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Porque expone a la clase política. Corre el telón y muestra un detrás de cámaras de su modus operandi: sus fobias, sus filias, sus obsesiones. Porque rompe un pacto implícito que durante siglos ha mantenido a la esfera de los gobernantes y la de los gobernados claramente separadas; dinamita el modelo de canales estrechos y controlados a través de los cuales los primeros informan a los segundos. Porque, en suma, alumbra los mecanismos del Estado. Del lado de los medios de comunicación tradicionales, porque expone sus complacencias, complicidades y, de manera más amplia, su mediocridad. Porque deja al descubierto su ineficacia como organizaciones cuyo rol principal es interpretar e informar los asuntos públicos; no pactar con el poder. Porque pone en evidencia sus limitaciones como filtros en una era en la que la información ha pasado de ser un bien escaso a uno sobreabundante. El modelo anterior se ha roto y los medios tradicionales navegan a la deriva sin saber interpretar los nuevos códigos. Y, finalmente y sobre todo, porque Wikileaks es sólo el comienzo, la punta del iceberg.

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