltearse el cortafuegos que su propio gobierno instaló —descargando una VPN que mienta en la ubicación del dispositivo— y tratar de convencer en las plataformas a priori prohibidas.

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En entrevista con El Observador, Liu Xin explica por qué, según la mirada China, el periodista no es aquel que cuestiona, que mira en aquello que hace ruido, como se entiende en Occidente. Ella dice, en cambio, que los periodistas y los medios funcionan como puente entre el gobierno y la población. Aunque, advierte, no a cualquier costo: el gobierno debe demostrar que cumple con aquello que le fue encomendado.

Cooperación antes que competencia

Más allá de la guerra narrativa, China intenta instalar otro concepto: la cooperación. La Iniciativa para el Desarrollo Global (Global Development Initiative), impulsada por Xi Jinping, aparece como uno de los ejes del programa. Los expertos la presentan como una plataforma para compartir tecnología, financiamiento, capacitación y experiencias de desarrollo, especialmente entre países del llamado Sur Global. La frase que resume ese objetivo se repite en varias conferencias: "No dejar a nadie atrás". La cooperación Sur-Sur, dicen, será clave para lograr que, el desarrollo exponencial derrame de forma más equitativa.

Más allá del smog, la transformación de China se percibe en el aire, en las calles cada vez menos ruidosas y en la velocidad con la que cambia el paisaje: viejos edificios de la ciudad de Beijing van dando paso a las nuevas tecnologías, a la imagen de una ciudad que crece y se moderniza. Pero, sobre todo, se percibe en el esfuerzo de los chinos por explicar ese cambio al resto del mundo. Porque tienen claro que el desarrollo no alcanza si no logra ser, también, comprendido. Y en esa tarea, la batalla por el relato parece haberse vuelto tan importante como la del crecimiento mismo.

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