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Cuando los padres de un niño con trastorno del espectro autista (TEA) notan las primeras señales de alarma —una demora en el habla, dificultades para relacionarse, comportamientos repetitivos— hasta que ese niño recibe un diagnóstico formal pasan, en promedio, 20 meses. Un año y ocho meses de incertidumbre, de derivaciones, de espera. Ese dato emergió de una investigación uruguaya que lleva años estudiando el autismo desde un ángulo poco explorado: el intestino.

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El Laboratorio de Genómica Microbiana del Institut Pasteur de Montevideo publicó en marzo de 2026, en la revista Frontiers in Microbiomes, una investigación que estudia la microbiota intestinal de niños con TEA usando un diseño de pares de hermanos y tecnología de secuenciación de tercera generación. El objetivo es, eventualmente, complementar el diagnóstico clínico.

El segundo cerebro y sus habitantes

Dentro de nuestro intestino viven billones de microorganismos. Bacterias, virus, arqueas, hongos. Todos producen sustancias, se alimentan de lo que comemos, interactúan entre sí y con nosotros. Ese ecosistema se llama microbiota intestinal, y su influencia sobre la salud humana es una de las áreas de investigación que más creció en las últimas dos décadas.

"La microbiota produce cosas que para nosotros son funcionales y activas. Por ejemplo, pueden producir vitaminas, neurotransmisores", explica Nadia Riera, investigadora del Laboratorio de Genómica Microbiana del Institut Pasteur de Montevideo y líder del estudio. "Si tenemos un estado más saludable o menos saludable, también puede estar dado por los metabolitos y los compuestos que producen las bacterias".

Una de las vías de influencia más estudiadas es el llamado eje intestino-cerebro: la comunicación bidireccional entre el sistema digestivo y el sistema nervioso central. Una red real de señales nerviosas, hormonales e inmunológicas que va y viene en ambas direcciones. Y en personas con TEA, ese eje lleva tiempo despertando la atención de la ciencia.

"Desde hace tiempo se sabe que los chicos que tienen autismo tienen mayor incidencia de síntomas gastrointestinales", dice Riera. "De alguna forma ese intestino está más comprometido, tiene dificultades diferentes o mayores que chicos que no tienen el diagnóstico. Entonces llamaba la atención atender qué pasa con ese intestino y por qué puede ser diferente".

El estudio, que comenzó a gestarse en 2021 junto con la Escuela de Nutrición y la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, reclutó a 29 niños con diagnóstico de TEA de entre 4 y 10 años y a sus hermanos neurotípicos de la misma franja etaria, todos viviendo bajo el mismo techo en Uruguay. En total, fueron 58 participantes.

La decisión de comparar a cada niño con su propio hermano, y no con un grupo control externo, fue deliberada y metodológicamente relevante.

"El microbioma intestinal está determinado por muchos factores ambientales. Depende de nuestro estilo de vida, de dónde vivimos, si tenemos o no mascotas, si vivimos en el campo o en la ciudad", explica Riera. "La idea de conseguir hermanos era tener un grupo control lo más parecido posible para tratar de ameliorar todos esos factores ambientales que pueden estar influyendo. Que estos chicos, por más que puedan comer cosas distintas, están más equiparados cuando se considera el núcleo familiar".

A cada familia se le pidió una muestra de materia fecal por participante y que completaran un cuestionario detallando la presencia, frecuencia y severidad de síntomas gastrointestinales: diarrea, vómitos, dolor abdominal, distensión, meteorismo, entre otros. También se relevaron los tratamientos farmacológicos que recibían.

El análisis de las muestras usó secuenciación Nanopore de tercera generación, una tecnología de alta resolución que permite identificar microorganismos a nivel de género y, en algunos casos, de cepa.

Lo que encontraron

El primer resultado fue, en cierta forma, tranquilizador: los niños con TEA y sus hermanos comparten una microbiota en gran medida similar. La diversidad general del ecosistema intestinal no mostró diferencias estadísticamente significativas entre los dos grupos.

Pero en los detalles había señales.

Los niños con TEA mostraron menor abundancia de ciertas bacterias productoras de butirato, una sustancia que funciona como protector natural de la pared intestinal y que también cumple un rol fundamental en reducir la inflamación. Cuando esas bacterias escasean, ese mecanismo de protección se debilita. En el extremo opuesto, algunas bacterias aparecieron en mayor proporción en los niños con diagnóstico, aunque el equipo aún trabaja en entender qué función cumplen en este contexto específico.

