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Los Oscar son una premiación apoyada cada vez más como evento que sintoniza a las luminarias del planeta Hollywood de hoy con la época realmente dorada del cine de ese país, hace cinco o seis décadas. Es ese espíritu con olor a vieja sastrería de esmóquines y perfume Chanel Nº 5 lo que le ha dado durante toda su vida la validez como evento emblema del establishment del cine estadounidense. La que le ha dado validez como gran evento de entretenimiento de repercusión mundial, lejos de lo que alguna gente todavía cree que es: el sitio en el que se consagran universalmente las mejores películas del año.

Es esa noche en la que George Clooney está más cerca de ser Frank Sinatra y el único evento en el que pueden suceder cosas como que un corrosivo productor de humor adolescente (el afilado y fresco Seth MacFarlane) se convierta en algo parecido a Fred Astaire, moviéndose con gracia y soltura entre los vestidos de diseñador de las actrices que irán a las listas de mejores o peores y los tuxedos que el propio Clooney y otros pasean renovando su chapa de celebridad chapada a la antigua, como tiene que ser y como ellos quieren que sea.



Si tenemos en cuenta la falta de títulos fuertes y de auténticos favoritos de los críticos o del público, por transitiva se sabía que la ceremonia tenía que pasarle por arriba a los premios en sí, a los propios Oscar. Y así fue: la ceremonia fue algo más interesante cuando el Oscar comenzó a celebrarse a sí mismo y a su imaginario.

En este caso, la música fue el activador. Sus productores decidieron matizar la hora más pesada de entrega de estatuillas –la del medio, en plena entrega de premios más técnicos– con un especial de homenaje a musicales en el que varios actores tomaron parte en números de canto y danza. Pasó Catherine Zeta-Jones con All that Jazz recordando los 10 años de Chicago, el elenco de Los miserables, Shirley Bassey dejó una espectacular pieza en honor al detective James Bond y su saga, Barbra Streisand también tuvo su momento y Jennifer Hudson hizo ostentación de sus registros vocales altos. El propio MacFarlane hizo un número musical al estilo década de 1930 con una pieza propia: We saw your boobs (Vimos tus pechos), dedicado a actrices que reaccionaron con más o menos indignación (Charlize Theron incómoda, la ganadora como Mejor actriz, Jennifer Lawrence, a las risas).

A pesar de las críticas de los medios y en redes sociales, MacFarlane supo pivotear entre ese tipo bien vestido y de buenos modos que pretende la ceremonia con el bufón inteligente que sabe hacer reír desde un absurdo ácido, burlándose de ciertas condiciones de sus víctimas (judíos, negros, parejas violentas) y subiendo el tono del estilo de chistes más ingenuo de, por ejemplo, Billy Crystal. Así terminó siendo un presentador completamente funcional a los intereses de la Academia y pasó por agua su estilo (en general algo más intenso) para intentar llegar al demográfico que los veteranos de la industria del cine buscan: joven y adolescente. Hubo quejas poco después de concluida la ceremonia, pero lo cierto es que los Oscar, un evento del tamaño y las pretensiones de un Superbowl, no pretende más que aumentar todo lo que pueda su audiencia global. En este sentido, es difícil que el creador de Padre de familia y American Dad vaya a tener una oferta para repetir, pero sus intromisiones sin necesidad de ese lamentable sonido de gag tras cada chiste de antaño parecen haberle demostrado a los productores del Oscar que esa línea de humor un poco menos complaciente es la que deberían seguir sus presentadores.

En cuanto a lo estrictamente cinematográfico, la anunciada contradicción de que Argo ganaría como Mejor película a pesar de que su director, Ben Affleck, no estaba nominado como Mejor director, le quitó seriedad a una entrega en la que casi todos los ganadores eran los esperados. Daniel Day-Lewis ganó su Oscar a Mejor actor por Lincoln a pesar de que Joaquin Phoenix compuso un inolvidable personaje en The master. Ganó Haneke con Amour en aparente honor al sentido común y hasta Tarantino obtuvo su primer Oscar propio desde aquella premiación en 1994 con Pulp Fiction.

Otros datos para recordar: ganó por primera vez una película financiada enteramente por medio de Kickstarter llamada Inocente y es un buen mensaje de aliento a una tendencia: la de la financiación por medio de un grupo de gente desconocida y dispersa por el mundo que cree en el proyecto. También triunfó Searching for Sugar Man, el fascinante documental que va tras la historia del desaparecido cantautor Sixto Rodríguez y que, por temas de presupuesto, terminó siendo filmada con un celular. No está mal seguir viendo que no siempre el Oscar es lo mejor que el dinero puede comprar.
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