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Al portugués Cristiano Ronaldo y el argentino Franco Mastantuono los distancia algo más que unos cuántos millones de dólares en la cuenta bancaria y trofeos en la vitrina. Ambos casi seguro jugarán el Mundial de fútbol 2026 —al menos están en el álbum de figuritas— con más de 20 años de diferencia. El primero es el más veterano entre todos los competidores (supera los 41 años), el segundo es el más joven (no alcanzó los 19 años).

El dato podría parecer una simple curiosidad si no fuera porque la mitad de los 576 jugadores tienen más de 28 años y la otra mitad menos de esa. Y entre todos los futbolista más de la mitad nacieron en el primer semestre del año. Así lo confirman los datos procesador por El Observador. ¿Existe una explicación racional?

En todo esto hay un poco de ciencia y un poco de casualidad. El Observador ya había demostrado que, al menos entre quienes juegan en la primera divisional local, un tercio nació en el primer trimestre del año. Y en la mayoría de países tenés más chance de ser futbolista profesional si naciste en enero, febrero o marzo.

La explicación la conocen a la perfección los maestros de escuela, los profesores de Educación Física, los entrenadores de baby fútbol y los neuropediatras. Y no es que en los primeros meses nazca más gente que en los últimos. De hecho, en cada mes, sin importar cuál, se registra cerca del 8% de los nacimientos de un año cualquiera. La razón, en todo caso, está en la génesis de las competencias deportivas.

En el fútbol infantil —como en casi cualquier práctica deportiva— la competencia se organiza por año de nacimiento: la generación 1999, la 2000, 2001… Bajo este régimen, los nacidos en enero son casi doce meses más grandes que sus compañeros de equipo nacidos en diciembre. “Cuando un niño tiene cinco o seis años, casi un año de diferencia entre ellos es un montón”, había explicado Mercedes Bregante, secretaria del Comité de Actividad Física y Deporte de la Sociedad Uruguaya de Pediatría.

Esa diferencia de desarrollo que “es un montón” a edades tempranas repercute en más chances de ser titular o no, en mejora del autoestima, en más visibilidad.

Pero, ¿los jugadores de selecciones de fútbol son simples profesionales? Ahí es donde la ciencia se choca (un poco) con la ciencia. Quienes representan a sus países son una elite, casi que superdotados. Y es entonces que la explicación racional tiene que matizarse.

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El magíster en Psicología del Deporte Damián Benchoam lo resume así: “El talento es independiente de la edad. Hay una edad cronológica (cuándo se nace) y la biológica (cuándo se va desarrollando). Los casos de talento se salen incluso de la edad biológica. Hacen cosas diferentes al promedio”.

Lionel Messi va a cumplir años en el Mundial, el 24 de junio. El astro argentino tiene tamaña capacidad —un poco innata y otro poco adquirida— que puede haber nacido en cualquier mes del año. De hecho, da la casualidad, en el álbum del Mundial junio es el mes con más cumpleaños de los (casi seguro) convocados: 66 son del sexto mes.

Una edad para cada cosa

Dos equipos sudamericanos tienen una particularidad: Colombia es la selección más envejecida y Ecuador es la más joven. Pero entre ambas no hay tanta distancia etaria. En casi todos los equipos la media y la mediana tienden a 28 años. Otra vez, ¿casualidad?

“Se suele decir que entre los 27 y 29 años es cuando un jugador llega a su pico máximo”, cuenta el psicólogo Benchoam. Hay una primera etapa de consolidación en primera división y luego, cuando se da la estabilidad confluyen que el jugador puede desarrollar su máximo potencial en la toma de decisiones y un estado físico que lo acompañe”.

Luego de los 30 años, aunque no es una máxima, poco a poco empieza la bajada del estado físico y el jugador lo compensa con experiencia y la toma de decisiones.

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Pero, ¿qué pasa con los arqueros? Con esos que, como dice en Brindis por Pierrot: “Te largan a la cancha sin preguntarte si querés entrar. Por si fuera poco, de golero. Toda una vida tapando agujeros. Y si en una de esas salís bueno, se tiran al suelo y te cobran penal”.

¿Toda una vida? Es una exageración, pero, en promedio, los goleros que están en el álbum del Mundial son 3,7 años más veteranos que los jugadores de campo. No es solo cuestión de experiencia, sino de características específicas del puesto, insiste Benchoam.

“Es un puesto de menos competencia y que, de por sí, da mayor duración. Pero sobre todo quienes ocupan ese puesto aprenden a ordenar, son menos impulsivos en la toma de decisiones, hablan mucho con ellos mismos, están para evitar lo malo (que le hagan un gol) y no para lo bueno (hacer un gol), desarrollan el estado de alerta e incluso cuando el físico les empieza a jugar una mala pasada saben cuándo tirarse, cómo, en qué momento dirigir al resto de la defensa”.

Lo interesante, para atar las distintas curiosidades, es que la ocupación de un rol en la cancha (en un rectángulo) no es de un día para el otro. Cualquiera que haya pasado por el costado de una cancha de baby fútbol habrá visto que, cuando juegan los más chiquitos, todos corren detrás de la pelota. Acorde van creciendo, empiezan poco a poco a tomar una posición y entender que desde ahí colaboran al colectivo. Es parte del desarrollo y de los deseos.

En su tesis de maestría, Benchoam concluye que hasta cerca de los 13 años el deseo de los niños futbolistas es jugar. “Lo más importante es la diversión, no tanto cumplir una tarea y que gane el equipo”. El propio juego va dando el desarrollo para pasar de lo abstracto a lo concreto, a decisiones más lógicas en función de un objetivo.

Es la misma explicación que le encuentra Benchoam a que “muchos niños en este momento previo al Mundial se ponen la camiseta de Messi o de Valverde, pero no necesariamente hinchan por sus cuadros y quieren que ganen. Les importa la figura, el deseo de jugar, la influencia que genera. Ven una camiseta a transpirar más que un equipo detrás”.

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