ver más

La historia circular de la Argentina volvió a completar otro ciclo clásico: tras la euforia consumista basada en el gasto público y el dólar barato, el ajuste brusco. Lo ocurrido en los últimos tres días implica, en los hechos, el establecimiento de un desdoblamiento cambiario legal –antes existía de hecho, por el efecto del dólar “blue”-, que era una idea que hacía tiempo venía impulsando el ministro de Economía, Axel Kicillof.

Después de la devaluación de un 30 % respecto de la cotización que regía el día que asumió en su cargo, el ministro considera que el tipo de cambio llegó a su nivel de equilibrio y que está corregido el retraso cambiario que venía complicando a los exportadores.

“El gobierno considera que el dólar llegó a un nivel de convergencia aceptable para los objetivos de política económica”, fue la frase con la que el jefe de gabinete, Jorge Capitanich, sintetizó la postura del nuevo equipo. Es decir, el gobierno –después de haber despotricado durante meses contra “el club de los devaluadores” que pedían una corrección cambiaria- considera que un tipo de cambio de $8 es el que necesita el sector productivo. Por otra parte, espera que, de esta manera, los productores sojeros ya no retengan su producción en las silobolsas y que liquiden sus existencias.
Si tuviera éxito en ese objetivo, el Banco Central podría recuperar hasta tres mil millones de dólares. Pero es un punto sobre el cual los analistas tienen serias dudas.

“Esta estrategia puede dar resultado un par de días, pero si pretenden que esta sea la forma de conseguir dólares, están en problemas. Lo que decide a los productores a vender no es la volatilidad de corto plazo, sino que miran si los números cuadran o no, y mientras la tendencia sea que la devaluación es mayor a la tasa de interés, liquidarán solo lo indispensable”, advierte Daniel Artana, economista jefe de la fundación FIEL.

En tanto, para Ernesto Ambrosetti, economista jefe de la Sociedad Rural, puede haber casos aislados de productores que hayan sentido que pudieron hacer una ganancia, pero no se tratará de la generalidad. Más bien al contrario, plantea que la volatilidad del mercado, sumado al hecho de que los insumos del agro tienen un fuerte componente dolarizado, hará que algunos hasta posterguen lo más posible sus liquidaciones.

¿La última devaluación?

Pero la medida más impactante fue la flexibilización del “cepo cambiario”. No es una eliminación completa, ya que no es libre la compra de dólares, sino que cada ahorrista deberá pedir autorización a la AFIP –el organismo recaudador de impuestos- y éste, de acuerdo con lo que considera que es la “capacidad contributiva” de cada solicitante, establece cuál es la cifra máxima que puede comprar.

El argumento oficial es que se hace esto para impedir que los evasores de impuestos hagan grandes compras de divisas. En definitiva, es un regreso al “cepo” en su versión original de 2011. Y la gran duda es saber cuál será la actitud de la AFIP: si se repetirá la experiencia de aquel momento, cuando las autorizaciones eran mínimas y pocas veces tenían relación con el ingreso de la persona que pretendía comprar dólares. Lo que quedaba en evidencia en ese momento es que el criterio según el cual se aceptaban o rechazaban los pedidos tenía que ver con la situación de reservas del Banco Central.

Si esa fuera la situación, el pronóstico de los economistas es que seguirá habiendo una fuerte presión devaluatoria y que seguirá gozando de excelente salud el mercado del dólar “blue”, porque todos aquellos que no pueden comprar dólares en la ventanilla oficial recurrirán al mercado paralelo.

También en este punto hay cierto escepticismo de los expertos.

“De acuerdo a como está el mercado, es imposible que el gobierno o el Banco Central libere el cepo cambiario porque hoy la demanda de dólares supera ampliamente la oferta y las reservas están en caída”, manifestó Aldo Pignanelli, que presidió el Central luego de la gran devaluación de 2002.
Pero es claro que también hay diferencias notables entre este momento y el del inicio del cepo: antes, había una sensación de fuerte retraso cambiario, mientras que ahora se establece el sistema de compra semi-libre de dólares luego de una fuerte devaluación.

