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Marcelo Rodríguez, más conocido como Gillespi (en honor al famoso jazzman Dizzy Gillespie), es un excelente trompetista argentino que a lo largo de una dilatada carrera ha tocado con las mejores bandas de la otra orilla.

Allá por la década del ochenta se subió a los escenarios con grupos que harían historia como Sumo y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y más adelante con Soda Stereo, Charly García, Luis Alberto Spinetta, Litto Nebbia, David Lebón, Las Pelotas, Divididos, o los más modernos Catupecu Machu.

Paralelamente fue creando una carrera solista como músico de jazz, que ya cuenta con seis discos editados. Además, conduce el programa de radio Burundanga, escribe una columna semanal en el diario argentino La Razón , ha publicado dos libros Blow! y Manual animal de la sexualidad humana, y ha compartido espacios televisivos con Roberto Pettinato y Gonzálo Bonadeo (Orsai a la medianoche y Duro de acostar) y con Alejandro Dolina (La venganza será terrible), entre otros trabajos.

Este sábado en La Trastienda, a partir de las 21 horas, hará una recorrida por toda su discografía, en un show que promete “sacarle el almidón y la solemnidad que a veces tiene el jazz”, para conectar con un público que no lo ve desde 2010. El Observador charló con el músico para saber más detalles.

Hace más de dos años que no se presenta en Montevideo. ¿Con qué se va a encontrar el público uruguayo?

La idea que tengo es hacer una mezcla de muchas cosas, dar un paseo por todos mis discos. Es cierto que ha pasado tiempo desde mi última visita y por eso es importante para mí. Con Uruguay me pasa algo curioso, estamos muy cerca, al alcance de la mano, pero por uno u otro motivo no es fácil cerrar el show. Mi excusa para estos dos años de ausencia es que con la banda estuvimos haciendo más de veinte conciertos, y además grabamos un disco y un dvd.

Su música suena fresca, melódica, sencilla, es un jazz accesible para el oído. ¿Le nace solo, o es una decisión meditada?

Yo me crié con los viejos jazzeros, que se comprometían con su público, que daban todo, que eran muy modestos. Yo detesto a esos músicos de jazz que solo tocan para el que entiende, y que no les importa si alguien se queda afuera. A mi me gusta compartir; el que va a verte quiere pasarlo bien y para mí es fundamental ofrecer una música comprensible. Me gusta ser un transmisor, no un tipo que manda desde el escenario. La música es un lenguaje y si vos hablás y el que escucha no te entiende, ¿qué sentido tiene? Yo trato de cortar la formalidad, la solemnidad. La corto de entrada, hago bromas, trato cuanto antes de sacar el almidón, que la gente la pase bien; no se trata de medir al público.

¿Cómo le influyó tocar con tantas bandas legendarias del llamado “rock de las Malvinas”, allá por la década del ochenta?

Es una etapa inolvidable de mi vida. Sumo tenía mucho de la música negra estadounidense que yo adoro. La rubia tarada era puro funky, Los viejos vinagres también, y esos temas tenían además algo de esos grupos de los años setenta que hacían música disco. Mucha guitarra con wah-wah (pedal de efectos), mucho swing. De Sumo también rescato la postura que tenía la banda a la hora de hacer un concierto. Yo aprendí que había que subir al escenario y mostrar lo tuyo sin maquillaje. Sumo fue un conservatorio. Luca Prodan era una persona impredecible, y los temas en vivo tenían muchos solos improvisados, en ese sentido también tenía algo de jazz sesión. Sumo me dio la valentía para encarar al público sólo con tu música.

¿Habrá invitados para este show en La Trastienda?

El que seguro va a estar es Fernando Cabrera, que pasó por mi programa de radio en Buenos Aires. Aunque nos vemos solo un par de veces al año hay mucha onda, y este 2013 finalmente coordinamos. Él me mostró algunas cosas, y yo le aporté algunas mías y así salieron un par de temas. También confío en que pueda pasar por ahí Rubén Rada.

¿Qué novedades tiene la banda con respecto a 2010?

Puedo decir que este año tenemos mucha polenta. Somos seis en el escenario. Yo tocaré la trompeta como siempre, pero agrego un par de instrumentos algo más exóticos como el Ewi, un instrumento japonés de viento que suena como una flauta electrónica. Y además traigo el Kaossilator, que es como un iPod pero de goma, que se toca con la yema de los dedos.

¿Tiene estudios musicales? ¿Cómo compone su música?

Yo estudié algo de piano en los noventa. Y me sirvió, porque la trompeta es melódica pero no armónica. El piano me dio eso, la armonía, que es fundamental para hacer los arreglos y la composición en general. Suelo componer cuando viajo, llevo una trompeta pocket (de bolsillo), que es igual a la normal pero más reducida, y un tecladito también diminuto, y con eso compongo. Además y gracias a la pc, también me grabo en el momento. La tecnología es buena, no soy un “tecno”, pero las herramientas me sirven. Siempre que puedo toco, busco cosas. A veces quedan en intentos, y otras, cuando veo una punta, le entro duro al tema. Más tarde lo grabo y después lo regrabo mejor: grabo el bajo, la guitarra, etcétera. A mí me gusta lo artesanal. Una vez que tengo todo ese material el resto de la banda mete la cuchara.

Repasando su currículum se ve que hace de todo. ¿No puede vivir de la música?

Yo soy un bicho raro: desde hace muchos años me planteé tener un trabajo normal, y no mezclar la música con eso, a diferencia del noventa por ciento de mi generación. Prefiero separar los tantos y no tener que andar haciendo cualquier música para vivir. Yo hago la mía, toco mis temas, y hago cualquier trabajo para no contaminar mi música por razones de mercado, o para poder vivir. También creo que gracias a la radio y la televisión me viene a ver más gente. Y para mi no hay nada más importante que compartir mi música, que es mi gran amor.

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