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Los reclamos de sancionar al ahora ex vicepresidente Raúl Sendic por el uso indebido de la tarjeta corporativa de ANCAP podrían significar algo parecido a condenar al patíbulo a quien ya fue fusilado en el paredón.

La renuncia de Sendic a su cargo fue todo menos voluntaria. Sus compañeros lo empujaron a esa decisión, que llegó luego que el presidente transmitiera dos veces que él renunciaría frente a un fallo tan adverso del tribunal de conducta política partidario. Es evidente que el ex presidente José Mujica también le aconsejó la dimisión, aunque se cuidó de agregar sal a la herida. Lejos de eso, Mujica y, sobre todo, el presidente Tabaré Vázquez, le tendieron un puente de plata para su retirada del gobierno.

Muchas voces se alzaron en contra de estas actitudes, las mismas que consideran insuficiente una renuncia sin sanciones ejemplarizantes que marquen en forma inequívoca una condena partidaria a las desviaciones marcadas por su tribunal de ética. Esos reclamos tienen fundamento.

Pero la ausencia de amonestaciones se explica por la circunstancia de que, con la renuncia, el Frente Amplio la sacó baratísima. La coalición no tenía forma de exigir un paso al costado y nadie sabe si hubiese habido votos para alguna sanción.

Sendic podría seguir en su cargo a pesar de convertirse en un paria, a la espera de un pronunciamiento judicial a raíz de las pérdidas de ANCAP durante su gestión. Una acusación fiscal daría lugar a un pedido de desafuero entre el fin de este año y el año próximo, lo que hubiese significado prolongar una agonía hasta muy próximo a la elección.

El desenlace fue el mal menor; el fallo del Tribunal de Conducta Política precipitó su caída y facilita el argumento político de la autodepuración frente a los adversarios políticos que eligieron no hacer olas y facilitar en silencio el traspaso de la vice a Lucía Topolansky. Blancos, colorados e independientes le hicieron precio al FA.

Lo único que le servía al oficialismo era la renuncia de Sendic. Conseguido ese objetivo en forma incruenta, las sanciones bien pueden guardarse en el cajón. Esto no es justicia, es política.

Si los hechos se hubiesen desarrollado como estaba previsto y Sendic se hubiera aferrado al sillón, a lo sumo el Frente hubiese podido acordar un tirón de orejas. Hubiera sido imposible siquiera pedirle la renuncia.

Sin la exigencia de una dimisión no habría sido posible aplicar ninguna medida profiláctica y el resultado hubiese sido una vergüenza. El FA habría quedado expuesto en sus debilidades internas y peligrosamente en riesgo a que otro poder del Estado forzase una renuncia.

Con el desenlace provisorio de esta historia, la izquierda puede exhibir gestos de gratitud hacia Sendic, que se inmoló para evitar el incendio en la aldea. Además, como bien lo señaló Mujica, la lista del ex vice tiene tres legisladores que, llegado el caso, están en condiciones de poner al gobierno en dificultades.

El caso Sendic trajo una exhortación presidencial a vigilar los viáticos en toda la administración pública, que en buena hora se tradujo en un proyecto de ley para que –al fin– los funcionarios rindan cuentas de sus gastos en misiones oficiales. Otro proyecto busca eliminar la facultad que tiene ASSE de designar los directores de hospitales a dedo y entre los amigos.
Era hora de parar la mano y tender la cuerda floja.
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