El estallido de la bomba hizo temblar las ventanas del fondo de la casa de Maher Aldees. Los casquillos de las balas de las Kalashnikov que los rebeldes lanzaron al cielo empezaron a caer como una lluvia que los vecinos interpretaron como agua bendita. Los tanques del gobierno huyeron en masa. Eran las diez de la noche del sábado 7 de diciembre. Y desde la plaza central de Homs —la tercera ciudad más poblada del país— empezó a escucharse: “¡Dios es grande! ¡Siria es libre!”.
Maher dejó a un costado el mate dulce que estaba tomando y se licuó en un abrazo con su esposa. Enseguida dio aviso por Whatsapp a uno de sus amigos en Uruguay que, a diferencia de él, prefirió quedarse en Montevideo antes que regresar a la zona de guerra. El mensaje tardó en llegar fruto de la mala señal. Entonces escribió en su estado de la red social: “Las desgracias no vinieron a destruirnos, sino a probar nuestra paciencia”.
El asedio y posterior toma de la ciudad de Homs —a mitad de camino entre la capital Damasco y la base naval rusa que usaba de enclave estratégico el dictador Bashar Al Assad— fue vista por los analistas internacionales como el presagio de lo que sucedió el día después: el fin de la dictadura.
Festejos en Homs
Celebración en las calles de Homs tras la caída de la dictadura de El Asad.
Video de Maher Aldees
Para Maher es el comienzo de la calma tras 13 años de una vida sintiendo miedo por los suyos. Porque a este agente inmobiliario, padre de cinco hijos, lo buscaba la inteligencia siria, lo hirieron en el brazo, detuvieron a su hermano confundiéndolo con él, se refugió en un campamento del Líbano, fue reasentado en Montevideo durante el gobierno de José Mujica, retornó a Siria porque en Uruguay “todo caro” y “madre lejos”, estuvo preso dos veces en Homs, y recién ahora “dormir feliz, en silencio”.
De la persecución al refugio en Uruguay
Las guerras se sienten. Es el olor a plástico quemándose cuando explota una tienda de calzados. Es el polvo grisáceo que se pega en la piel tras el derrumbe de un edificio. Es el sonido cíclico de bombas-gritos-silencio-bombas. Es la muerte que se deja ver.
El sol calentaba las calles de Homs en junio de 2013 cuando Maher vio cómo las fuerzas de seguridad de Al Assad disuadían una manifestación disparándole de frente a la gente. Un balazo perforó el estómago de un joven a pocos metros. Maher —quien no tenía militancia política— lo cargó en su taxi y lo trasladó al hospital Bisan. Desde entonces se dedicó a ayudar a los heridos y esa, dice, fue su “militancia” por la cual el régimen le inició la persecución.
Tres meses después, su hija caminaba hacia la escuela cuando en el puesto de control militar estalló un enfrentamiento. Vio cómo mataban delante de ella a tres hombres de barba. Y si bien salió ilesa, el daño psicológico le duró años.
En 2012 arrestaron a un amigo que también ayudaba a los heridos. Luego a su hermano a quien lo torturaron pensando que era el mismísimo Maher, porque además del apellido compartían el parecido y un auto del mismo modelo.
Otra vez la cinética de unas municiones le quemó parte del brazo. Destruyeron su casa. Su vida. Y tuvo que huir.
Para no alargar la historia de su peripecia —que incluyó un viaje a Libia vía Jordania y Egipto—, tras deambular fue a parar, como muchos de sus compatriotas, a un campo de refugiados en Líbano. Más de 4,8 millones de sirios encontraron cobijo en países vecinos. Lo que le siguió fue noticia mundial: mediante un acuerdo con la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, el gobierno de José Mujica reasentó a 42 ciudadanos sirios (entre ellos a Maher, su esposa y cuatro hijos… un quinto nació después).
“En guerra se vive mejor que en Uruguay”
Maher en árabe significa “hábil” o “talentoso”. Para Raúl Stratta —un productor uruguayo que le dio trabajo durante unos meses cerca de Piriápolis y a quien el sirio define como su “padre adoptivo”— nada define mejor a Maher que su propio significado.
Nueve años de estudios formales en Siria le fueron suficientes a Maher para convertirse en un exitoso agente inmobiliario, para aprender español en su “corto” pasaje por Uruguay, y para darse cuenta que quería hacer en cada momento.
Pero el talento a veces le jugó una mala pasada. Encabezó las protestas contra la Secretaría de Derechos Humanos —incluyendo la acampada frente a la Torre Ejecutiva— porque el dinero que recibía en Uruguay, y la escasa salida laboral, no le permitían alcanzar la vida digna que imaginaba.
En la prensa local su caso fue ícono de cómo los refugiados sirios “que trajo Mujica” preferían la guerra que afrontar los costos de Uruguay. Los opositores políticos del momento usaron su caso para atacar el plan de reasentamiento. Y se viralizó su frase cuando decidió retornar a la Siria en guerra: “Uruguay imposible vivir allá, muy difícil, muy caro. En guerra se vive mejor. Acá en Siria con un dólar tengo 10 kilos tomate. Championes por cinco dólares. ¿Quiere originales? Diez dólares. Todo barato acá. Vivir muy bien”.
Pero a la distancia —y con el paso del tiempo— Maher siente que su comentario no fue comprendido en su cabalidad. Él extrañaba a su madre y el resto de la familia. Estaba preocupado por cómo la guerra poco a poco iba destruyendo su ciudad. Y estaba acostumbrado a un estilo de vida que en Uruguay le costaba encontrar.
—Yo solo quiero dar gracias a Uruguay, gracias a Mujica, a la gente linda de ese país que nos dio una mano cuando nos estaban por matar.
La conversación con Maher es entrecortada porque el fin de la dictadura todavía no trajo la estabilidad de internet. Pero la siguiente frase se escuchó nítida:
—Me gusta Uruguay. Mi corazón está en Uruguay también. Varias veces pensé en regresar a Uruguay.
“El dinero no compra la felicidad”
Los musulmanes sunitas, como Maher, son la mayoría religiosa en Siria. Muchos huyeron durante la guerra encabezada por el alauita Al Assad. Otros fueron detenidos y desaparecidos.
El retorno de Maher a ese contexto de guerra no fue sencillo. Un familiar que vivía en Alemania lo ayudó con los pasajes y en Homs rearmó poco a poco su negocio inmobiliario. Pero el gobierno de Al Assad lo seguía buscando.
—Estuve preso siete meses y tuve que salir pagando en oro, con metal. Y luego me detuvieron por dos semanas más y salí a cambio de 7.000 dólares.
En la cárcel vio torturas, fue testigo de cómo quemaban con ácido a un preso y cada noche pensaba que “sería la última”.
Tras la última liberación Maher dudó en volverse a Uruguay, un pensamiento que casi concreta cuando la intensificación de la guerra hizo que los valores de los inmuebles que manejaba subieran y bajaran a gran velocidad.
Pero su familia y su vida estaban en esa ciudad. Su ciudad.
—El dinero no compra la felicidad.
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Maher toma mate dulce en vaso de vidrio.
Este domingo espera reabrir su negocio que estuvo cerrado durante los convulsionados últimos días. Pero en diálogo con El Observador insiste en dos conceptos:
—Nuevamente quiero agradecer a Uruguay y solo espero que mis hijos vivan en paz… sin paz no hay felicidad.