En definitiva, un dólar en torno de $8, más un recargo de 20 por ciento por concepto de adelanto de impuestos, lleva el dólar para los minoristas a un valor en torno de $10. Era el precio al que cotizaba el blue cuando Kicillof asumió como ministro de economía.

Esto implica que, para Kicillof, el nivel que marcaba el mercado paralelo hace un mes era, verdaderamente, el tipo de cambio de equilibrio. Si su visión fuera correcta, entonces se entraría en un inicio de “desinfle” del blue, que debería converger a un valor apenas por encima de los $10.
Es una apuesta fuerte, porque su intento de transmitir que éste será el valor “de equilibrio” del dólar, el mercado le tomará un verdadero examen al gobierno pidiéndole divisas y esto, a su vez, le pondrá presión a las reservas del Banco Central.

El consumismo histérico

En definitiva, los argentinos se enfrenan a un nuevo ajuste. Claro que es un ajuste al “estilo K”, lo cual implica ciertas características especiales. Desde el lado de los funcionarios, supone un esfuerzo retórico por presentar la devaluación como una medida dinamizadora de la economía, pero sin abandonar nunca la tesis conspirativa sobre “ataques contra el modelo económico”.

Y del lado de los ahorristas y consumidores, una reacción defensiva, dominada por el pánico a la licuación de los activos. Con la sabiduría que les da la memoria inflacionaria y devaluatoria -amén de confiscatoria- de varias décadas, los argentinos con capacidad de ahorro se lanzaron compulsivamente a comprar electrodomésticos o cualquier producto de precio dolarizado.

Así, en las cadenas comerciales se vieron verdaderas escenas de histeria, con gente que peleaba con los vendedores porque pretendía comprar a un precio que habían visto en horas de la mañana, pero en la tarde ya había sido remarcado en más de 20 %. En muchos casos, los comercios optaron por no exhibir precios y hasta por sacar productos de exhibición. Otros, directamente pasaron a cotizar en dólares

En las agencias de viajes, las concesionarias de autos y las inmobiliarias, se paralizaron los negocios. “Es un virtual feriado bancario, no podemos operar porque no hay precios”, fue la frase que se escuchaba con insistencia en los últimos dos días.

Los economistas siguen este fenómeno con mucha preocupación, porque temen que sea el inicio de un ciclo ya visto en otras épocas de crisis inflacionaria: una caída brusca en la demanda de dinero. En otras palabras, esto significa que, ante la percepción de incertidumbre económica, la gente reacciona sacándose de encima los pesos lo más rápido que puede, aumentando de esa forma la velocidad de circulación del dinero.

Si hay alguien con autoridad para hablar del tema es Javier González Fraga, que ocupó la presidencia del Banco Central en plena crisis hiperinflacionaria. Y asegura que ve hoy síntomas peligrosos.

“Me tocó asumir en el ‘89 y la inflación fue del 300% el primer fin de semana, y no es que alguien se había vuelto loco emitiendo dinero. Lo que ocurre es que en algún momento colapsa la demanda de dinero, y ahí es cuando la inflación se acelera”, recordó.

¿Exagera el exfuncionario al comparar el momento actual con la gran crisis de 1989?
Si se comparan las cifras de la economía de ambos momentos, podría pensarse que sí. A fin de cuentas, en aquellos tiempos se podía tener en apenas un mes la inflación que hoy se vive en un año.

Sin embargo, cuando se analiza el tema de fondo, aparecen similitudes preocupantes.
Para empezar, porque la cantidad de dinero en manos del público llegó ya a 25% del PBI, la cifra más alta en cuatro décadas, superior a la que se verificaba en los momentos previos a crisis inflacionarias como el Rodrigazo de 1975 y la hiper de 1989.

En todo caso, buena parte de las dudas serán despejadas el próximo lunes 27, cuando el mercado le tome examen al gobierno y el dólar blue sea el termómetro de si se ha recuperado la confianza.

Seguí leyendo