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Basado en los partes militares de José Artigas y José Posadas, construimos a continuación el hipotético relato de un anónimo soldado oriental en la víspera de la batalla de Las Piedras.

Sables que chocan
“Por fin paró de llover. Luego de dos días de huesos calados esta mañana se mantiene el frío, pero el cielo está despejado. Hay alivio, pero hay nervios. Hemos cruzado por entre la avanzada de los españoles. Vimos sus fogones, vimos sus caras cambiantes según el reflejo, según el fuego y las humaredas porque la leña húmeda quemaba mal. Casi que los escuchamos toser y reír".

"Veníamos con el cansancio de las jornadas a marcha forzada luego de los combates del Colla y San José, y les habíamos zigzagueado como un ñandú a los hombres que todavían defendían al cerdo virrey Elío, encerrado en su chiquero de Montevideo".

"Los godos habían ocupado una loma en las afueras del poblado de Las Piedras. Allí habían colocado un cañón apuntando al lugar por donde creían que les íbamos a surgir. Pero por órdenes de don José Artigas dimos comienzo al ataque en otro lugar, y sorprendimos a los godos, que abrieron los ojos como sartenes. Eso ocurrió hacia las once de la mañana y fue tanta la fuerza que le pusimos al impulso que casi les rebanamos a su jefe".

"La caballería nuestra se abalanzó y saltó la primera línea gaita, y nos llevamos puesto todo, bestias, hombres, armas, vidas. La andanada de balas nuestras impactó a lo largo del caballo del capitán godo, que se desplomó sobre su dueño, al que salvó de milagro de no morir aplastado un fiel oficial".

"A poco de caer, varios patriotas fuimos sobre él, ensañados, con sables que subieron y bajaron sobre el cuerpo del caído. El primero le cayó sobre su sombrero, que terminó en el barro, dejándole la cabeza descubierta; el segundo fue sobre el carrillo izquierdo, que se le abrió en dos partes, sangrando con abundancia; el tercero fue en la cabeza, pero solo fue un golpe".

"Un compañero se le acerca y le dispara un tiro a boca de jarro que de manera increíble no lo toca. Cuando está a punto de rematarlo con el segundo, otro oficial lo salva, pero al instante los rodeamos y los hacemos prisioneros mientras el resto de su tropa se desbanda como puede, caen prisioneros o escapan de forma deshonrosa”.

[“De la calidad y clase de gente que se me había dado a mandar no se podía esperar otra cosa”. Así todavía resuenan las quejas de Posadas, al leer el parte que hizo de la batalla.]

“Hacia las cinco de la tarde, bajo un lindo solcito de otoño, las acciones terminaron cuando vimos la bandera blanca de la rendición de ellos. Sobre el campo de batalla quedaron solo heridos y los muertos.

Artigas salva al godo de la humillación de entregar la espada, y se la encarga al cura Valentín Gómez, que esa misma mañana nos había dado la bendición de morir por la patria.

Muchos de los que fueron nuestros enemigos se pasaron a nuestra causa. A los otros, los que quisieron seguir sirviendo al sátrapa de Elío, los mandamos descalzos o en los pocos harapos que les quedaron después del comabte, caminando jornadas enteras, en calidad de prisioneros. Y les dimos palo de lo lindo, a pesar del mandato del jefe. Que los godos estos entiendan que vamos en serio, carajo”.

La misma bandera
En la batalla de Las Piedras ambos ejércitos defendieron la misma bandera: el pabellón de la monarquía de los Borbones españoles. El ejército de Posadas, por razones obvias. Pero el ejército patriota también defendió el pabellón hispano. Era un ejército a las órdenes de la Junta de Buenos Aires, quien no era para nada antimonárquica. Querían el control del poder local, no la escisión del imperio. Los anhelos de independencia del poder español llegarían bastante después.
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