En cuanto a los síntomas gastrointestinales, la diferencia fue marcada: el 93% de los niños con TEA presentó al menos un síntoma, contra el 58% de sus hermanos. Distensión abdominal, dolor, meteorismo, diarrea y sensibilidad alimentaria fueron los más prevalentes en el grupo con diagnóstico.

Pero quizás el hallazgo más inesperado —y con más implicancias clínicas— fue el que surgió al analizar los tratamientos farmacológicos.

Muchos de los niños con TEA reciben medicación para manejar síntomas asociados al trastorno: para el comportamiento, el sueño, la atención. El estudio encontró que algunos de esos tratamientos están asociados a cambios en la composición de la microbiota. Es un hallazgo que no debe leerse como una alarma, ya que encontrar una asociación no significa que la medicación sea dañina para el intestino, ni que haya que suspenderla. Pero sí indica que hay algo más para estudiar.

Riera es cuidadosa al explicarlo. "Que esté asociado no nos dice mucho. No nos dice: subió, bajó, es bueno o es malo. Lo vemos asociado en este proyecto y en este momento. Entender si hay una causa real atrás es más adelante, es un análisis más profundo".

El huevo, la gallina, la honestidad de la ciencia

Una de las preguntas más frecuentes cuando se habla de microbiota y enfermedades neurológicas es la de la causalidad: ¿la microbiota diferente genera los síntomas, o son los síntomas y los tratamientos los que modifican la microbiota?

"Hay gente que piensa que puede ser para un lado, que puede ser para el otro. Exactamente la relación causa-efecto no la sabemos. Sí vemos la asociación", dice Riera. "Hay gente que habla del huevo y la gallina. ¿Y por qué no pueden ser las dos cosas? Puede ser que una dé a la otra y la otra a su vez haga una retroalimentación. Todo eso está abierto y son preguntas que, al día de hoy, todavía se estudian".

Riera también aclaró una idea que circula mucho en el universo del bienestar y la nutrición: que hay bacterias "buenas" y bacterias "malas".

"En microbiología se hablaba mucho de patógenos, después de organismos beneficiosos. Creo que ahora estamos convergiendo en que no es tanto patógeno o beneficioso, sino que está muy dado por el contexto. Es muy dependiente de qué está transitando la persona. Si tener o no tener determinado microorganismo puede terminar siendo perjudicial para su salud depende de muchos factores, no necesariamente del microorganismo en sí".

Un primer paso, no una solución

El estudio es, en palabras de sus propios autores, exploratorio. Un primer acercamiento.

El grupo de participantes ya cerró, y ahora el equipo trabaja en profundizar el análisis de los datos existentes: qué están haciendo exactamente esas bacterias, qué sustancias producen, cómo podrían estar influyendo sobre el cerebro o viceversa. Y hay una pasantía en curso abordando esa pregunta.

A futuro, la investigación también integrará datos detallados de dieta —qué comen estos niños, con qué frecuencia— para completar el cuadro.

¿Y qué le dice esta investigación a una familia con un hijo con TEA hoy? Riera es honesta: todavía poco en términos prácticos inmediatos. Pero no por eso irrelevante.

"Siempre trato de remarcar el agradecimiento a todas las familias que confiaron y que, a pesar de que nosotros explicábamos que no va a tener ningún resultado inmediato, igual decidieron apoyar el proyecto. Como madre o padre estaría atenta a las nuevas herramientas que van surgiendo, y también a ese link entre los síntomas gastrointestinales, la dieta y los hábitos alimenticios. Muchos padres ya lo saben, lo ven en el día a día. Pero todavía bajarlo a herramientas para que puedan hacer algo concreto... Está todo muy en pañales".

Lo que sí hay, dice, es optimismo. "Me llena de optimismo que (el estudio) da más datos uruguayos, más datos de la realidad de acá. Si salen nuevas herramientas a nivel global, vamos a tener una mejor idea del contexto que tenemos acá. Y si salen más herramientas a nivel local, mejor aún".

Mientras tanto, esos 20 meses de espera siguen siendo el recordatorio más concreto de por qué vale la pena seguir buscando.

Temas:

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